«El silencio del poder se vuelve peligroso cuando la calle empieza a llenar ese vacío. Si el Gobierno no contesta, contestan los sindicatos»
Bolivia no solo está cansada de los problemas. Está cansada de no recibir respuestas. Cansada de mirar cómo el país se llena de conflictos, filas, bloqueos, malestar, sindicatos levantados, precios que golpean el bolsillo y discursos que no llegan a ningún lado. Pero lo más grave no es solamente la crisis. Lo más grave es la no contestación del Gobierno.
Porque un Gobierno que no responde, también habla. Habla con su silencio. Habla con su demora. Habla con su falta de carácter. Habla cuando no sale a explicar, cuando no pone orden, cuando deja que los rumores caminen más rápido que la verdad. Y hoy Bolivia siente eso: que muchas veces el poder mira desde lejos mientras la gente pelea sola con los problemas de todos los días.
No basta con decir que se está trabajando. No basta con pedir paciencia. No basta con llamar al diálogo cuando el país ya está molesto. La gente necesita respuestas claras, no frases cuidadas. Necesita decisiones, no comunicados fríos. Necesita un Gobierno que aparezca, que explique, que mire de frente y que diga qué está pasando, quién está fallando y qué se va a hacer.
El silencio del poder se vuelve peligroso cuando la calle empieza a llenar ese vacío. Si el Gobierno no contesta, contestan los sindicatos. Si el Gobierno no ordena, ordena el bloqueo. Si el Gobierno no comunica, comunican los rumores. Si el Gobierno no toma la palabra, la toman los que viven del conflicto. Y así el país empieza a sentir que nadie conduce, que nadie se hace cargo, que todos esperan que la tormenta pase sola.
Pero Bolivia no puede seguir viviendo así. No puede vivir esperando que cada problema explote para recién recibir una explicación. No puede acostumbrarse a que la autoridad llegue tarde, hable tarde y actúe tarde. La política no se trata solo de administrar crisis; se trata de anticiparlas, enfrentarlas y dar la cara cuando la gente está exigiendo claridad.
La no contestación del Gobierno no es un detalle menor. Es una forma de debilidad. Porque cuando un presidente no responde con fuerza, el país empieza a sospechar que no tiene el control. Y cuando el país sospecha que no hay control, aparecen los viejos fantasmas: el caudillo, el dirigente, el sindicato, el bloqueo, el chantaje, la amenaza.
Rodrigo Paz debe entender que gobernar también es contestar. Contestar al pueblo, no solo a los adversarios. Contestar con hechos, no solo con palabras. Contestar con orden, no solo con promesas. Contestar con autoridad, no con miedo a incomodar.
Hoy la gente no pide discursos perfectos. Pide verdad. Pide que alguien salga y diga las cosas como son. Pide que no se escondan los problemas debajo de la alfombra. Pide que no se use el diálogo como excusa para no decidir. Pide que el Estado deje de parecer un espectador de su propia crisis.
Bolivia ya no necesita silencios elegantes. Necesita respuestas duras, claras y responsables. Necesita un Gobierno que no espere a que el incendio crezca para recién buscar agua. Necesita autoridad antes del caos, no después.
Porque cuando el Gobierno no contesta, el país se llena de preguntas. Y un país lleno de preguntas sin respuesta se vuelve rabia, desconfianza y cansancio.
El silencio también gobierna. Pero gobierna mal.
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