Cuentan las crónicas del 22 de diciembre de 2020 que, de acuerdo al cronograma electoral aprobado por el Jurado Nacional de Elecciones del Perú, fenecía la fecha para el registro de solicitud de inscripción de fórmulas presidenciales y listas de candidatos para el Congreso Nacional del hermano país. Para sorpresa de propios y extraños, una cifra record de postulaciones fueron presentadas aquella jornada. 22 candidatos en total, entre los cuales figuraban Keiko Fujimori en su tercer intento para llegar a la primera magistratura y Ollanta Humala en su calidad de ex presidente del Perú. Coincidentemente ambos postulantes habían estado en prisión por supuestos actos de corrupción.
De los más de veinte quedaron habilitados 18 candidatos, un número excepcionalmente elevado precedido por un contexto de profunda crisis política, resultado de una alternancia de cinco presidentes en un lapso de tan sólo cinco años, en medio de denuncias de corrupción generalizada, un descredito total de los partidos y la clase política. El escenario de inestabilidad política y social anticipaba un desarrollo atípico para los comicios del 11 abril del 2021, lo que dio paso a que políticos reciclados, líderes populistas, “influencers”, futbolistas, entre otros personajes controvertidos se presenten y fragmenten el voto, restándole gobernabilidad al que resultase elegido y profundizando mucho más la crisis del vecino país.
El masivo e inusual número de postulantes –desde exalcaldes como el caso de Rafael López Aliaga (Renovación Popular) o analistas económicos como Julio Guzmán (Partido Morado)– atomizó el voto de manera tal, que el Congreso Nacional estuvo compuesto por 13 brigadas parlamentarias entre los 130 congresistas, bloqueando el trabajo parlamentario y llevando adelante tres “impeachmentes” (vacancia presidencial) en los últimos cinco años, lo que abrió la puerta a la alternancia de tres nuevos presidentes. Pedro Castillo, fue destituido tras un intento fallido por disolver el congreso en lo que se recoge como un autogolpe, por lo que permanece en prisión desde diciembre de 2022. Dina Boluarte, vicepresidente del país asumió por sucesión constitucional y recientemente fue alejada del cargo por decisión del Congreso, alegando “incapacidad moral permanente”, dejando el cargo en manos de José Enrique Jerí Oré.
Este record de postulaciones generó una segunda vuelta caótica, un debilitamiento institucional que afectó enormemente a los intereses nacionales del Perú, priorizando cantidad antes que calidad. Candidaturas sin arraigo, aventureros, tiktokers, ex futbolista, ex congresistas, maestros rurales, empresarios, ex presidentes, ex alcaldes, entre otros quienes en medio de un sistema de partidos que ha profundizado la crisis política, desvelaron que no existe un verdadero sistema de democracia representativa. Lo que hay a día de hoy, sólo es un impulso de candidaturas independientes y grupos sin estructuras que favorecen a que se multipliquen frentes inviables electoralmente. Bajo este panorama y sin reformas electorales, mucho menos voluntad política para corregir el error histórico, Perú sigue girando a la deriva. El pasado 23 de diciembre se registraron 36 fórmulas para la elección presidencial del año 2026, maximizando el error, sin tomar nota de las lecciones aprendidas.
Tras el contexto histórico presentado, corresponde preguntar a los bolivianos ¿Cómo estamos en casa? El pasado 26 de diciembre concluyó el plazo de inscripción de candidatos para las elecciones subnacionales que deberán desarrollarse el 22 de marzo de 2026, marcando una cifra record de postulaciones. 34.618 en total, pertenecientes a 184 organizaciones políticas registradas ante el Tribunal Supremo Electoral.
Uno de los primeros indicadores que debemos analizar, tiene que ver con la enorme cantidad de postulantes que se presentan a las gobernaciones departamentales y municipios capitales. Una observación somera permite entender que tras las magras gestiones realizadas por las autoridades locales en los últimos años, cualquier ciudadano considera que puede hacerlo mejor. Este comportamiento se viene replicando de forma amplificada desde las elecciones nacionales, en las que el número de candidatos preliminarmente era muy superior al que se esperaba. El corolario de un régimen que en veinte años arrastró al país a la peor crisis económica, política y social de su historia.
