Superemos la moral de la envidia y el resentimiento

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En noviembre del año pasado murió Antonio Escohotado. Este español de personalidad descollante, fue filósofo, jurista, ensayista, traductor y profesor universitario; sus vastos intereses incluyeron el derecho, la filosofía y la sociología. Escohotado exploró las profundidades del alma humana y sus debilidades.

Una profunda investigación abarcativa del más amplio espectro de las drogas y que experimentó en su propio cuerpo lo hizo merecidamente célebre así como a su libro Historia general de las drogas. Escohotado compartió junto a cinco premios Nobel de Economía una posición antiprohibicionista, que fundamentaba en la moral de la responsabilidad individual.

Desencantado del comunismo y de los comunistas, dedicó una buena parte de sus últimos años a describir, en tres gruesos volúmenes a Los enemigos del comercio. Allí repasa la historia de quienes –desde la más temprana antigüedad– combatieron a la riqueza. Le llevó diez o doce años comprender que el comunismo –o las diferentes variantes del socialismo– no se explican ni tampoco surgen por la pobreza, las hambrunas o calamidades. Por el contrario, las revoluciones socialistas son iniciadas en sociedades prósperas y por lo general son impulsadas, por personas de clase media o media alta. Escohotado tal vez exagera un poco cuando dice que “todos” sus principales líderes e ideólogos eran de clase media o alta, pero lo cierto es pocos conocieron al proletariado de cerca. Sabido es que los biógrafos de Karl Marx describen los años en que éste era mantenido por su madre y luego por el rico empresario textil Friedrich Engels, e incluso el modo en que maltrataba a sus criadas. León Trotsky nació con el nombre de Lev Davidovich Bronstein en el seno de una rica familia judía ucraniana; Vladimir Ilyich Ulyanov, alias Lenín, era un consentido de su mamá quien le seguía enviando remesas de dinero por muchos años aún de adulto; sabemos que el Che Guevara Lynch hijo de una familia de alto nivel social no trabajó nunca en su vida hasta que se transformó en un sanguinario revolucionario por profesión. Mao Tsé Tung era el hijo de uno de los granjeros más ricos de Shaoshan.

¿Por qué hacen la revolución entonces? Escohotado sostiene que cuando las sociedades prosperan, casi todos mejoran, pero algunos lo hacen mucho más rápido que otros y, naturalmente, crecen las desigualdades y las envidias. Aún si partieran con exactamente la misma cantidad de dinero, algunas personas serían más creativas, más inteligentes, más trabajadoras, ahorrativas, tienen mejor estado físico, se esfuerzan más o simplemente son más afortunadas. Al poco tiempo, se alejarían del promedio. Estas personas suelen caracterizarse por un alto nivel de autoestima y confianza en sí mismos. Aman la vida y se sienten fuertes y valientes; lo que les permite asumir riesgos y entusiasmarse con proyectos y sueños, lo que les da un “propósito vital”.

Según Nietzsche, este grupo posee lo que él llama “la moral de los señores”, por eso se esfuerzan para superarse a sí mismos continuamente y consideran que es malo todo aquello que debilite al individuo y dañe su impulso vital, como el miedo, la cobardía, o un excesivo deseo de seguridad. Es decir, como propone Nietszche, estas personas ponen en escena un heroico ejercicio de su Libertad porque tienen la capacidad de decidir, eligiendo en un sentido o en otro. La libertad es para Nietszche el privilegio exclusivo de las naturalezas fuertes y nobles.

En contraposición, dirá el filósofo alemán, hay otro grupo que posee “la moral de los esclavos”. Está compuesto por personas de carácter débil, quejumbrosas, temerosas del acontecer mundano, que buscan excusas o pretextos que expliquen por qué les va mal en la vida, y sienten pesar ante el bien de aquellos a quienes les va mejor, alegrándose si algo les impide alcanzar sus fines. Es “la moral de la envidia y del resentimiento”, un dolor que se produce como consecuencia de entender los logros de los demás como una ofensa contra uno mismo. Este sentimiento va acompañado de rencor y hostilidad hacia quienes causaron este supuesto daño. Por eso las religiones condenan la envidia como un sentimiento nefasto del cual debiéramos deshacernos. “No codicies los bienes ajenos ni desees la mujer de tu prójimo”.

