Educarnos a través de Zoom…

IGNACIO VERA

La pandemia del COVID, a diferencia de otros calamitosos eventos planetarios del pasado, no hizo más que acelerar el cambio en el cual el mundo ya estaba encarrilado desde hacía varios lustros. Como dice el historiador Harari en su trilogía de superventas publicados en la década pasada (Sapiens, Homo deus y 21 lecciones para el Siglo XXI), es difícil pensar que el mundo deje de pisar el acelerador en cuanto a los cambios cibernéticos y médicos que está experimentando, pues, en primer lugar, nadie sabe cómo podría dejar de pisarlo, y además que lo deje de pisar supondría el desplome de las economías, basadas sobre todo en el librecambio y la globalización. Por otra parte, desde épocas inmemoriales las ambiciones humanas son ilimitadas, y no hay razones para pensar que mañana dejen de ser así.

No obstante, y como dice también aquel historiador, lo que sí podemos hacer es cuestionarnos y reflexionar sobre cómo vamos haciendo uso de las nuevas conquistas tecnológicas y médicas, pues lo que a primera vista puede parecer inofensivo y ventajoso, puede en realidad estar acercándonos más a la mecanización, fomentando el automatismo humano o, directamente, alimentando la estupidez. Una de estas conquistas, creo yo, es la educación virtual. Cuando ésta se implementó en Bolivia —y, por supuesto, en el mundo—, muchos profesores de universidad éramos legos en el uso de plataformas virtuales, motivo por el cual varios tuvimos que cursar posgrados para aprender a transmitir conocimientos a través de una pantalla. Los resultados fueron valiosos, pero aun así varios quedamos con la nostalgia de la presencialidad en las aulas, y es que para algunos las pantallas resplandecientes fatigaban más que las pizarras y la lejanía restringía muchos procesos pedagógicos…

Ahora, vistos los acontecimientos con un poco más de frialdad, puede decirse que la era post-COVID está fomentando la pereza tanto de estudiantes como de profesores. Sé, por ejemplo, de catedráticos que prefieren quedarse en sus casas para impartir desde allí sus clases, sin importarles mucho la calidad y efectividad de la transmisión de sus conocimientos. Y lo mismo ocurre con gran parte de los estudiantes, quienes cruzan los dedos para que el profesor decida, por uno u otro motivo, dar la clase por Zoom o que la universidad que eligieron para hacer su posgrado decida llevar a cabo el programa de manera virtual. En ambos casos, lo que se busca es un fin utilitario, azar pragmático: al profesor le interesa más el salario de fin de mes que un trabajo educativo de calidad, mientras que al estudiante le importa más el diploma a conseguir que una formación de buen nivel.

En este problema, más culpa tienen las instituciones educativas que los estudiantes, pues la virtualización de la educación, de menor calidad que la que se desarrolla en las aulas con pizarra, en las bibliotecas físicas y en los laboratorios, gestó otro fenómeno más funesto: la mercantilización de la educación. Hoy casi todos los programas de posgrado son virtuales (algunas universidades ofrecen incluso licenciaturas), y la verdad es que, dado que la gran mayoría de interesados en cursarlos piensan más en la cartulina que en el conocimiento, pocos son los estudiantes que deciden esperar la apertura de un programa posgradual presencial. U ocurre al revés: si éste existe, prefieren esperar a que el curso se abra de manera virtual. Sin pretender satanizarlos, creo que la virtualidad y el capitalismo, en este sentido, se portaron siniestros, ya que ahora las instituciones educativas están diseñando y promocionando programas y cursos a las volandas, sin rigor metodológico, con el fin de atrapar el mayor número de inscritos en el menor tiempo posible.

Todos sabemos que, por muchos motivos, tanto para estudiantes como para profesores, cursar o impartir un diplomado o una maestría virtualmente es mucho más cómodo y fácil —en el peor sentido de este término— que cursarlo o impartirlo de manera presencial. Y también sabemos que muchas instituciones educativas anteponen el afán de lucro al noble sacerdocio educativo. Entonces el resultado será una profesionalización de bajo nivel, o cuando menos mediocre. Un ejemplo, entre mil. En la convocatoria para postulación de magistrados se pondera la posesión de cartones de diplomado o maestría en las respectivas áreas, cuando sabemos todos que en esta época éstos pueden ser obtenidos de la manera más fácil, en alguna universidad patito. ¿El resultado? Jueces ineptos ejerciendo el cargo, dotados de pomposas cartulinas nada más. ¡Una hipocresía!

Es así como la supuesta facilitación de la vida humana a través de las pantallas, los algoritmos y robots constituye una espada de doble filo… una más de las muchas que posee el ser humano.

IGNACIO VERA DE RADA 

Politólogo y docente universitario

*NdE: Los textos reproducidos en este espacio de opinión son de absoluta responsabilidad de sus autores y no comprometen la línea editorial Liberal y Conservadora de VISOR21