«Nos estamos acostumbrando a los bloqueos como quien aprende a convivir con una enfermedad terminal»
Bolivia se está acostumbrando al desastre. Y ese es quizás el síntoma más peligroso de todos.
Nos estamos acostumbrando a los bloqueos como quien aprende a convivir con una enfermedad terminal. Nos estamos acostumbrando a las filas, a la incertidumbre, a la subida constante de precios, a mirar el bolsillo antes de comprar incluso lo más básico. Nos estamos acostumbrando a sobrevivir, cuando un país jamás debería obligar a su gente solamente a sobrevivir.
Hoy la pregunta nacional ya no es cómo progresar, cómo construir o cómo crecer. La pregunta cotidiana del boliviano es mucho más triste:
“¿Hoy habrá bloqueo?”
“¿Llegaré a mi casa?”
“¿Alcanzará el dinero?”
Y mientras la ciudadanía vive atrapada entre el miedo económico y el agotamiento social, el poder continúa hablando como si nada estuviera ocurriendo. Como si la realidad pudiera maquillarse con discursos.
Pero la realidad no se maquilla, señor presidente. La realidad explota.
Explota cuando una madre vuelve del mercado con menos comida y más preocupación. Explota cuando un trabajador descubre que su salario ya no le alcanza ni para respirar tranquilo. Explota cuando los jóvenes comienzan a perder la fe en el futuro y entienden que en Bolivia trabajar duro ya no garantiza estabilidad.
Porque el problema ya no es solamente económico. El problema es moral. El país siente que ha sido abandonado por quienes debían conducirlo.
Y ahí está la fractura más peligrosa de todas: cuando el pueblo deja de creer.
Presidente, Bolivia ya no necesita relatos heroicos ni enemigos imaginarios. No necesita cadenas interminables de palabras vacías. No necesita ministros que sonrían frente a cámaras mientras la gente cuenta monedas para llegar a fin de mes.
Necesita liderazgo.
Porque mientras desde el poder se insiste en mostrar estabilidad, en las calles lo que se siente es cansancio. Mucho cansancio. Un cansancio que no aparece en las estadísticas, pero sí en los ojos de la gente. El cansancio de un pueblo que siente que cada día vive peor y que encima debe escuchar que todo está bajo control.
No está bajo control.
No lo está cuando las carreteras se convierten en trincheras políticas. No lo está cuando el ciudadano vive atrapado entre la inflación y la incertidumbre. No lo está cuando el país parece avanzar únicamente hacia el conflicto.
Bolivia se está descuadrando. Y lo más grave es que quienes gobiernan parecen no comprender la magnitud del derrumbe.
Porque un país no cae solamente cuando se vacían sus reservas o se bloquean sus caminos. Un país cae cuando su gente pierde la esperanza. Cuando la palabra presidencial deja de inspirar confianza. Cuando el discurso oficial ya no logra convencer ni siquiera a quienes antes creían.
Y eso está ocurriendo hoy.
La ciudadanía ya no quiere explicaciones eternas. Quiere resultados. Quiere sentir que alguien gobierna de verdad. Quiere recuperar la tranquilidad de caminar por las calles sin miedo al caos y la angustia de pensar si mañana todo costará más caro.
Bolivia no necesita más propaganda. Necesita verdad. Necesita valentía política. Necesita autoridades capaces de admitir que el país atraviesa una crisis profunda y que no se resuelve con frases prefabricadas.
Porque mientras el poder sigue hablando, el país se sigue cayendo en las manos de todos.
Y un pueblo cansado puede soportar muchas cosas, señor presidente.
Pero llega un momento en que incluso el cansancio se convierte en furia.
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