«El caos y corrupción que genera la planificación estatista parece ser una contradicción, pero es más bien una consecuencia»
Dos décadas de discursos demagógicos en Bolivia, donde con mentalidad cortoplacista y en materia intervencionista se cansaron de repetir, a suerte de trabalenguas, el famoso Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP), que (bajo la lógica de causa y efecto) terminó con pésimos resultados para la economía de los bolivianos. A pesar de esto, parece una mala broma, un descuido, un acto de ignorancia e indiferencia, que en nuestra sociedad aún muchos bolivianos —entre los que destacan periodistas, líderes sindicales e incluso economistas y docentes— sostengan que mantener un estado hipertrofiado, bajo el argumento de “estado fuerte”, es necesario para mejores indicadores de desarrollo, ordenamiento social y prosperidad económica. No mencioné en la reciente lista a los políticos, porque estos, en Bolivia, casi siempre no tienen idea de lo que hablan y personifican las peores pesadillas de Rousseau en cuanto a representación política.
Jóvenes, me dirijo a ustedes especialmente cuando les advierto que nos encontramos en el epicentro de una crisis multidimensional y de transición de proporciones históricas. Y les propongo que hagamos un ejercicio mental: supongamos por un momento que te has comido el cuento del capitalismo destructivo que causa pobreza extrema y riqueza extrema. Y supongamos que tu “conciencia social” te reclama un sistema distribuidor de riqueza para impartir justicia social. En esa línea, todo tipo de iniciativa privada, sin la “todopoderosa regulación”, te parece egoísta y “extractiva”. Por todo lo mencionado exiges industrialización de los recursos naturales, un estado dueño de esos recursos estratégicos (que son más estratégicos para el robo del político) y empresas públicas para que se garantice el empleo; y por supuesto, altos impuestos para los “asquerosos capitalistas” que le deben al trabajador sus utilidades. Y, no contento con eso, exiges que el próximo gobierno recurra a la inversión pública para garantizar los “beneficios” de la economía plural.
Si me seguiste hasta acá y genuinamente haces del párrafo previo tu bandera (o banderas) de reivindicación de la clase trabajadora, déjame decirte que en Bolivia, ¡de ahí mismo es de dónde venimos! Y todos los errores que comete el actual gobierno son debido a un tipo de gradualismo perezoso, que sigue manteniendo la herencia del peor intervencionismo estatal de los últimos 50 años en nuestra pobre (literalmente pobre) Bolivia. Resulta que en nuestro país, este error histórico se llamó “Movimiento al Socialismo” (MAS). Pero por la drástica crisis a la que nos empujaron podría fácilmente llamarse “Movimiento hacia el intervencionismo”. Porque hoy, más allá del eslogan de campaña de Rodrigo Paz y Edmand Lara, “capitalismo para todos”, la realidad es que vivimos bajo la lupa y suela de cínicos burócratas que siguen definiendo el rumbo de nuestra economía.
Si en algún momento la producción de gas natural reportó ingresos superiores a los 60.000 millones de dólares, de ese mal llamado auge solo queda una resaca debido al excesivo gasto fiscal del estado, mala asignación de recursos, distorsión en los precios y tasas de interés artificiales que Milton Friedman avizoraba en economías intervenidas, y que los bolivianos vivimos como un “chaki” del impuesto inflacionario que empeoró con la caída de las reservas por debajo de los 3 TCF, un estrangulamiento de la balanza de pagos y una crisis de liquidez de divisas que paralizaron el aparato productivo nacional.
Acá la consulta, no solo a los jóvenes, es si prefieren una mano invisible que dirija el mercado en términos de Adam Smith para que las necesidades de la sociedad sean satisfechas en función a satisfacer a los consumidores, dinamizando la economía con cooperación social y división del trabajo. O, en su defecto, prefieren la verrugosa y visible mano intervencionista de planificadores estatales y banqueros centrales, que lejos de comportarse como justicieros sociales (considerando sus buenas intenciones), hacen uso del cargo y conocimiento de las fallas del estado, donde son juez y parte, en colusión con un “cartel de funcionarios públicos” para hacer prevalecer, como era de esperarse, sus beneficios personales: la política sin romance, como dirían los economistas del Public Choice.