El sistema electoral boliviano y el sistema de partidos impuesto por el gobierno del MAS, ha provocado este escenario anárquico. La desestructuración de los partidos políticos fuertes y representativos, con convicción filosófica e ideológica, con militancia, programas y cuadros, deja un panorama de miles de candidatos sin arraigo político, sin formación, sin experiencia mínima en gestión pública y gestión municipal, “candidatos” que en lugar de ser una solución constituyen parte del problema, profundizando la crisis política y desnudando la debilidad del sistema democrático representativo en Bolivia.
¿Qué se puede esperar con una cifra tan grande en las próximas elecciones subnacionales? Lo más probable es que la legitimidad de los que obtengan la victoria se encuentre seriamente comprometida. La atomización de las asambleas departamentales y concejos municipales se traducirá en una suerte de negociaciones permanentes que harán inviable la administración territorial y por consiguiente el cumplimiento de las soluciones propuestas, imposibilitando rescatar a las gobernaciones y municipios en los que ha prevalecido la consigna política y la lucha ideológica antes que el interés del desarrollo municipal o departamental, postergando su crecimiento nuevamente.
Se observa que los “dueños de los partidos”, “políticos”, “dirigentes” y/o “candidatos” a nivel nacional, confunden la popularidad con el valor y el mérito de las personas Se ha conocido a través de medios y redes sociales, que muchos “influencers” fueron seleccionados como candidatos, únicamente por tener miles de seguidores en sus cuentas, independientemente del contenido que difunden, subestimando para pesar de la ciudadanía al hombre que promueve valores, que tiene preparación, experiencia y por sobre todo, vocación de servicio.
En la actual situación en la que se encuentra el país, las gobernaciones y alcaldías, cabe hacerse otra consulta ¿Realmente los bolivianos queremos que la fama y la popularidad, reemplace la ética y la responsabilidad de aquellos que tienen la capacidad para desarrollar soluciones reales? En la actualidad se impulsan candidaturas por el número de “followers”, no así por ideas, propuestas, conocimientos o capacidad.
La lectura errática de quienes eligen candidatos, no piensan por un segundo el tipo de lenguaje que emplean, no consideran si el discurso es vacío o superficial, no se detienen a ver si el contenido que muestran es positivo o negativo y en muchas ocasiones estimulando el discurso de odio y alimentando las redes con ataques y frases peyorativas en contra de sus adversarios políticos, cayendo en el oxímoron de mostrarse como la “reserva moral” de la sociedad. Sin mérito aparente, sin conocimiento de la administración pública, convierten a la política boliviana en un espectáculo permanente en el que acusa, agrede y amenaza, pasa en un “plis plas” a mostrarse como víctima sin ningún atisbo de rubor en el rostro.
La política boliviana se ha convertido en un show donde todo es exhibicionismo y se intenta ganar popularidad sin importar el precio que se deba pagar. Esta situación no solamente muestra la profunda crisis de liderazgos existente, también deja al descubierto la pérdida de principios y valores de una sociedad, que deberá comenzar a reflexionar mejor sus acciones y sus decisiones si lo que demanda es un cambio del rumbo de su historia, puesto que, “cuando la cantidad de seguidores pesa más que la capacidad y el conocimiento: cuando la fama vale más que la ética y la moral, no sólo pierde el candidato, pierde el ciudadano, el país y las futuras generaciones que ven como su futuro se torna cada vez más sombrío”.
Mientras tanto, albergando la esperanza de que el año 2026 traiga consigo mejores días para Bolivia y para todo el mundo, me permito instarles a que el desánimo y la frustración no minen el espíritu que nos caracteriza y nos obligue a cambiar nuestra manera de pensar, recuerden que: “Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”. Que Dios nos bendiga.
- CARLOS MANUEL LEDEZMA VALDEZ
- ESCRITOR. DOCENTE UNIVERSITARIO. DIVULGADOR HISTÓRICO. DIRECTOR GENERAL PROYECTO VIAJEROS DEL TIEMPO
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