Diplomacia de los pueblos: dos décadas de ignominia

«No había ningún error: la casona de la patria se había convertido, efectivamente, en pista de baile»

En el 3012 de Massachusetts Avenue se levanta una antigua y hermosa casona, hoy descuidada, que alberga la residencia y las oficinas de la Embajada de Bolivia en Washington.

El destino diplomático de aquella señorial residencia fue trágicamente degradado a la condición de salón de fiestas de alquiler.

Hace algunos pocos años, los invitados recibieron una tarjeta dorada que anunciaba que un enlace matrimonial se llevaría a cabo nada menos que en la mismísima residencia oficial boliviana.

Una de las invitadas, sospechando que algo estaba mal, llamó por teléfono para advertir sobre el aparente error. No había ningún error: la casona de la patria se había convertido, efectivamente, en pista de baile.

La “renovación de votos” se transformó aquella noche en una estruendosa verbena andina, a ritmo de salay, donde se desató una auténtica juerga izquierdista.

El 90% de los invitados odiaba a Estados Unidos. El otro 10% simplemente lo detestaba. Pero todos vivían felices disfrutando del dinero de los bolivianos en la capital del “imperio”.

Y es a ejemplos de la vida real como éste a los que me refiero cuando afirmo que el masismo se farreó el dinero de los bolivianos.

Aquella señorial casona, cuya arquitectura padecía los estragos del descuido masista, albergaba a un inquilino eventual que administraba los salones del Estado con la despreocupación de quien habita un alojamiento cualquiera.

Era una residencia aquejada de una bipolaridad térmica solo concebible por el realismo mágico: el aire acondicionado refrigeraba únicamente el ala occidental, mientras la calefacción calentaba únicamente el ala oriental.

Diplomáticos, invitados y parientes se veían obligados a migrar de un extremo al otro en busca de una temperatura soportable, según la estación del año.

El colmo de la decadencia sobrevino después de un fuerte temporal.

Como un presagio de la caída de la propia tiranía política del MAS, los techos de la planta alta cedieron bajo el peso del agua y el abandono.

El seguro indemnizó generosamente el siniestro. Sin embargo, la creatividad del poder de aquel entonces no conoció límites. Prescindiendo de restauradores, se formó una cuadrilla de compadres y allegados. Entre risotadas y jornadas a marchas forzadas, la reparación fue culminada.

Según los muros de la casona, una fracción de la indemnización del seguro cubrió la reparación; el destino del resto quedó envuelto en el mismo clima de opacidad que acompañó aquella improvisación.

No menos jocosa es la historia de aquel personaje que fue designado como representante ante la OEA.

Iracundo. Déspota.

Cuentan los funcionarios que, durante sus reuniones con su equipo, no conversaba: gritaba. No argumentaba: lanzaba disparates y golpeaba la mesa.

Ciertos pasillos lo bautizaron como el “señor de los anillos”, una fina ironía que ya había sido utilizada, años antes, para referirse a otro representante ante la OEA.

¿Por qué tenía tan distinguido apodo? Por la cantidad de esposas y damiselas que tuvo.

Y, hablando de Bolivia ante la OEA, tampoco está claramente identificado quién fue el personaje que decidió alquilar la oficina de Bolivia para su representación ante ese organismo.

Lo cierto es que aquella oficina estaba ubicada en una calle más o menos céntrica de Washington, en un edificio que parecía salido de los libros de García Márquez.

Al ingresar, era imposible no percibir un olor penetrante.

La explicación era sencilla: el edificio albergaba tres comercios de marihuana medicinal cuyos “pacientes”, aquejados de urgencias presuntamente terminales, no aguardaban a llegar a casa y consumían la dosis en las zonas comunes del edificio.

Quien ingresaba a la oficina de la representación boliviana —no por deleite, sino por estricta necesidad— no podía evitar pensar que aquel aroma denso era, paradójicamente, la fragancia que sintetizaba a la perfección la atmósfera del gobierno del MAS.

Comparto estas jocosas historias no como anécdotas aisladas, sino como muestra de un patrón estructural que durante dos décadas degradó las relaciones exteriores de Bolivia y las entregó a la chabacanería, la improvisación y la ineptitud.

Nos convertimos en motivo de vergüenza en numerosos círculos empresariales y diplomáticos.

Proyectábamos la imagen de un país desvergonzado, representado por figuras sin la menor calificación para ejercer las responsabilidades que les habían sido confiadas.

No era un problema de temperamentos. Era una política deliberada de desmantelamiento institucional.

Durante veinte años, salvo un breve período, Bolivia arrastró un bochorno internacional constante.

Diplomáticos de otros países observaban todo aquello primero con incredulidad y, después, con diversión.

“¿Hicieron nuevas cosas estos chicos?”, se preguntaban.

El problema, sin embargo, era mucho más profundo que una sucesión de episodios pintorescos.

Fueron no solo veinte años de ignominia. Fueron dos décadas perdidas.

El MAS desmanteló nuestras relaciones estratégicas y las sometió a poderes inaceptables.

Perdimos soberanía. Perdimos mercados. Perdimos aliados naturales y estratégicos.

El MAS vendió nuestra Patria a cambio de espejos y festejos.

Debilitó la posición internacional de Bolivia, deterioró vínculos fundamentales y convirtió la política exterior en un instrumento de una visión ideológica que terminó aislando al país.

No deseo abundar en este artículo en el análisis de la política exterior de los veinte años del MAS.

Puedo resumirlo en una sola frase: Bolivia vivió extraviada.

Por eso resulta indispensable celebrar que ese ciclo haya llegado a su fin.

Fueron dos décadas de ignominia.

Fueron dos décadas perdidas.

Ahora nos toca mantener la firme esperanza de que Bolivia, bajo el nuevo gobierno del Presidente Rodrigo Paz Pereira, está comenzando, lentamente pero con dirección, a redactar una nueva página de dignidad de la República.

No es una opción. Es una necesidad ineludible.

Una página en la que el ejercicio del poder vuelva a estar acompañado de responsabilidad; en la que la política exterior sea concebida desde un enfoque pragmático, orientado a consolidar alianzas naturales en la región y construir asociaciones estratégicas basadas en desarrollo, prosperidad, innovación y seguridad hemisférica. No un escenario para la improvisación.

Que vuelvan los tiempos en los que representar a Bolivia sea un honor.

Que vuelvan los tiempos en los que una embajada sea una casa de la República y no un salón de fiestas.

Que vuelvan los tiempos en los que nuestra política exterior inspire respeto y no comentarios entre risas en los pasillos diplomáticos.

Dos décadas de ignominia deben bastar.

Nunca más MAS. Nunca más vergüenza.

  • Erick Foronda 
  • Comunicador político. Ex encargado de Prensa Embajada EEUU
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