«Bajo la implacable lógica colectivista, si el individuo no se somete al grupo, se convierte en el “antipueblo”, en el “malo”; en fin, en el enemigo»
Hace poco parecía que nos habíamos librado del masismo mediante un mecanismo democrático; entendimos que no queremos volver a tener gobiernos como el de Evo Morales, el de Luis Arce o cualquiera que se les asemeje. Los bolivianos, como tantas veces desde el nacimiento de la República, tuvimos que reajustarnos e intentar salir adelante. Sin embargo, no contábamos con que, tras bambalinas, maniobraran sujetos que, luego de despedazar y corromper al país, seguirían dando rienda suelta a sus delirios mesiánicos y que, para regresar al poder, no dudarían en manipular a dirigentes y a sectores serviles, quienes los defienden ya sea por fe ciega en falsos relatos, por un resentimiento histórico exacerbado o, simplemente, por la coacción de sus sindicatos.
Lo cierto es que, una vez generado el caos mediante el adoctrinamiento de los líderes de distintos sectores, quien sufre es la ciudadanía trabajadora a la cual se le secuestran libertades fundamentales, como la libertad de expresión, de trabajo y de circulación, todas ellas supuestamente garantizadas por el Derecho Internacional y por la propia Constitución boliviana. Pero llama la atención que, en medio de este bullicio, entre demandas sectorizadas, infructuosos “llamados al diálogo” y las ínfulas de los movilizados, resuenen discursos y arengas que invocan al “pueblo”, una palabra de uso cotidiano, pero de difícil definición.
¿Qué o quién es el “pueblo”? ¿Es la “nación” o la “historia común”? ¿Es la congregación ungida por un dios? ¿El grupo de los gobernados como antítesis de los gobernantes? ¿O es, simplemente, el botín discursivo de una facción que se lo apropió para mitificarlo y excluir a quienes no forman parte de su círculo ni de su consigna?
Sartori, al pensar en la democracia, plantea seis acepciones de “pueblo”, pero por ahora no vamos a entrar en una discusión semántica, ya que queda claro que esta etiqueta se convirtió en la herramienta perfecta para la manipulación política. Al escudarse en ella, los dirigentes borran al ciudadano concreto: al lustrabotas, al asalariado, al estudiante, al aparapita, al emprendedor y a la ama de casa. Bajo la implacable lógica colectivista, si el individuo no se somete al grupo, se convierte en el “antipueblo”, en el “malo”; en fin, en el enemigo.
Al erigirse en dueños exclusivos de la verdad, estos sectores se atribuyen la autoridad para excluir, vilipendiar y agredir impunemente a quienes no comulgan con sus acciones. Quienes constantemente apelan al término “pueblo” son quienes saquean, golpean, difunden discursos de odio y apelativos raciales y dejan a miles de bolivianos sin alimento. En definitiva, son quienes atacan y anulan —de facto— las libertades de los “otros” ciudadanos. ¿Acaso estos “otros” no son parte del “pueblo”?
Debemos recordar a estos grupos algo fundamental: el dirigente que gana veinte salarios mínimos al mes, cómplice de los gobiernos masistas, no es más “pueblo” que el heladero de la esquina; la dirigente de las Bartolinas, defensora del prófugo del Chapare, no es más “pueblo” que la comerciante informal que sí vive al día y, definitivamente, los bloqueadores y masistas NO son más “PUEBLO” que los ciudadanos que trabajamos honradamente y anhelamos mejores días para nuestras familias y para el país.
Para terminar, tengo sentimientos encontrados al saber que los bolivianos hemos desarrollado una resiliencia excepcional; los paceños, en particular, hemos adquirido una tolerancia que ya no es una virtud. Irónicamente, ese “pueblo”—o mejor— esas personas tolerantes y trabajadoras, ya están cansadas de que grupos políticos se apropien de sus calles y su alimento; de que sectores manipulados hablen en su nombre; y de que los prestidigitadores se regocijen con los enfrentamientos y, sobre todo, de que las autoridades esperen pasivamente a que los extremos de la carencia y la violencia lleguen para, solo entonces, hacer valer la Constitución y establecer un orden necesario…
- Natalye Quintanilla Ortuño
- Antropóloga, investigadora, docente.
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