Censo: conflicto, racionalizaciones y motivaciones

ERICK FAJARDO

Tratando de definir una posición respecto a la crisis del censo nacional, me vino a la memoria un emérito profesor de Teoría del juego de Columbia que postulaba que el análisis del conflicto no debe atender a sus razones, sino a sus motivos, ya que las razones de una contienda son, por regla, lógicas, altruistas e inapelables mientras que sus motivos ulteriores, suelen ser egoístas, oscuros y cuestionables.

La diferencia entre ser un jugador o ser una pieza en el tablero –decía el colegiado– depende de si nos dejamos seducir por las razones o si indagamos los verdaderos móviles del conflicto. La razón manifiesta para la Guerra de Troya –explicaba– fue vengar la afrenta a Menelao de Esparta, pero su móvil ulterior fue la obsesión de Agamenón de Micenas por destruir Ilión y consolidar el monopolio político y comercial griego en el mar Egeo.

Para hallar las motivaciones detrás de las razones –recomendaba– “no escuchar a Homero sino a Heródoto”; no atender a las narrativas, sino a los marcos lógicos de la acción; identificar no a los actores, sino a los autores de la puesta en escena; en suma, encontrar a los beneficiarios últimos de la desestabilización y la ruptura del balance en que coexisten los ecosistemas políticos.

En momentos en que la retórica bélica hiperboliza exponencialmente el conflicto, que se traslada a Cochabamba, ese postulado adquiere consistencia esclarecedora.

Como toda causa movilizadora, el censo 2023 es razón válida y plena, pero no el verdadero móvil del conflicto cruceño. El teatro de operaciones es Santa Cruz, el gobernador Camacho y el presidente Arce son los actores, pero el guionista de este drama aguarda en las sombras, detrás del telón, el tiempo de cosechar del caos y el desfase en la correlación de fuerzas.

Por ello, aunque el encuadre y la ubicación de la crisis sugieran una reemergencia oligárquico-castiza en la vieja controversia de oriente contra occidente, lo que en realidad hay es la lucha interna por el poder dentro el MAS. Fue decisión del ala evista del gobierno que el conflicto estalle en Santa Cruz, escoger como contendor a su élite regional y encuadrar el debate en torno a la discrepancia sobre la fecha de realización de un censo largamente diferido.

Así, el paro cívico es el acto final del duelo retórico de dobleces e insinceridades que intercambian el gobierno del MAS y el liderazgo regional cruceño en un contrapunto entre manifiestas voluntades de diálogo y solapada agitación social que otorga a las élites logieras del oriente una falsa percepción de protagonismo, mientras el ala cocalera del Movimiento al Socialismo es quien se nutre del curso de desenlace del conflicto.

A riesgo de herir la narrativa épica de las élites cruceñas, hay que decir que el lugar, el tema y el momento para este conflicto los ha definido el MAS, que además administra su intensidad y su ritmo, sea para encaminar los esfuerzos de Arce de zanjarlo o, detrás del móvil de su oposición interna, sabotear esos esfuerzos y debilitar a su gobierno. Por eso, la percepción de fortalecimiento de los actores regionales cruceños es apenas un efecto colateral necesario para quien en realidad alimenta el conflicto y usa a Santa Cruz como señuelo.

Es una pugna al interior del gobierno como no hubo otra desde la Guerra del Agua de 2000, cuando con anuencia de la embajadora de Clinton, Donna Hrinak, la facción de ADN del vicepresidente de Banzer, Tuto Quiroga, le incendió Cochabamba al Dictador Elegido, induciendo desde el interior de su gobierno a decisiones terriblemente inoportunas, como la represión prefectural y el incremento exponencial de las tarifas del agua, que produjeron a la Coordinadora del Agua y permitieron hiperbolizar en el discurso sindical de la “privatización de los recursos básicos”.

Tal cual el Comité Interinstitucional y el gobernador cruceño hoy, en 2000 la Coordinadora del Agua y el sindicalista Oscar Olivera fueron simples beneficiarios de la percepción de protagonizar un conflicto en las calles que en realidad fue la última réplica de un tsunami con epicentro en Palacio Quemado.

Igual que la “guerra del agua”, la lucha por el censo 2023 es la racionalización épica de los móviles ruines de quienes promueven un golpe de Estado interno. Para colmo de paradojas, enfermo de lo mismo que Banzer, Luis Arce no atina a ver que quien precipita su caída es aquel en quien busca apoyo ante la crisis galopante que el mismo jefismo jinetea.

Al final, desestabilizar el país, precipitar una renuncia presidencial, quebrar la línea de sucesión, instalar un gobierno títere y allanar su llegada a Palacio Quemado, enjuagado en las turbias aguas de un sistema electoral-títere, es una jugada que Evo Morales y su entorno patricida saben hacer a ojo cerrado.

ERICK FAJARDO POZO

Master en Comunicación Política y Gobernanza por la GWU de EEUU

*NdE: Los textos reproducidos en este espacio de opinión son de absoluta responsabilidad de sus autores y no comprometen la línea editorial Liberal y Conservadora de VISOR21