El divorcio legal constituye una cachetada feroz a la inteligencia puesto que en una sociedad libre el aparato estatal no debiera casar y descasar, por lo que el matrimonio civil sólo cabe en mentes conservadoras en el peor sentido de la expresión, es decir, los que se encuentran enredados en pesadas telarañas mentales gobernadas por el statu quo. En libertad las partes efectúan arreglos contractuales libres y voluntarios ante escribano, ante lo que se estima son autoridades religiosas o de la forma preferida por las partes y el monopolio de la fuerza debe limitarse a hacer cumplir esos contratos y castigar el fraude. Por otra parte, más abajo y en conexión a otro tema me refiero al sentido etimológico de “matrimonio”.

El mal llamado aborto -más bien asesinato en el seno materno- ha sido condenado por todas las Academias de Medicina del mundo no comunista al señalar que la vida humana comienza con la concepción, una vida que está en potencia de muchas cosas igual que todos nosotros también estamos en potencia de otros estadios. Lo contrario procede de la magia más primitiva al suponer que se trata de un mineral, vegetal o animal que por ósmosis se transforma en humano al momento del alumbramiento. Se trata de un asunto científico y moral, es un ser humano en acto con la carga genética completa desde el momento de la fecundación del óvulo, distinta del padre y de la madre. En el caso argentino, la Academia Nacional de Medicina publicó nuevamente la conclusión de su Plenario el 30 de septiembre de 2010: “Que el niño por nacer, científica y biológicamente es un ser humano cuya existencia comienza al momento de su concepción”.

A veces se ha mantenido que esto no debe plantearse de este modo puesto que “la madre es dueña de su cuerpo” lo cual es absolutamente cierto pero no es dueña del cuerpo de otro y cómo las personas no aparecen en los árboles y se conciben y desarrollan en el seno materno, mientras no exista la posibilidad de transferencias a úteros artificiales u otro procedimiento es inexorable respetar al ser humano en cuestión.

Como queda dicho, un embrión humano contiene la totalidad de la información genética: ADN o ácido desoxirribonucleico. En el momento de la fusión de los gametos masculino y femenino -que aportan respectivamente 23 cromosomas cada uno- se forma una nueva célula compuesta por 46 cromosomas que contiene la totalidad de las características del ser humano.

Quienes mantienen que en el seno materno no se trataría de un humano del mismo modo que una semilla no es un árbol, confunden aspectos cruciales. La semilla pertenece en acto a la especie vegetal y está en potencia de ser árbol, del mismo modo que el feto pertenece en acto a la especie humana en potencia de ser adulto.

De Mendel a la fecha, la genética ha avanzado mucho, Jerome Lejeune el conocido profesor de genética de La Sorbona escribe que “aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida de un nuevo ser humano no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser desde su concepción hasta el final de sus días no es una afirmación metafísica, es una sencilla evidencia experimental”.

La secuencia embrión-mórula-blastocisto-feto-bebe-niño-adolecente-adulto-anciano no modifica la naturaleza del ser humano. La implantación en la pared uterina (anidación) no implica un cambio en la especie, lo cual, como señala Ángel S. Ruiz en su obra sobre genética no cambia las características humanas y dice que sostener que recién ahí comienza la vida humana constituye “una arbitrariedad incompatible con los conocimientos de neurobiología”. La fecundación extracorpórea y el embarazo extrauterino subrayan este aserto.

Se ha dicho que el feto es “inviable” y dependiente de la madre, lo cual es también cierto, del mismo modo que lo son los inválidos, los ancianos y los bebés recién nacidos, de lo cual no se sigue que se los pueda exterminar impunemente. Lo mismo puede decirse de supuestas malformaciones: justificar las matanzas de fetos justificaría la liquidación de sordos, mudos e inválidos. Se ha dicho que la violación justifica el mal llamado aborto, pero un acto monstruoso como la violación no justifica otro acto monstruoso como el asesinato. Se ha dicho, por último, que la legalización del aborto evitaría las internaciones clandestinas y antihigiénicas que muchas veces terminan con la vida de la madre, como si los homicidios legales y profilácticos modificaran la naturaleza del acto.

De más está decir que no estamos aludiendo a las interrupciones naturales o accidentales sino a un exterminio voluntario, deliberado y provocado. Tampoco se trata en absoluto de asesinato si el obstetra llega a la conclusión -nada frecuente en la medicina moderna- que el caso requiere una intervención quirúrgica de tal magnitud que debe elegirse entre la vida de la madre o la del hijo. En caso de salvar uno de los dos, muere el otro como consecuencia no querida, del mismo modo que si hay dos personas ahogándose y solo hay tiempo de salvar una, en modo alguno puede concluirse que se mató a la otra.

Se suelen alegar razones pecuniarias para abortar, el hijo siempre puede darse en adopción pero no matarlo por razones crematísticas, porque como se ha hecho notar con sarcasmo macabro, en su caso “para eso es mejor matar al hijo mayor ya que engulle más alimentos”. Como ha dicho Ronald Reagan “tienen suerte los abortistas que no se les haya aplicado las recetas que ellos patrocinan”.

La lucha contra este bochorno en gran escala reviste mucha mayor importancia que la lucha contra la esclavitud, porque por lo menos en este caso espantoso hay siempre la esperanza de un Espartaco exitoso, mientras que en el aborto no hay posibilidad de revertir la situación.

Por su parte, el verdadero feminismo consiste en la igualdad ante la ley de hombres y mujeres tal como lo explicitó originalmente Mary Wollstonecraft en su célebre La vindicación de los derechos de la mujer ya en 1792 subrayado por sus múltiples continuadoras. Sin embargo, con el tiempo irrumpió el antónimo del feminismo un contrafeminismo pero con la carátula anterior donde se proponen absurdos como cuotas para las mujeres en lugares de trabajo, académicos y políticos que no son más que ataques frontales a la dignidad de la mujer al subestimar su eficiencia en las diversas ramas. A esto se suele agregar lo que escritores como Mario Vargas Llosa considera la sandez mayúscula del “lenguaje inclusivo” y otras barrabasadas equivalentes como la idea que el sexo es según lo percibe la persona en cuestión y la apología del mal llamado aborto.

Por último, respecto a la homosexualidad es del caso reiterar mi definición de liberalismo en cuanto a que se trata del respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros, lo cual no quiere decir que necesariamente suscribamos el proyecto del vecino, se trata de recurrir a la fuerza solo si hay lesiones de derechos de lo contrario cada cual maneja su vida como le parezca oportuno y conveniente. Y no recurro a la expresión “tolerancia” porque me huele a cierto tufillo inquisitorial puesto que los derechos se respetan no se toleran, es como perdonando errores de otros por parte de certezas, sin percatarse que el conocimiento procede de corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones lo cual, de más está decir, no apunta al relativismo epistemológico que convierte en relativa esta misma posición al tiempo que desconoce el valor de la necesaria correspondencia entre la proposición y el objeto juzgado. En todo caso, para retomar el tema sexual considerado debe enfatizarse que la expresión matrimonio proviene etimológicamente de matrimonium que remite a madre que a su vez implica la capacidad de parir lo cual no ocurre en posibles uniones civiles como las referidas. Como es sabido las palabras sirven para pensar y para transmitir pensamientos, si se utilizan mal los vocablos los silogismos resultan defectuosos y se dificulta la comunicación. Una cosa es una unión civil de facto o de jure y otra el matrimonio.

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Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch completó dos doctorados, es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, es autor de 27 libros y miembro de las Academias Nacionales de Ciencias Económicas y de Ciencias de Argentina.