«Aparte del caso de mentir y decir la verdad, el error es, según Hermes, sumamente interesante»
Hermes es el nombre del amigo y colega que, hace dos semanas, me contó acerca de la prosecución de la conversación entre Agnoia y Didáscalo en torno a la mentira. Ayer, en un almuerzo colegial, hablamos sobre el tema que le interesa personalmente y me dio a conocer sus puntos de vista.
Como estudioso de la mentira, enfatizó que el tema es, eminentemente, psicológico; puesto que es evidente que, como en El muro de Jean-Paul Sartre, alguien miente y dice la verdad. Completando las otras tres posibilidades, tendríamos lo siguiente: Es posible, en segundo lugar, mentir y decir una falsedad (es lo más usual, por ejemplo, cuando alguien miente a su pareja que lo increpa sobre una infidelidad; él la niega, pese a haberla cometido: la oyente no merece conocer la verdad). En tercer lugar, es posible ser sincero y decir una falsedad (se trata del error por la aprehensión descaminada, por ejemplo, de un daltónico que, sin saber que padece deuteranomalía afirma que el verde claro es rojizo). Finalmente, la cuarta alternativa se da cuando quien percibe objetivamente (la imagen en su conciencia corresponde a cómo es el objeto en sí) y, siendo sincero, genera enunciados verdaderos.
Aparte del caso de mentir y decir la verdad, el error es, según Hermes, sumamente interesante. El ejemplo del daltónico que ignora que padece una alteración sensorial cromática congénita, muestra que no miente cuando afirma lo que ve; sin embargo, al enterarse de que padece tal distorsión y al verde lo ve rojizo, es posible que, en una consulta médica: aunque vea algo rojizo, diga que es verde; en tal caso, como casuística, miente y dice la verdad. La carencia o insuficiencia de instrumentos para afirmar observaciones exactas e inequívocas, ocasiona también errores por observación; aunque estos se dan asimismo por percepciones erróneas o sesgos en la aprehensión de los rasgos del objeto. Ejemplos como las bacterias que no se ven a simple vista dando lugar a afirmar que el agua al frente es limpia o que las estrellas son iguales y equidistantes, sin aprehender detalles astronómicos que son indistinguibles sin telescopio, son ejemplos ostensivos del error generado por la falta de objetividad, porque la imagen en la conciencia no coincide con las determinaciones del objeto fuera de ella.
El error motivado por sesgos en la aprehensión es una forma sobre la que vale la pena reparar, puesto que existen múltiples factores que influyen en cómo el sujeto observa, selecciona, interpreta y registra los hechos, favoreciendo una interpretación unilateral, apenas parcial de lo real. Se trata de factores ideológicos y emocionales, aunque también influyen sus expectativas, intereses personales y formación previa. Incluso cuando el hablante es sincero, su ideología pesa mucho en la constitución de las imágenes en su conciencia; así, es ingenuo suponer que siempre hay coincidencia entre las determinaciones del objeto y su constelación en la psique. Aun inconscientemente, quien investiga sobrevalorando ciertos hechos en detrimento de otros, mostrando la supuesta realidad (siendo liberal o marxista, por ejemplo), no miente. Ofrece, sin embargo, una interpretación sesgada que debe ser criticada y ante la que cabe enrostrarle ostensivos contraejemplos críticos.
Que quien percibe las determinaciones prescinda de ciertas observaciones, ignorándolas de manera consciente, sesga su visión de la realidad; además, transgrede la ética de la investigación. De esta, los políticos no tienen idea de qué se trata y menos, de su carácter vinculante: contratan especialistas para que tejan discursos que solo persuaden aparentemente a sus propios adláteres (compartan o no la supuesta ideología). Además, si afirman presentar íntegramente los hechos que aprehendieron en su conciencia, mienten. La ideología incide en sesgar los discursos, en la selección de los hechos; en la interpretación condicionada de su significado y en la valoración torcida con juicios de valor.
Que un médico preste mayor atención a los síntomas que confirman su hipótesis previa, sin reparar en los que la contradigan, implica que caiga en el error motivado por expectativas previas; en tanto que el error se produce, además, por emociones, cuando, por ejemplo, una persona que siente antipatía por otra, malinterpreta el silencio como desprecio, cuando se debe solo a sus ocupaciones, agotamiento o timidez. Para otra persona, que siente simpatía por el sujeto silente, es posible que interprete su falta de respuesta como serenidad. Sesgar la valoración del propio producto, sin responder a las críticas, está motivado por intereses económicos o profesionales; en tanto que los medios de comunicación recurrentemente reproducen la posverdad, con el fin exprofeso de cimbrar la realidad, generando adscripciones extremas y la selección de información. En fin, los prejuicios sociales y culturales distorsionan los discursos, si no se consideran los hábitos y las diferencias conductuales recurrentes entre una y otra cultura; en tanto que los sesgos disciplinares académicos cargan la tinta sobre discursos teóricos expresivos de sesgos, por ejemplo, economicistas, clasistas, culturalistas, etnocéntricos o de cualquier otra laya, sin que sean necesariamente falsos.
Bueno, después del postre, despidiéndonos, Hermes y yo nos comprometimos mutuamente a seguir dilucidando el tema interesantísimo de la mentira en siguientes encuentros semanales.
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