Como un balde de agua fría con hielo en lo más alto de la ciudad de El Alto, es como quiero que los bolivianos, que se dicen equilibrados, reciban el susto despertador. Porque el sueño de los mansos en el que duerme la ciudadanía boliviana, despojados del pijama de las libertades políticas, ya está de buen tamaño.
El arropo del “Estado tranca” con la canción de cuna del “capitalismo para todos” resultó como eslogan de bebida alcohólica que promete felicidad pero entrega tragedia: mintieron. Hoy siguen estatizados los sectores de hidrocarburos, minería, telecomunicaciones y electricidad, situación que se podía avizorar, ya que los mismos funcionarios que crearon el MESCP siguen hoy por hoy ejerciendo funciones.
“Azules intervencionistas” o “demócratas cristianos” se convierten fácilmente en los enemigos de la población si en ambos casos aplican el paquete del desastre y la crisis: apuesta por la apropiación de los medios de producción (exprópiese), irrespeto a la propiedad, ínfulas de planificación centralizada e imposible de la economía —debido a la inmensa cantidad de datos y de información tácita que se renueva de manera constante—, coacción estatal para violentar la libre voluntad del ciudadano y el cinturón que protege este desastre: el prebendalismo clientelar de las masas que compra lealtades sindicales, cooperativistas y de organizaciones sociales.
Si a pesar de mi no tan breve exposición no estás convencido y crees que es necesaria la prestación de indulgencias al Estado para velar por el indígena olvidado y castigado por el clasismo y abusos históricos (que paguen hoy justos por injusticias de hace 500 años), te recuerdo el caso más emblemático en cuanto a traición representativa y degeneración estatal: el desfalco millonario del Fondo de Desarrollo para los Pueblos Indígenas (Fondioc). Por este caso, el expresidente y creador del MESCP, Luis Arce Catacora, se encuentra aprehendido en el penal de San Pedro, acusado, entre otros cargos, por autorizar, mientras ejercía como ministro, desembolsos millonarios sin fiscalización técnica a las cuentas bancarias particulares de dirigentes sindicales (incluida la detenida y exdiputada Lidia Patty). Tal y como advierte Buchanan, se convirtieron en demonios corruptos cuando los incautos representados los consideraron representantes con aureolas, desprendidos de todo interés particular. ¡Qué ingenuidad!
Qué ironía que aquellos que se oponen a la inversión privada bajo la excusa de resistir al entreguismo de los recursos naturales, se entreguen a diputados, dirigentes sindicales y servidores públicos. El caos y corrupción que genera la planificación estatista parece ser una contradicción, pero es más bien una consecuencia entramada en el discurso de justicia social, que entre sus exponentes principales tiene a John Maynard Keynes, quien en su literatura expone la intención de corregir las tan publicitadas fallas de mercado. Lo anecdótico es que, a pesar del gran recibimiento de estas políticas, no existe un caso de éxito que se pueda endilgar al keynesianismo, sino todo lo contrario.
Aún existen en el Estado Plurinacional de Bolivia quienes defienden el estatismo para la planificación central de la economía. La aparente superioridad moral de estas personas les obliga a arremeter contra quienes cuestionamos la ineficacia e ineficiencia del Estado, en defensa de la expansión del gasto fiscal (derroche de recursos finitos) para sostener a 600.000 empleados públicos. Aun cuando sostener a esos servidores implique recurrir al parasitismo fiscal confiscatorio y al vaciamiento del Banco Central. “¿Qué va a ser de todos esos empleos y esas familias?”, es el primer contraargumento. Como si los otros más de 10 millones de bolivianos no pagáramos con inflación, emisión monetaria y déficit, esta distorsión de asignación de recursos.
Para el intervencionismo estatal no aplica el refrán que dice “el que la hace la paga”, y menos con un sistema judicial tan precarizado. Más bien aplica, en este modelo, “el que se deja la paga”, porque esta ideología de la corrupción alcanza a los diferentes modelos que la aplican, incluida la actual gestión. Apenas en esta semana de agosto ha terminado de estallar el grave escándalo en Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), donde una comisión legislativa identificó a 54 presuntos responsables por el caso de la “gasolina basura”. Este combustible adulterado con diolefinas e inestabilizado, importado a comienzos de 2026 por Vitol Energía Américas S.A. (VEAM) bajo adendas jurídicas sin controles de laboratorio adecuados, obstruyó motores y dañó de gravedad a más de 11.000 vehículos. El escándalo, que derivó en aprehensiones de exautoridades, demuestra que el intervencionismo coactivo del Estado sobre los recursos energéticos no solo genera desabastecimiento, sino una profunda descomposición moral y patrimonial.
