«En el país no hay un estudio serio del mercado laboral; parece pesar más la oportunidad que la vocación»
Los veo salir sonrientes diariamente del colegio cercano a mi domicilio. Son los últimos días de clases, porque luego ingresarán al túnel de la vida, en el que deben tomar sus decisiones. “No sé qué voy a estudiar, antes está el examen de ingreso de la UMSA, porque ir a una universidad privada lo veo difícil; mis papás no tienen dinero”. El caso del joven, al que llamaré Juan, es el de cientos y miles de muchachos entre los 17 y 19 años. Este año saldrán del colegio 221.000 bachilleres ¿Qué les ofrece el país? ¿Qué esperan del futuro?
La mayoría de ellos, especialmente los que egresan de un colegio fiscal o están en el área rural, no han recibido una orientación profesional. “Voy a elegir una carrera que no tenga matemáticas”, dice el compañero de Juan, provocando la risa cómplice del grupo.
En el país no hay un estudio serio del mercado laboral; parece pesar más la oportunidad que la vocación, porque es preferible encontrar un trabajo (de lo que sea) para dejar de ser una carga para la familia, luego habrá tiempo para plantearse la pregunta ¿Vale la pena ir a la universidad?
Ese encuentro furtivo con ese grupo de jóvenes ingresa en un clima serio cuando una de las muchachas del grupo dice: “quiero ser alguien en la vida; mi hermano salió de la universidad hace un año y no puede encontrar trabajo; me gustaría ayudar a mis padres, la vida está cada día más cara y no quiero seguir pidiendo dinero”.
Este mes los futuros bachilleres recibieron una buena noticia, recibirán el título en forma gratuita. Este documento se entregará en formato digital con un código QR que verificará su autenticidad; por tanto, ya no será necesario legalizar el título para ingresar a algunas de las 60 universidades que hay en Bolivia.
Estos jóvenes saben que el entorno no es nada propicio. El cierre de muchas fuentes de trabajo formal, el paso creciente al comercio informal, las escasas posibilidades de crecimiento de gran parte de las actividades privadas y la concentración del poder económico en manos de pocos, genera un desencanto social. A esto se suma que el Estado se ha convertido en el gran empleador y el acceso a esas fuentes laborales requiere de la adscripción y militancia activa al partido de gobierno de turno; pocos tienen padrinos en el Estado.
La mayoría de estos jóvenes son “estudiantes de primera generación”, esta expresión se refiere a hijos de padres sin diploma de estudios superiores y sin experiencia en este nivel educacional. Este tipo de población estudiantil es particularmente vulnerable, dado que existe mayor probabilidad en la reprobación de las asignaturas o, lo que es peor, el abandono de los estudios terciarios. Si antes, los niños y adolescentes resolvían sus dudas elaborando preguntas para los papás, ahora entran a Internet para resolver sus dudas; las nuevas generaciones son mucho más visuales, al mismo tiempo son más vulnerables y propensos a las estafas.
Pese a que en colegio reciben una docena de materias, no se los prepara en el ámbito financiero para saber qué son ingresos, gastos, inversión, activo, pasivo, presupuesto; no se los prepara para el liderazgo; tampoco que sepan vender sus servicios y trabajar en equipo.
Es probable que la mayoría espera que la universidad cambie su panorama y puedan afrontar con mayor aplomo la vida. Vale la pena recordar en este punto la reflexión del notable pensador Nuccio Ordine sobre el tema. Les dice a los jóvenes principiantes ¿a qué va uno a la universidad? La mayoría de los estudiantes responde: hemos venido a obtener una licenciatura. Ordine les responde: No se va a la universidad a obtener una licenciatura, la cosa principal que debemos enseñar a nuestros estudiantes es que no se va por el diploma, que luego será utilizado en el mundo laboral. La experiencia de la universidad no es lo que la sociedad pretende hacernos creer, para ello toma un poema del griego Kavafis llamada Ítaca, donde dice, lo importante no es llegar a Ítaca, lo importante es la experiencia que obtenemos durante el viaje, es esa experiencia que nos hace mejores, que nos enriquece. La verdadera Ítaca está en el viaje mismo.
Ojalá que estos doce años haya servido a estos jóvenes para obtener una conciencia crítica, una reflexión sobre la base que tienen para afrontar el futuro, porque pese a los problemas sociales y económicos, el destino está en sus manos, porque gracias a los estudios, más temprano que tarde llegarán a Ítaca.
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