«El economista que le habla al público en general, no busca su aprobación busca aclarar, explicar, cuestionar y alertar sobre los vericuetos de la economía»
La respuesta corta es no. La respuesta larga seria la siguiente: podrían serlo siempre y cuando…
Me explico, en un tiempo de incertidumbre e información desbordante la sensatez se ha convertido en un lujo. Donde antes se tenia voces autorizadas no por una autoridad superior sino por la autoridad propia de su dueño hoy existe un sinfín de expertos, comunicadores, dirigentes, personalidades cuya voz se amplifica por el tono de su mensaje y no así por la coherencia, veracidad y objetividad de la misma.
La academia se ha desconectado del mundo real, girando la vista al interior de la ciencia, una serie de pasillos oscuros donde las sombras en sus paredes dan algunas nociones de lo que pasa en el mundo exterior a través de sus formas inestables plasmadas en los fríos muros de las universidades.
Escribir papers o investigaciones tratando de encontrar una explicación acerca del impacto del canto de un ruiseñor en los costos de la agricultura parece significativo en estricta regla a lo académico sin embargo comparado con la crisis económica de un país y la necesidad de plantear alternativas efectivas se constituyen en un deliberado acto esquivo.
Nadie quiere saber lo que la academia produce porque lo que produce no tiene vínculo con su entorno. No tiene aplicación y no tiene sentido. Con esto no desmerezco el rol de la investigación solo cuestionó sus prioridades. Esos papers llenan los anaqueles digitales en los repositorios especializados, son revisados por otros pares investigadores no por su utilidad real sino como excusa para justificar la opinión o criterio propio. Un mecanismo de revalidacion que solo agiganta al investigador con un gran: «ven tenia razón se los dije no soy el único»
Pocos son los economistas que deciden escribir un libro o columnas de opinión o participar de foros públicos, ¿por qué un libro, columna o foro es más sustancioso que un paper? Bueno dependiendo del tono del mismo, este apunta a un público más amplio por lo que el lenguaje del mismo debe ser lo suficientemente claro y sencillo a la hora de explicar fenómenos de alta complejidad.
En ese entendido, el economista que le habla al público en general, no busca su aprobación busca aclarar, explicar, cuestionar y alertar sobre los vericuetos de la economía. Mientras aquel que se obsesiona por los papers busca impresionar a sus pares, incluso si esto significa seguir lineas de investigación totalmente alejadas de su realidad o peor aún aquellas impuestas como las nuevas tendencias en boga en esos exclusivos círculos.
Hay intereses legítimos para conquistar espacios de poder, todo economista alguna vez aspiro a ser ministro del área o presidente del Banco Central, un director, o jefe de planificación o proyectos por lo que sus palabras se mesuran para no incomodar con sus opiniones en la perspectiva de que algún remoto dia en el futuro la diosa fortuna toque sus puertas con un memorándum de designación. Esto hace que la respuesta de todo economista sea el famoso «depende » pero hablando particularmente de este escenario la respuesta no está condicionada por el contexto sino por la persona que se encuentra al otro lado.
«Depende, de quién pregunta»
Es así que se tienen camaleones con habilidades de camuflaje, pierden de vista su criterio técnico para adoptar un criterio práctico guiado por la supervivencia. La ambivalencia en uno u otro sentido genera posiciones neutrales sanas para el que no es capaz de hacerse cargo de sus opiniones pero altamente dañinas para la sociedad en general.
Recientemente escribi una columna en la que cuestiono el rol de las ONGs, muchos de mis colegas trabajan en dichas ONGs y su opinión aunque discreta siempre condice con la visión de la institución donde trabajan. De verdad ¿es tan peligroso el señalar una posición que no siempre condice con los ideales de la ONG en cuestión? Probablemente me respondan bueno si no comparte la visión entonces que hace trabajando aquí, pero esto se resuelve justamente en lo técnico, la lógica de venerar el pasado sin señalar su clara inviabilidad e incompatibilidad con las necesidades actuales a título de derechos históricos y líneas ambientalistas movidas por el fervor del activismo antes que razones de peso, es fácilmente contrastada ante un breve diagnóstico y un análisis de necesidades reales. Ese contraste no solo es sano, es necesario para diferenciar una posición intransigente de una posición institucional planificada y organizada.
Ahí el economista debe jugar el papel de oposicion a las figuras que alcanzan los agudos y son aplaudidas por eso, en todo caso se constituyen en contraalto o los bajos que equilibran las puestas en escena permitiendo la armonía y el contraste de opuestos.
Cuando un economista secunda posiciones o argumentos vertidos por alguien sin formación en el área, pero con un total convencimiento traducido en un aire de superioridad que solo el poder de autoridad otorga, se está renunciando a su criterio técnico o, peor aún, acomodando el mismo para que cobre sentido, entonces solo entonces deja de existir el economista.
En un mar de expertos, gurus, ex autoridades y una sinfín de eruditos del micrófono, se extraña al economista crítico, sin pelos en la lengua, sin miedo a romper consignas o mitos de lo popular nacional escritos en piedra. Porque al final estoy convencido de que ese es el mandato que tiene el economista y si no es asi deberia asumirlo de inmediato.
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