¿Por qué el gobierno se conforma con el Avelino Siñani?

«Cuando la educación se sobrecarga de contenido simbólico y reduce el espacio del rigor académico, el resultado es una inteligencia debilitada»

Cuando el Estado no puede organizar la realidad, organiza la conciencia; y eso lo llama educación.

Esta frase no es una provocación, sino la clave para comprender el sentido profundo de la actual política educativa en Bolivia. Allí donde la capacidad de ordenar lo económico, lo institucional y lo social se debilita, emerge con mayor fuerza la necesidad de ordenar el pensamiento. La educación deja entonces de ser formación del intelecto para convertirse en administración del sentido.

La Ley Avelino Siñani–Elizardo Pérez debe leerse en este contexto. No como una simple reforma pedagógica, sino como un dispositivo que permite al Estado ocupar el lugar de definidor de la realidad simbólica. Bajo el lenguaje de la descolonización, la interculturalidad y la liberación, se construye un marco interpretativo que antecede al propio acto de aprender. El estudiante no se enfrenta al mundo para comprenderlo, sino que se le entrega previamente la forma en que debe interpretarlo.

Se dirá que toda educación implica orientación. Es cierto. Pero hay una diferencia esencial entre orientar el pensamiento y sustituirlo. En el primer caso, se ofrecen herramientas; en el segundo, se imponen conclusiones. Y es aquí donde la educación boliviana revela su problema central: no enseña a pensar, sino que enseña qué debe pensarse. Así, la escuela abandona su tarea más difícil —la formación de la inteligencia— y se refugia en la repetición de significados.

La mezcla entre la pedagogía crítica inspirada en Paulo Freire y el discurso indigenista contemporáneo intensifica esta deriva. Se promete al estudiante una conciencia liberadora, pero dicha conciencia ya está estructurada de antemano. Se le invita a cuestionar, pero dentro de un horizonte previamente delimitado. De este modo, la crítica se transforma en ritual, y la liberación en un nuevo modo de conformidad.

Lo que resulta más inquietante no es el contenido de estos discursos, sino su función. En un contexto donde el Estado enfrenta límites evidentes para transformar las condiciones materiales de la sociedad, la producción de sentido adquiere un valor estratégico. Definir la identidad, nombrar la historia, establecer las categorías desde las cuales se percibe el mundo: he ahí un poder más silencioso y, quizá, más eficaz. No se gobierna solo a través de instituciones, sino también a través de interpretaciones.

Pero toda sustitución tiene consecuencias. Cuando la educación se sobrecarga de contenido simbólico y reduce el espacio del rigor académico, el resultado es una inteligencia debilitada. La lógica, la ciencia, la precisión conceptual —esas formas exigentes del pensamiento— ceden su lugar a un lenguaje amplio, afirmativo, pero poco problematizador. El estudiante puede aprender a reconocer los signos de un discurso, pero no necesariamente a construir uno propio.

En este punto, la pregunta inicial adquiere toda su fuerza: ¿por qué el gobierno se conforma? Porque este modelo cumple una función. Permite organizar la conciencia allí donde no se logra organizar plenamente la realidad. Permite producir cohesión simbólica sin resolver las tensiones estructurales. Permite, en suma, gobernar sin transformar.

Sin embargo, una sociedad que renuncia a la formación rigurosa de sus miembros compromete su propio porvenir. No hay identidad que se sostenga sin inteligencia, ni cultura que perdure sin pensamiento crítico real. La verdadera descolonización —si ha de tener sentido— no puede consistir en sustituir un conjunto de categorías por otro, sino en devolver al sujeto la capacidad de pensar por sí mismo.

La cuestión, entonces, no es simplemente pedagógica. Es profundamente política y filosófica. Mientras la educación siga siendo utilizada como un instrumento para organizar la conciencia, el país permanecerá atrapado en un círculo donde las palabras reemplazan a las ideas y las identidades sustituyen al pensamiento.

Y allí donde esto ocurre, la educación ya no forma: administra.

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