«Estos episodios gestaron el caldo de cultivo que desencadenó el pasado 17 de octubre en una jornada de enfrentamientos, caos y descontrol»

La herencia helena pervive a lo largo de la delgada e infinita línea del tiempo gracias a la representación artística y cultural que influyó notablemente en la construcción de las civilizaciones de Occidente. La Eneida (La Iliada – Homero), relata el epílogo de la guerra de Troya, que, tras diez años de combate, Ulises (Rey de Ítaca y protagonista de La Odisea) mandó construir un gigantesco caballo de madera para que en su interior condujera a los principales soldados dentro de la infranqueable ciudad. Lo que aconteció posteriormente es ampliamente conocido, las puertas se abrieron desde su interior, la ciudad cayó, la gente fue asesinada, los edificios incendiados, la destrucción y abandono enterraron Troya bajo el polvo del olvido.

El último fin de semana más de medio millón de personas se volcaron a las calles parisinas para protestar contra el gobierno de Emmanuel Macrón. A pesar de que las protestas fueron incrementando desde mediados de septiembre, luego de que varios centros educativos fueron tomados y algunos incendiados por la protesta de estudiantes que demandan fundamentalmente la atención en temas relacionados a la sustitución de maestros, cantidad pedagógica de 35 alumnos por aula, cambio de horarios y el reparto de plazas equitativo para las universidades del sistema público.

A estas protestas, el pasado 1 de octubre se sumó un componente poco característico, una ola de violencia inusual comenzó a desbordarse, misma que concluyó con la detención de más de 8.000 personas por cometer actos de vandalismo, incendios, saqueos en urbes principales como Nantes, Ruan o Burdeos, además de protagonizar ataques físicos a directores y profesores de los centros de educación, destruyendo el mobiliario y manteniendo la violencia exacerbada hasta hace unos cuantos días.

Estos episodios gestaron el caldo de cultivo que desencadenó el pasado 17 de octubre en una jornada de enfrentamientos, caos y descontrol, en la que varios grupos de movilizados se dieron a la tarea de protagonizar actos vandálicos, saqueos a cientos de locales particulares, incendios de infraestructura pública entre ellos el edificio histórico del ayuntamiento de Limonge, el ayuntamiento de Marsella, Comisarías e instalaciones ferroviarias que fueron reducidos a cenizas. Durante estas jornadas de protesta se sumaron los chalecos amarillos, sindicatos de agricultores y los propios estudiantes que dieron origen a la protesta.

El líder de la facción radical de izquierda: La Francia Insumisa (LFI), Jean-Luc Mélenchon, atribuye los hechos a una década de macronismo, que, de acuerdo a su relato, aplicó recortes económicos en el gasto público, afectando el estado de bienestar de los franceses. Sin embargo, los datos muestran que el gasto público francés el año 2025 fue del 57.2% del total del PIB, siendo después de Finlandia el país con mayor gasto público de todo el planeta, por lo que el eufemismo que maneja la izquierda francesa no se sostiene.

Ante esta realidad tan evidente ¿por qué? la izquierda repite como un mantra incuestionable que el problema obedece al recorte del gasto, cuando los datos demuestran que no hubo ningún recorte. Probablemente se deba a qué, la izquierda internacional insiste en asegurar que el estado de bienestar debe ser generoso por parte del Estado, chantajeando con este argumento a los gobiernos y usándola como moneda de cambio para garantizar paz social y estabilidad. Esta es su bandera de lucha, pues le miente a la gente haciéndole creer que el Estado debe proporcionar asistencialismo con recursos públicos, lo que ocasiona la parasitación de la sociedad, algo completamente contrario a la tradición, valores y filosofía sobre la cual se edifica la civilización occidental.

Es cierto que la población espera recibir servicios de calidad especialmente en educación y salud –algo que no ocurre en muchos países, incluyendo Bolivia–, sin embargo, la educación en Francia –que es donde arrancaron las protestas–, destina el 6,7% del PIB para este sector, un alumno de bachillerato en promedio, le cuesta al sistema público francés alrededor de 13.000 euros al año, lo que demuestra que el problema no radica en cuánto dinero público que se asigna a un determinado sector, sino en la eficiencia para gestionar los recursos públicos, a pesar que la administración pública no es el mejor ejemplo de eficiencia, pues sólo mantiene los servicios públicos para extraer del “contribuyente” los recursos que requieren para su funcionamiento y no así para brindar un buen servicio.

Ese hipertrofiado y disfuncional estado de bienestar que se ha instalado en el relato de los gobiernos progresistas y estatistas, muestra la incapacidad que tuvo el Estado francés a la hora de integrar a los migrantes –que en buena parte fueron reconocidos en los hechos de vasallaje y saqueo que dieron la vuelta al mundo–. Durante la década de los años 60 y 70 del siglo pasado se atrajo mano de obra desde otros países para trabajar en la industria. Cuando esa industria desapareció, el Estado fue incapaz de integrar a esa gente al mercado laboral y prefirió construir polígonos de viviendas sociales y acogerlos a un programa de asistencialismo estatal que terminó por aislarlos socialmente.

En la actualidad, los suburbios franceses donde se concentran segundas y terceras generaciones de inmigrantes, muestran datos bien reveladores, en la que uno de cuatro jóvenes entre los 18 y 25 años no estudia ni trabaja, vale decir, lo que el “estado de bienestar” ha creado dentro de sus ciudades son metafóricamente “caballos de Troya” o para graficarlos mejor: “guetos asistencialistas”, donde muchos jóvenes carecen de expectativas de vida y son proclives a unirse a cualquier movimiento radical para realizar actos de pillaje y vandalismo.

Remontándonos a los disturbios suscitados en Francia el año 2023, la justicia mostró que, de los procesados, todos varones, se trataba de jóvenes sin estudios, un 75% nacidos en Francia y de origen inmigrante y que se habían unido a estos grupos por oportunismo, por influencia del grupo y por la adrenalina, sin mencionar en ningún caso las causas que habían originado las protestas. Países como éste que, debido a la ideología “woke”, “progresista” y “buenista” de occidente, dejan que las puertas se abran desde adentro, para que caigan sus ciudades, se asesine a su gente, se incendien y destruyan su identidad, su tradición, cultura, religión, buscando que la civilización occidental termine enterrada bajo el delgado manto del olvido.

Francia no se encuentra en llamas por deseos de su gente, se encuentra así porque la izquierda radical, gente sin escrúpulos, replica el accionar violento y destructivo que se ha visto, se ve, y seguramente se seguirá viendo en diferentes latitudes del planeta, mientras exista un cierto grado de insatisfacción, frustración o descontento social para que la violencia oportunista busque tomar el poder, valiéndose del caos y descontrol sobre el que buscan fortalecerse. A pesar de aquello, la izquierda francesa no está pudiendo capitalizar políticamente los hechos de violencia recientes, pues la intención de voto de cara a la elección de abril de 2027 muestra un claro favoritismo para Marine Le Pen, candidata de la derecha francesa.

Los indicios son claros, los grupos radicales que promueven el caos en diferentes países del mundo están perfectamente identificados, por tal razón y tomando en cuenta la coyuntura boliviana, por responsabilidad debo insistir en la importancia de ejecutar el Plan Integral de Dialogo Pacificación Integración y Reconciliación Nacional (PIIN BOLIVIANO), como herramienta que promueva el diálogo, prevenga, gestione y transforme los conflictos sociales, fortalezca la convivencia democrática, impulsando la reconciliación social, para evitar que se repliquen actos de los que somos testigos diariamente y ante los cuales los Estados parecen no tener respuesta.

“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.

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