«La inmadurez cívica del ciudadano promedio en Bolivia, prolonga su agonía e institucionaliza el corto plazo como horizonte absoluto»
El ciudadano promedio en Bolivia agita su mano derecha en señal de desaprobación sin percatarse que la izquierda está totalmente teñida de un desolador tinte negro. Un precedente a tomar en cuenta para futuros escenarios apocalípticos, una sociedad inmadura corta de vista, hábil para manipular las versiones de los discursos que retumban en los medios para beneplácito de los trovadores de la liviandad.
Las protestas de varios sectores al unísono tienen un común denominador intrínseco, entre líneas o en el subtítulo:
«No estamos en la disposición de asumir el peso de la crisis, nuestra condición de vulnerabilidad nos exime de cualquier responsabilidad actual, pasada e incluso futura»
Cabe preguntarse ¿realmente es así? ¿Somos testigos de una de las mayores injusticias jamás atestiguadas? O ¿estamos ante la presencia de un comportamiento altamente instintivo propio de la inmadurez endémica de una sociedad extremadamente conformista?
Aquí resuenan las notas desafinadas de los clarinetes triunfantes provenientes de las fanfarrias para la democracia. Y es que cada problema instalado hoy nació hace muchos años como una conquista social, una política emanada de la lucha popular, un clamor de los sectores sociales.
Porque, aunque sus intenciones fueran nobles siempre se deben analizar los costos invisibles de cada victoria traducida en política pública. La temporalidad lo es todo, como pagas una subvención ilimitada y universal del pasado, con déficit público hoy.
Como costear el “asistencialismo” de programas sociales sin objetivos sujetos a evaluación, con pobreza desbordante a causa de un presupuesto insostenible.
Como costear el discurso de industrialización de la economía con más de 60 empresas públicas deficitarias todas ellas, con recortes presupuestarios a los gobiernos departamentales, municipales y universidades públicas.
Como costear los costos subvencionados de la canasta familiar derivados de una subvención camuflada de dólares baratos, con la devaluación desenfrenada del boliviana como salida inmediata a las necesidades de efectivo de corto plazo.
Y los ejemplos abundan, el hecho es que el ciudadano de hoy completamente indefenso debe asumir con hidalguía las comodidades disfrutadas en el pasado.
Engañar a una persona que de buena fe deposita su confianza en la persona equivocada puede resultar muy injusto.
Muy distinto a tomar decisiones voluntarias que ponderaron el corto plazo sin considerar las consecuencias de largo plazo. Este en sí es un acto de estupidez y negligencia absoluto. El daño fue auto infringido por más intentos que se desee hacer por posicionar la idea de un embauco masivo perpetrado por una clase política aventajada y malintencionada.
Entonces ¿por qué negar responsabilidad alguna y clamar a viva voz que la única salida pasa por volver al escenario inicial donde todos incluidos ellos, gozaban de beneficios gratuitos a título de reivindicación o conquista?
Sencillamente, porque es parte de una retórica consensuada donde el mínimo esfuerzo y el máximo beneficio colisionan en una sola ironía. A sabiendas de que el sistema es insostenible el ciudadano promedio se aferra sin dudar hasta extraer el máximo beneficio incluso si este se dirige a un colapso definitivo del conjunto.
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