«El régimen ha restringido las donaciones a los centros de acopio oficiales y mantiene vigilada a la prensa y creadores de contenido»
Cuentan las crónicas del 12 de enero de 2010 que, un fenómeno sísmico devastador de 7,3 en la escala de Richter, sacudía Haití. El desastre de proporciones apocalípticas está catalogado como el más mortal en lo que va de siglo XXI. Aun sin existir registros de que pudiera tratarse del sismo más intenso de la historia, la enorme cantidad de víctimas mortales (316.000 personas aproximadamente) y la magnitud de destrucción urbana alcanzada especialmente en Puerto Príncipe y sus alrededores, lo convierten en el desastre telúrico más registrado en la historia de la humanidad.
Sin embargo, dentro del ranking de desastres naturales que han dejado un mayor número de víctimas, debemos remontarnos al gran terremoto de Shaanxi (China), acaecido el año 1556. Este fenómeno afectó regiones ampliamente habitadas y sepultó aldeas completas, arrojando una cifra que se estima en alrededor de 830.000 personas que perdieron la vida, por ello está considerado como el suceso más dramático de cómo un terremoto termina convirtiéndose en catástrofe ante la vulnerabilidad social y la falta de atención que se pone en el aspecto territorial.
Vale la pena mencionar ejemplos más recientes que muchas veces terminan siendo olvidados, como si estos fenómenos frecuentes se tratasen de casos aislados. El 15 de agosto de 1868 un terremoto de magnitud 7,7 en la escala de Richter devastó vastas regiones entre el sur de Colombia y Norte de Ecuador, sintiéndose con mayor fuerza en la ciudad de Ibarra (Ecuador) donde alrededor de dos terceras partes de la población perecía bajo los escombros provocados por la violencia del movimiento que colapsó templos, viviendas, edificio públicos durante la madrugada en que se encontraban todos dormidos, convirtiéndola en una de las tragedias sísmicas más terribles en Sudamérica.
Áncash (Perú) el 31 de mayo del año 1970, fue el epicentro de un terremoto de magnitud 7,9 en la escala de Richter. Un fenómeno altamente devastador que desencadenó un alud desde el nevado Huascarán, que sepultó parcialmente localidades como Yungay o Ranrahirca. La fuerza del suceso dejó un saldo mortal que superó las 60.000 personas, lo que la mantiene como una de las catástrofes naturales más dolorosas de la historia del Perú.
En los últimos días dos terremotos sacudieron fuertemente el norte venezolano. A las 18:04 cerca de la localidad de San Felipe el primero de magnitud 7,2 estremecía la tierra. Pocos segundos luego, un segundo seísmo de 7,5 de magnitud, debido a la escasa profundidad del fenómeno y la proximidad a regiones densamente pobladas ha provocado una catástrofe de proporciones incalculables.
A cinco días de registrarse la catástrofe, los datos oficiales del gobierno dan cuenta que al menos 1.719 personas perdieron la vida y cerca de 5.034 habrían resultado heridos, a pesar de que lo que preocupa verdaderamente es la cifra de desaparecidos que de acuerdo a datos recogidos por la ONU (Organización de Naciones Unidas), superarían las cincuenta mil personas. Mientras los equipos de rescate continúan con las labores, debiendo enfrentar dramáticamente la falta de maquinaria, equipos, insumos, entre otros, disminuyen las esperanzas de encontrar sobrevivientes con el paso de las horas.
Venezuela descansa sobre los límites entre las placas tectónicas del caribe y sudamericana, una de las regiones más activas de todo el continente, por lo que varios geólogos advirtieron en su momento que las edificaciones no estaban preparadas para un fenómeno natural de la envergadura del que se ha registrado en los anteriores días. Por lo que se sabe, Venezuela no cuenta con un sistema de alerta temprana, lo que deja a la población en una situación de extrema vulnerabilidad.
La solidaridad de los propios venezolanos que se organizaron inicialmente para buscar a las personas atrapadas entre los escombros, recibió una respuesta por parte de la comunidad internacional que se ha movilizado para coadyuvar en las acciones de rescate, habida cuenta que el margen de supervivencia en situaciones como ésta ronda las 72 horas. El lento despliegue de grúas y excavadoras que favorezcan a las labores de rescate, podría incrementar exponencialmente el número de víctimas mortales en las siguientes horas.
Por su parte el gobierno venezolano ha militarizado las zonas devastadas y rige un control sobre la población que se moviliza para encontrar algún sobreviviente entre los escombros. El régimen ha restringido las donaciones a los centros de acopio oficiales y mantiene vigilada a la prensa y creadores de contenido que intentan mostrar lo que ocurre hora tras hora, manteniendo el epicentro del verdadero seísmo en un país que, poseyendo una quinta parte del petróleo del mundo, no cuenta con grúas y equipamiento para rescatar a su gente. El terremoto ha pasado, aunque la verdadera catástrofe mantiene a Venezuela fracturada hace más de 27 años.
Históricamente estos fenómenos naturales muestran que la magnitud del evento, no explica por sí sola el resultado de la catástrofe. Muchos factores deben considerarse. Sumada la hora en que se produce, la mala calidad de las construcciones, la densidad poblacional, los factores geológicos y fundamentalmente la capacidad de respuesta estatal. Todos estos influirán decisivamente en el número final de víctimas en la escala del desastre, que esperemos esté lejos de las proyecciones que se tienen en el caso venezolano en particular, que pinta de luto al país caribeño y a todos quienes albergamos la esperanza de que pronto recuperen su libertad.
“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.
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