«Pero el fútbol no es solo escenario de conflicto; también ha funcionado como herramienta de paz»
Por: María de los Ángeles Bejarano Céspedes
Quiero empezar con una aclaración honesta: no pretendo convencer a nadie de que el fútbol es lo mejor, ni de que sea la pasión más noble de nuestras vidas. Lo que quiero es proponerlo como un fenómeno social que vale la pena mirar con atención, porque nos permite leer emociones, identidades y tensiones que rara vez aparecen en los libros, en las leyes o en las estadísticas.
El fútbol, nos guste o no, se ha convertido en uno de los grandes espejos en los que se mira el mundo y en una de las vitrinas con las que los países se muestran hacia afuera. No se trata solo de goles y campeonatos, sino de orgullo nacional, conflicto, pertenencia y, también, manipulación.
Esta idea nació para mí en una escena aparentemente simple. Hace algunos años, mientras estudiaba en Italia, me presenté ante un grupo de compañeros de diversos países. Cuando dije que era de Bolivia, uno de ellos no preguntó por nuestra economía, ni por nuestra biodiversidad, ni por nuestra historia política. En lugar de eso, lanzó otra pregunta: “¿Cuál es el club de fútbol más representativo de tu país?”. Y, casi sin esperar respuesta, él mismo mencionó el nombre de un club que prefiero no citar aquí para no causar controversia.
Desde ese día me empecé a preguntar si el fútbol es una de las principales vitrinas con las que un país se muestra al mundo. ¿Qué imagen de Bolivia circula a través del fútbol? ¿Hasta qué punto un club, un jugador o una selección terminan siendo la primera referencia que otros tienen de nosotros?
Podemos ser abogados, economistas, ingenieros, académicos o estudiantes; podemos trabajar con datos, normas y teorías, pero seguimos siendo seres humanos atravesados por pasiones. El fútbol ha sido llamado muchas veces “el opio del pueblo”. Más allá de estar de acuerdo o no, es innegable que tiene una capacidad extraordinaria para despertar emociones profundas: orgullo, rabia, esperanza, frustración, sentido de pertenencia. Por muy racionales que nos creamos, basta un gol en el minuto 90 para que se nos caigan las máscaras de objetividad y aflore algo más visceral y auténtico.
George Orwell definió el fútbol como una especie de “guerra sin armas”. Si miramos partidos cargados de banderas, himnos y rivalidades, no estamos tan lejos del lenguaje de la guerra: el fútbol se convierte en un campo donde se ensayan conflictos que existen mucho antes del pitazo inicial. Honduras y El Salvador lo vivieron en 1969 con la llamada “Guerra del Fútbol”: un partido decisivo por la clasificación al Mundial se convirtió en detonante de un conflicto armado que dejó miles de muertos y desplazados. El resultado no fue la única causa, pero sí el chispazo que encendió tensiones acumuladas.
Pero el fútbol no es solo escenario de conflicto; también ha funcionado como herramienta de paz. Durante la Primera Guerra Mundial se dieron treguas espontáneas en Navidad donde soldados de bandos opuestos jugaron partidos improvisados. Décadas después, en Costa de Marfil, la voz de Didier Drogba tras la clasificación al Mundial de 2006 se convirtió en un llamado público al alto al fuego. “Dejen las armas y organicen elecciones libres”, pidió en televisión nacional. Ese gesto simbólico abrió una ventana para el diálogo político.
Organismos internacionales y gobiernos han intentado aprovechar esta fuerza. Proyectos comunitarios en América Latina han usado el fútbol con niños y jóvenes de zonas violentas para enseñar resolución pacífica de conflictos, empatía y control emocional. En varios lugares se ha observado cómo, cuando se crean espacios seguros para jugar, las estadísticas de violencia bajan y la conversación cambia.
El fútbol también permite tomar la temperatura económica del mundo. Diversos análisis muestran que los países clasificados al Mundial concentran una gran parte de la riqueza global medida en paridad de poder adquisitivo. Sin embargo, entre ellos aparecen solo unos pocos países de ingreso bajo, con niveles de PIB per cápita muy inferiores a los de las potencias económicas, que aun así logran llegar a la máxima cita del fútbol. Es un recordatorio de que la precariedad económica no impide necesariamente construir una tradición deportiva.
La paradoja se hace más evidente cuando miramos la parte alta de la tabla: varios de los países con mayor PIB per cápita nunca han levantado la Copa del Mundo, mientras que muchas de las selecciones históricamente campeonas pertenecen a economías que no ocupan la cima del ranking de riqueza. La conclusión es incómoda para quienes creen que el dinero lo compra todo: en el fútbol, la correlación entre riqueza nacional y éxito es sorprendentemente débil. Lo que parece pesar más es algo que no se mide solo en dólares: la cultura futbolística, la infraestructura para formar jugadores y la tradición competitiva.
Hay países que han hecho del fútbol un proyecto de largo plazo, casi un asunto de Estado. Japón se ha planteado que, en unas décadas, su selección pelee seriamente por el título mundial, e invierte de forma paciente en entrenadores, ligas juveniles y exportación de talentos. Qatar ha utilizado la organización del Mundial y la compra de clubes europeos como plataforma de imagen y poder blando. China ensayó un camino similar, con inversiones gigantescas en su liga, pero se topó con un problema que el dinero no resolvió: la corrupción y las apuestas ilegales que minaron el proyecto. La cancha no refleja simplemente quién tiene más riqueza acumulada, sino quién ha sabido convertir esa riqueza —o aun su falta— en cultura deportiva, organización y proyecto colectivo.
Todo esto nos devuelve a una idea central: el fútbol no es solo pasión. Es un lenguaje político, económico y cultural que, a veces, contribuye a cambiar el rumbo de un país. Un partido puede ser preludio de una guerra o inicio de un alto al fuego; un gol puede convertirse en llamado a la paz; una liga profesional puede mover empleo, inversión y turismo; una selección puede elevar o golpear el ánimo de toda una sociedad.
Por eso, cuando pensamos en Bolivia, el deseo de ver a nuestra selección de nuevo en un Mundial no debería quedarse en un sueño deportivo. Debería ser también un símbolo de algo más profundo: de un país más justo, más dialogante; de una sociedad capaz de discutir con la misma intensidad con la que celebra un gol, pero con más respeto y más conciencia. Que el próximo Mundial de Bolivia no sea solo un logro futbolístico, sino la evidencia de que aprendimos a jugar bien también fuera de la cancha.
- María de los Ángeles Bejarano Céspedes
- Ingeniera Ambiental y Miembro de Generación Bicentenario
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