Los transportistas del país vivieron jornadas eternas en condiciones adversas por un bloqueo criminal, promovido por intereses corporativos, políticos y racistas; sin embargo, luego de 50 días de resistir en las carreteras, los choferes pudieron reencontrarse con sus seres queridos y también reforzaron sus lazos como un grupo que hoy más que nunca, es una familia.
El transporte de carga y de pasajeros sufrió desde el 1 de mayo, el corte paulatino de rutas, sobre todo en el altiplano, pero que se extendió por varios puntos del país. Al quedar varados por más de 40 días, muchos optaron por sobrevivir junto a sus camaradas con ollas comunes, con “comisiones” a los puntos más cercanos de abasto mientras se podía conseguir algún alimento .
No faltó la solidaridad de los comunarios que, más allá de estar en medio de los bloqueos e incluso ser obligados a salir a lanzar piedras al camino, también tuvieron gestos de solidaridad con los choferes.
Es el caso de don Marcelo, quien abrió su hogar para que los choferes pudieran pernoctar en medio de la ruta a Desaguadero. En su humilde morada no faltó el calor, la compañía de la radio o las charlas que distraían mientras se esperaban noticias de alguna solución al conflicto.
El sábado, apenas se supo que se dictó el estado de excepción y que el Gobierno firmó un acuerdo con los bloqueadores de la COB, muchos choferes comenzaron a calentar motores para arrancar el viaje a casa.
“Me están dejando, yo los quiero mucho a todos, han sido mi familia. Tengo tíos, hermanos, todo completo. Cada vez que vengan, lleguen a la casa y de aquí vamos a cocinarnos, no duden en venir, los voy a esperar. No los voy a olvidar, tampoco ustedes. En la vida nada es eterno”, expresó con emoción, don Marcelo, al momento de la despedida.
Mientras tanto, en puntos de llegada como Parotani, departamento de Cochabamba, una mujer esperaba a su esposo luego de casi 50 días de ausencia.
Una televisora trataba de entrevistarla, pero ella estaba más preocupada en reconocer el camión rojo de su compañero de vida.
El motorizado llegó y ella salió con los brazos abiertos a recibir a su esposo, que había partido el 3 de mayo para entregar una carga de hilos y telas y quedó atrapado en la gélida cumbre.

Los choferes recuerdan cómo tuvieron que encontrar solidaridad entre ellos para sobrevivir al hambre, el frío extremo de las madrigadas o tratar de ayudar a quienes padecían alguna enfermedad.
En el otro extremo están quienes no pudieron volver a sentir un abrazo familiar, como el chofer que perdió la vida en la carretera Cochabamba a La Paz en el día 32 del bloqueo provocado por la COB y la Federación Departamental de Campesinos Tupaj Katari. Su esposa le rogó que deje su camión y vaya a La Paz, pero él no quiso dejar su material de trabajo ni capital. Luego sufrió una descompensación y su cuerpo no aguantó hasta llegar a un centro médico.
“Estos bloqueadores no entienden nada”, decía un chofer. “Acá estamos secuestrados, nadie se acuerda de nosotros”, reclamaba otro hombre del volante.
El Gobierno de Rodrigo Paz tardó 50 días en asumir el estado de excepción. Apostó por el desgaste de los bloqueadores, pero el costo fue mayor con la población civil que se vio en medio de una crisis solo comparable a la pandemia de 2020.
Hoy, los choferes ya avanzan a sus destinos, poco a poco se reencuentran con sus familias y luego de unas horas de descanse deberán retomar sus viajes para cumplir con las entregas y contratos con terceros. Este sector pide que el Gobierno pueda ayudarles a reprogramar pagos y evitar multas, porque este conflicto no fue su responsabilidad.
Los motores se vuelven a encender y buscan la poca gasolina y diésel para volver a las carreteras.


