Nada es fácil para los bolivianos

«No aprendemos a asimilar el fracaso con inteligencia, lo abordamos desde lo emocional, propio de la naturaleza humana, pero nunca salimos de ese círculo vicioso de lo emocional»

La frase nació de un emocionado relator de fútbol, Gonzalo Cobo, ni bien concluyó el partido de Bolivia con Brasil en la ciudad de El Alto. Entre lágrimas repetía nada es fácil para los bolivianos, nunca es fácil para los bolivianos. Probablemente esto sea interpretado desde el escepticismo natural del boliviano promedio, al no tener razón para creer que un logro es posible se refugia en la seguridad del pesimismo, nadie te puede arrebatar la gloria de las manos si tu nunca dejas que la esperanza te la acerque un poco.

Para el boliviano es siempre difícil porque debe luchar contra si mismo y la adversidad al mismo tiempo. La historia del país muestra que el boliviano tiene un ancla que lo tira hacia atrás cuando se trata de encarar el desafío, cuales fuere, la conspiración entre la diosa fortuna y la mano negra de chivos expiatorios externos son explicaciones por defecto que sirven para explicar cualquier tropiezo o resultado no deseado.

El boliviano no entiende el proceso solo habla el lenguaje del resultado, no importa como el objetivo es el éxito, el fracaso representa un demonio el cual se debe evitar a toda costa. Procesar el fracaso desde el aprendizaje y su síntesis hasta llegar a la experiencia que permite vitaminar el crecimiento natural de la sociedad no es una opción viable para el boliviano promedio.

En la mente colectiva se establece una ley imprescriptible, tu fracaso tiene origen en la conspiración maquiavélica de fuerzas oscuras desconocidas y la determinación superior de tu triste destino, el fracaso absoluto. En este aspecto el boliviano promedio es muy hábil para identificar indicios cual detective forense se tratase, es capaz de encontrar un pelo de unicornio albino en lo denso de la selva del amazonas.

Esta condición hace que la manera de asimilar el fracaso no tenga un conducto adecuado que utilice el mismo como combustible de conocimiento para mejorar y seguir intentando pero con el aliciente de cambiar en sí mismos nuestra naturaleza, un poco más sabios y con más temple. En su lugar tenemos al fracaso como una excusa para el reinicio absoluto, un borrado general de absolutamente todo lo recorrido, bueno y malo, que obliga a volver al punto inicial cambiando de rumbo, abriendo senda nuevamente esperando que esta efectivamente nos permita llegar a la gloria, al objetivo, al éxito total. Nunca sucede.

Nada es fácil para los bolivianos porque no aprendemos a asimilar el fracaso con inteligencia, lo abordamos desde lo emocional, propio de la naturaleza humana, pero nunca salimos de ese círculo vicioso de lo emocional: tristeza, dolor, frustración, desesperación.

Esto aplica en lo deportivo, en lo político, en lo académico, en lo social, en lo cultural, es decir estamos sincronizados para quemar los papeles y actuar en la desorientación de la desesperación a ideas diametralmente opuesta. Ejemplo: no sirven los gobiernos neoliberales vamos por los gobiernos socialistas, no sirve la meritocracia vamos por el sistema de la elección popular de autoridades, los más preparados no son la cúspide de la pirámide social vamos por un sistema de compensación de los menos favorecidos en la base social.

Los matices son importantes, en los grises se puede consensuar, se puede rescatar elementos positivos que abonen el suelo sobre el que se siembra, son procesos largo con resultados parciales pequeños pero constantes. El boliviano debe extirparse del lóbulo frontal esa lógica del mínimo esfuerzo y el mejor resultado. Eso no se logra en una sala de operaciones en los hospitales eso se logra a partir de la educación, la discusión el debate y sobre todo el reconocimiento de la responsabilidad del individuo sobre su propio destino.

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