Escohotado añade que junto con las desigualdades y las envidias aparecen los demagogos, comunistas o socialistas, que ofrecen una explicación de esos malos sentimientos, los justifican y transforman la oscura envidia en un sentimiento noble: “la indignación”. Esta indignación es la misma emoción que sientes cuando una persona corrupta, inmerecidamente se llena de dinero. Así, los demagogos transforman a los resentidos en víctimas de supuestas injusticias y les dan una justificación para esa resentida actitud de no poder emular a los mejores. A diferencia de la envidia, la indignación es un sentimiento bien considerado que impulsa a la acción por “un fin superior”, fin que llamarán “justicia social”. Esta acción se traduce en destrucción, en “hacer lío” como diría el Papa, o en “combatir al capital” como reza la marcha peronista.

Desde la caída del muro de Berlín, las revoluciones ya no son armadas: los comunistas cambiaron su estrategia e intentan cambiar las sociedades interviniendo la educación y la cultura. Enseñan diversas variantes de la Pedagogía del Oprimido (del marxista Paulo Freire), que en esencia apunta a que los niños se vean a sí mismos como víctimas, como seres frustrados que no pueden alcanzar sus objetivos por culpa del “despiadado” sistema capitalista, al que se les enseña a odiar junto a sus referentes, el FMI, los Estados Unidos, los empresarios exitosos, los banqueros, etc.

Eventualmente, los demagogos llegan al poder y aplican la “justicia social”, algunos con las mejores intenciones, otros exclusivamente para acumular poder. En cualquier caso, el procedimiento es siempre el mismo: se castiga al que produce con un exceso de impuestos y regulaciones para beneficiar a quienes no producen. En consecuencia, las economías dejan de crecer y en algunos casos, como los de Argentina, Venezuela o Cuba, retroceden a etapas previas donde todos son significativamente más pobres, y el descontento continúa, mientras la pobreza aumenta.

Para salir de este atolladero hay que trabajar en diversos planos. Una manera de lograrlo es la que proponen Javier Milei y José Luis Espert quienes, desde adentro de la política, se montan sobre la bronca de los jóvenes iracundos y frustrados por las circunstancias. A la manera del aikido, que usa la fuerza del oponente, ellos logran torcer la dirección del enojo de la Juventud volviéndolo en contra de “la casta política”, de los políticos que ponen trabas, impuestos y regulaciones a quienes producen. Alimentan esa indignación joven para desplazar a la actual casta política, por otra que los libere. Milei lo resume diciendo: “No vengo a conducir corderos sino a despertar leones”.

Una reforma esencial para salir de “la moral de la envidia y del resentimiento”, es cambiar todo el sistema educativo descartando la pedagogía de la victimización, y reemplazándola por el objetivo de que los jóvenes desarrollen sus capacidades creativas, intelectuales y físicas; sus diversas inteligencias matemáticas, verbales, musicales, emocionales, la imaginación, la investigación, el trabajo en equipo; para que sean creativos, productivos, proactivos, y fortalezcan su carácter, la templanza, la perseverancia para lograr sus objetivos para ser felices y contribuir a la sociedad.

Leer a Antonio Escohotado es un bálsamo contra la mediocridad y una buena recomendación para los jóvenes que quieran fortalecer, su carácter y su amor propio para atreverse sin temores a ser verdaderamente libres.

“Muchos jóvenes encuentran dificultad en amar algo (…) Para aventurarse y ganarse la vida hay que hacerse útil, y eso todavía les interesa menos, porque no han aprendido a no perder el tiempo, querido amigo. Esta es la tragedia contemporánea”.

//AGUSTÍN ETCHEBARNE EN EL CATO//