Hasta este punto, la evidencia teórica y empírica proveniente del más reciente contexto en Bolivia nos demuestra que realmente el debate entre intervencionismo y libre mercado no existe. El enfoque epistemológico de optimización de Lionel Robbins, que sustenta el socialismo de mercado de Oskar Lange, parte del equívoco del cálculo estático y matemático para una correcta asignación de recursos, donde un burócrata privilegiado posee toda la información dada sobre costos, oferta y necesidades. La realidad, bien estudiada y probada por Hayek, por otro lado, nos dice que la información y los datos del mercado se encuentran irremediablemente dispersos en millones de mentes como conocimiento dinámico, subjetivo, práctico y tácito, que no puede centralizarse sin destruir las fuerzas coordinadoras de la sociedad.
Y esta destrucción de las fuerzas coordinadoras es exactamente lo que estamos presenciando hoy, no solo con las nefastas herencias del pasado, sino con las peligrosas continuidades del presente. La trágica asfixia cambiaria que vivimos, con un Banco Central que dilapidó nuestras reservas hasta raspar la olla, nos ha forzado a una “flotación administrada” que no es más que un espejismo burocrático. Nos dicen que el dólar baja en las pizarras oficiales, amparados en un salvavidas condicionado del FMI, pero sal a la calle y pregúntale al librecambista: sencillamente no hay dólares. La escasez real no se resuelve por decreto ni simulaciones administrativas.
Para colmo de males, la arrogancia planificadora no descansa. El reciente proyecto de Ley de Inversiones presentado por la actual gestión es un monumento al «capitalismo de amigotes». En lugar de reducir impuestos de forma general o liberar el mercado laboral, pretenden instaurar una agencia con una discrecional matriz de 100 puntos, donde un funcionario decidirá, a dedo, qué inversor merece un crédito tributario y quién queda marginado. Como advertía Frédéric Bastiat, el gobierno nos enseña «lo que se ve» —un supuesto fomento—, pero nos oculta «lo que no se ve»: el clientelismo y la inseguridad jurídica estructural que ahuyentan el capital real.
El desbarajuste del gobierno central es tan grande que el propio vicepresidente ha tenido que denunciar penalmente a su ministro de Economía por la subvaluación de un vehículo de alta gama. Esta es la demostración palmaria de que el Estado no es ese ente neutral y benevolente que pregonan los defensores del intervencionismo, sino un nido de disputas de poder y maximización de intereses personales, tal como lo establece la economía política moderna.
Todo parece estar perdido pero ¡no! Porque prevalecen aun las opiniones disidentes de la matriz intervencionista, que viene cocinando las mentes y conciencias de la sociedad Boliviana, pero existen jóvenes que están dispuestos a saltar de la olla antes de resignar sus libertades. Este artículo es un intento de clarificar la confusión de millones de bolivianos que de manera inconsciente confrontan ell libre mercado y las libertades, con el orden y el desarrollo -cuando son los mejores socios para el orden espontáneo-. Y también es un llamado a salir de la atomización del boliviano y de la indiferencia política. Habrá siempre facciones representadas por políticos y dirigentes que buscan enriquecerse ilícitamente del estado, y por eso es necesario renovar los liderazgos. Las libertades políticas son las que reclaman tu participación, para garantizar tu prosperidad, por tanto, es un error si quieres progresar, que eludas la deliberación pública para hacer hacer prevalecer tus proyectos y legítimos derechos naturales.
Innovemos, como sociedad, a través de la tecnología para, por ejemplo, solucionar problemas de aprovisionamiento de carburantes, pero protejámonos también con el buen ejercicio de la política desechando la tibieza del representante tibio que no asume una postura doctrinal, política y económica
Desmitificar la superioridad moral del estatismo y despojarnos de la ilusión coactiva es apenas el comienzo del despertar que necesitamos. La disuasión de esta mentalidad anticapitalista boliviana no se logra en un solo embate. Por ello, este artículo es el primero de una serie en la que desentrañaremos, paso a paso, los mitos que nos anclaron a la pobreza y exploraremos la arquitectura institucional —basada en la libertad y el respeto a la propiedad— que verdaderamente nos sacará de este laberinto macroeconómico.
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