«…su estrategia no contempla el diálogo sino simplemente la aniquilación de quien osé cuestionar su lógica»
Diario de un forastero, las calles están colmatadas de pobres diablos, la violencia de sus palabras y ademanes de salvajismo solo alejan a las demás almas perdidas que se esconden en la oscuridad de las frías calles de una ciudad fantasma.
Veo figuras cubiertas de un ropaje rojizo, paso lado a lado hasta encontrarme completamente rodeado por ellos, el tufo a alcohol que se siente en el aire es nada comparado con el espíritu de seguridad que la impunidad propia del crimen, la corrupción y la ignorancia a niveles extremos.
Recibo insultos de las interminables filas de oficiales del caos. Su número hace imposible sentir empatía por ellos, eso y que lanzaban piedras a una ambulancia que deseaba atravesar la vía que ellos ocupaban.
Se alimentaban del miedo ajeno y este a su vez los arengaba a continuar generando más caos. Leí en los periódicos que los ciudadanos les decían vándalos en un intento por deshumanizarlos y canalizar su odio para, poco a poco, posicionar la idea de que la única solución pasaba por su exterminio.
¡Ja!, por lo que veo no existe otro escenario que no involucre un derramamiento de sangre. Trato de ver a través de la masa de cuerpos quién o quiénes mueven los hilos de esta macabra puesta en escena.
Me sorprende constatar que detrás de todo esto hay un cúmulo de mentes fusionados en una «súper mente», cuya voz maneja un solo mensaje que resuena en las gargantas de sus emponchados soldados rasos.
El comportamiento de colmena es estricto, incluso casi armonioso. Con el tiempo parecen haber inhibido su pensamiento crítico para adoptar una glándula que los mantiene ordenados, no solo en sus posiciones de guardia y ataque sino también a la hora de emitir sonidos frente a sus enemigos.
Reconocen amenazas en aquellos que no emiten sonidos similares a los suyos. Los atacan por instinto, la súper mente no admite piedad contra los invasores, forasteros como yo, que no entendemos la melodía en sus desordenadas ideas se constituyen en un peligro para su colmena.
Veo con reparo y sorpresa alejados en la vereda del frente a otros seres parecidos, pero aislados del pueblo verdadero. ¿Acaso habrán mantenido su pensamiento crítico por azares de la evolución y supervivencia y esto los llevó a ser aislados del resto? Vaya toda esta travesía me ha afectado, prefiero continuar adentrándome en lo profundo de su ciudad.
Algunos piensan que desarrollar una vacuna ante este mal virulento es una quimera propia del mago Merlín pero me terminó de convencer al hablar con un joven del lugar.
El muy amablemente me explica que no comparte la violencia que ejercen los emponchados miembros de su colmena. Se hacen llamar el Pueblo de Verdad, su estrategia no contempla el diálogo sino simplemente la aniquilación de quien osé cuestionar su lógica retorcida.
La súper mente ordena atacar las líneas de aprovisionamiento de la urbe anterior, su primer embate es asfixiar de alimento a su enemigo. La desesperación del enemigo lo lleva a tomar decisiones desesperadas y es en este escenario que la violencia se apodera de todos, este es el hábitat ideal donde los soldados se mueven para atacar y retroceder, atacar y retroceder una y otra vez hasta desorientar el bando de enfrente.
El caos moldeó a estos sujetos, su temple se percibe en sus ojos negros, profundos, el prejuicio los blinda ante cualquier tipo de sensibilidades, no respetan enfermos, niños, mujeres o heridos en la batalla. La súper mente hizo que el pensamiento de colmena apagará su humanidad y la revistiera de justicia social, superioridad moral.
Prefiero recular en mi larga caminata, la noche me alcanza y estoy en terreno que no es el mío. ¡Vaya!, creo que todo suelo que piso es tierra ajena y eso me termina de convencer de que permanecer más tiempo ahí puede costarme la vida.
Como señal de victoria, unos soldados lanzan una última amenaza: «Fuera k’ara, no eres bienvenido nosotros somos los dueños de todo lo que ves y no ves, porque así como tranzamos alimentos con los de tu clase, podemos decidir no hacerlo más y ver como lentamente se desvanecen. No lo olvides, croata, jamás serás como nosotros, eres en toda la extensión de la palabra un forastero».
Miro por última vez a mis verdugos con algo de lástima más que enojo o indignación. Me pregunto qué hará la súper mente cuando su visión se haya consumado. Expulsar a los forasteros es el principio de su extinción irremediable, porque ese Pueblo de Verdad parece pensar en la victoria inmediata sin medir las consecuencias que esta acarrea: el canibalismo interno, la ley del más fuerte en un cuadro dantesco, donde la súper mente será consumida por los mismos que domina coyunturalmente.
Diario de un forastero: este día cierra en la más profunda oscuridad, me pierdo en la marea de gente haciendo colas por una ración de alimento. Un día a la vez, un día a la vez, con mis pares k’aras.
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