«León es a Francisco lo que Pablo VI es a Juan XXIII. Total continuidad a pesar de la diferencia de tono y lenguaje»
Durante mi larga existencia, he conocido a ocho Papas. El pimero fue Eugenio Pacelli, Pío XII, en 1958, un fiel representante de la Iglesia Católica, culto, fino, hábil diplomático, selecto, políglota, conocía pefectamente cinco lenguas, nunca abandonó el Vaticano, no era costumbre en esos años y sin embargo tuvo que hacer lo posible con el fascismo y con el nazismo para salvar la vida a miles y miles de judíos y de los perseguidos políticos, muchos en estructuras de la Iglesia Católica y a otros directamente en la ciudad del Vaticano. Gobernó la Iglesia en uno de los peores momentos de Europa, durante la Segunda Guerra Mundial y en el duro choque de civilizaciones, eligiendo entre el Occidente y el Comunismo, teniendo a la cabeza el Partido Comunista Italiano, el más fuerte de Occidente.
Luego llegó Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII, Patriarca de Venecia, hombre de grande humanidad y de humilde familia, llamado el “Papa bueno” era originario de Bérgamo, fue Nuncio Apostólico en Turquía desempeñando un papel importante en la promoción de las relaciones entre la Iglesia Católica y las autoridades turcas y en la protección de la comunidad judía. Elegido en un Cónclave de conservadores pero, debido a uno de esos fines heterogéneos de los que abunda la historia, fue un gran innovador. Abandonó el Palacio Apostólico como peregrino viajando a Asís y al Santuario de Loreto, visitò a los presos comunes en la cárcel de Roma, abierto a las inquietudines del mundo, inauguró el Concilio Vaticano II en una época de gran esperanza.
A la muerte de Juan XXIII, el Cardenal GiovanBattista Montini, Arzobispo Metropolitano de Milán fue elegido Papa con el nombre de Pablo VI, un gigante de la fe, hombre de vasta cultura y extraordinaria capacidad política en el verdadero sentido de la palabra. Lleva a buen término el Concilio Vaticano II evitando divisiones pero sin renunciar a sus cambios. Emprende importantes viajes al exterior e interviene en la histórica y aún sin resolver cuestión israelo-palestina, todavía la raíz de todos los conflictos en Oriente Medio. Gobierna en medio a los Movimientos Estudiantiles del 68 y Obreros del 69, cuyos protagonistas fueron hombres y organizaciones de inspiración cristiana, motivados por el compromiso social, precisamente por el soplo de aire fresco que trajo el Concilio. Tuvo que sobrellevar el ostracismo del potente Partido Comunista Italiano, el más fuerte fuera del URSS. No pudo soportar el secuestro y el asesinato de su amigo y político italiano Aldo Moro, y terminó con su vida unos meses depués.
Albino Luciani, Juan Pablo I, nacido en Belluno, hombre de fe, habría sido un Papa de cambios, siguiendo los pasos de sus predecesores anteriores, “nomen qui sibi imposuit”, como reza la fórmula recitada por el Cardenal Protodiácomo al anunciar “Urbe et Orbi” el nombre del nuevo Papa apenas elegido. Su Pontificado duró apenas 33 días, y su muerte está envuelta todavía en un misterio.
Despuès de más de 400 años llega a la cátedra de San Pedro un Papa no italiano, el polaco Karol Woytila, después de él, todavía no ha habido un Papa representante de la Curia Romana, es el Papa que, hasta su desaparición, sumió a la Unión Soviética y al mundo que le servía de satélite en una crisis. Su sueño era una Europa cristiana unificada por la predicación de San Pedro y San Pablo en Occidente y por Cirilo y Metodio en Oriente, y abogaba por ello. Pronto descubre que esto no es el resultado del colapso comunista, sino la globalización liberal del capitalismo, totalmente ajena a la doctrina social de la Iglesia. Así el Papa se convierte en la globalización de la predicación, de los jóvenes a quienes ama y por quienes es amado. Nos recuerda cuando, anciano y enfermo, cargaba la cruz en la Via Crucis del Coliseo de Roma el Viernes Santo y cuando desde el balcón del Palacio sin poder articular palabra, se enfureció sintiéndose impotente. En ese momento es la viva imágen del Hijo del Hombre en el Gólgota cuando dice: “Padre, ¿Porqué me has abandonado?” Durante su larguísimo pontificado viajó por casi todo el mundo como “mensajeo de paz”
Papa Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, fue erróneamente considerado un teólogo conservador. Fue en efecto, un teólogo pero de suma importancia como suelen ser los alemanes y uno de los principales redactores de los innovadores documentos conciliares. Fue el Papa de la gran crisis económica mundial, que comenzó visiblemente con los empleados de dos gigantes bancarios saliendo de sus oficinas con cajas de cartón en las manos. Luchó incansablemente para combatir los abusos y atrocidades que manchaban la Iglesia, y fue él quién sentó el precedente para la renuncia de un Papa.
Desde el final del mundo llegó Jorge Mario Bergoglio, el primer jesuíta y el primero en adoptar el nombre del Santo de Asís, Francisco, durante su pontificado ha librado una dura batalla en nombre de la igualdad, la redención social y la limitación de los privilegios dentro de la propia Iglesia, era favorable a una Iglesia menos mundana, más cerca del Evangelio y a la teologia cristiana. Papa de la creación y del medio ambiente, de la lucha contra pobreza y el capitalismo desenfrenado.
Ahora está como Sumo Pontífice, León XIV, el estadounidense con una larga experiencia pastoral en Latinoamérica, llega cuando Trump regresa a Washinton, con una imágin aún peor de la primera vez. La mitad de la izquierda del Tercer Mundo está conmocionada: la comparación con Bergoglio les parece despiada. El nuevo Pontéfice habla poco, no tiene los gestos llamativos de Francisco, y sin embargo no tardó en entenderse que León es a Francisco lo que Pablo VI es a Juan XXIII. Total continuidad a pesar de la diferencia de tono y lenguaje. Toma el nombre de León XIV, el Papa de la encíclica “Rerum Novarum”, el Papa de los trabajadores y a la primera oportunidad, está Robert Prevost respondiendo con un tono firme y duro al rubio que se cree amo del mundo, que trae la guerra y a cambio de su silencio vende la Ucrania a Putin, y solo un estadounidense podría enfurecer tanto al narcisista del que marcará el fin político como Juan Pablo II acabó con el verdadero comunismo.
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