Eurasia: el plan geopolítico de Rusia y China para un Nuevo Orden Mundial

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La verdadera causa de la incursión de Vladímir Putin en Ucrania no es, no puede ser, como suponen superficialmente algunos, los ímpetus anexionistas del gobernante ruso para recuperar lo que considera históricamente como parte de su tierra natal.

Y esto pese a que Kiev, hoy capital de Ucrania, alguna vez fue la cuna de la misma Rusia. Esto, claro, no justifica de ninguna manera el asesinato de civiles, ni una invasión a un país independiente (aunque bajo el dominio de las élites globalistas y su denigrante progresismo).

Pero Putin es un ajedrecista con reconocida fama de calcular las siguientes 15 jugadas en una partida, antes de mover una ficha. Este ha sido su comportamiento a lo largo de décadas que lleva en el poder. No podría estar arriesgando todo por nada, ya que por supuesto, si “pierde” esta guerra asimétrica, su cabeza sería la primera en rodar, perdiendo aceptación entre los rusos.

Entonces, ¿cuál sería la verdadera razón para invadir Ucrania? Una de las narrativas de Rusia ha sido que no puede permitir que Ucrania se sume a la Unión Europea, o que se integre como miembro de la OTAN. Porque esto equivaldría a que podrían ser colocados misiles apuntando a Moscú a sólo unos pasos de su frontera, en el territorio que hoy defiende Zelenski, quien en realidad es un títere globalista, progresista. No hay que creer la propaganda que lo pinta como héroe. No lo es.

Aunque eso es importante, claro, tampoco es la razón principal. La geopolítica para Rusia ha de entenderse como el control de su propio territorio pero también de sus vastas zonas de influencia, que no sólo incluyen a Ucrania. Tenía razón Putin cuando con ironía preguntó cuál sería la reacción de Estados Unidos si Rusia pusiera misiles apuntándole desde México.

El fondo aquí es el proyecto contemporáneo de Eurasia. Que promueve la unión de todos los pueblos de habla rusa, y además un gran bloque geopoítico con China —sobre todo— y otros aliados orientales.

También el proyecto de Eurasia justo habla de la unificación de Rusia con estados europeos y aliados de Medio Oriente, en especial con Irán, que —no parece casualmente—, ha disparado misiles recientemente para destruir un consulado de Estados Unidos en Irak.

El proyecto original de Eurasia surgió como respuesta a la revolución rusa de 1917, rechazando el socialismo y el ateísmo y buscando un nuevo sistema cimentado en la autoridad de la religión, pero con visión crítica del eurocentrismo.

Nikolái Danilevski y Konstantín Leóntiev fueron los principales teóricos del eurasianismo que en el presente ha reelaborado Alexander Dugin, políglota autodidacta, uno de los intelectuales cercanos al Kremlin en los que se estaría basando filosófica y geoestratégicamente Vladimir Putin.

En su libro Proyecto Eurasia, Alexander Dugin escribe:

  • “A nivel cultural, el objetivo principal del Proyecto Eurasianista de Rusia es la afirmación de un modelo pluralista, diferenciado, a múltiples niveles, y alternativo respecto a esquemas de unificación unidimensional ofrecidos por los partidarios del globalismo bajo la influencia de Occidente. La uniformidad de la sociedad de consumo, formada bajo la impronta americana y fundada sobre el individualismo, fluye de forma inevitable hacia el desarraigo de una amplia variedad de elementos culturales, sociales, religiosos y étnicos. Rusia debe proclamar a escala mundial su propia misión de garante de la floreciente complejidad, como centinela de las relaciones entre las naturales y variados conjuntos humanos civilizados. La afirmación y conservación de esta variedad histórica de la vida cultural de los pueblos y de los Estados, como el fin supremo del Proyecto Eurasianista, de Rusia y a nivel de civilización”.

En síntesis, se opone al globalismo, al progresismo, al socialismo, como al liberalismo, al imperialismo norteamericano, y a la imposición de valores occidentales por encima de otros valores regionales. Sin embargo, lo que hoy vemos en la realpolitik, no es exactamente lo planteado por Dugin, sino acaso un esquema de una envergadura mayor.

Resulta obvio que Putin y sus asesores pudieron calcular con mucho tiempo de anticipación las consecuencias que generaría la invasión a Ucrania, entre las que destacan, por supuesto, las sanciones financieras, que buscan aislar a Rusia de Occidente, en especial excluyéndolo del SWIFT, el sistema de intercambios bancarios a partir de una economía dolarizada.

Si leemos a fondo entre líneas, todo indica que justamente esta guerra financiera de Estados Unidos contra Rusia, serviría colateralmente como base para iniciar la consolidación de una órbita financiera alterna a la occidental, a partir del “Sistema de pagos interbancario internacional de China” —el CIPS—. Varios bancos rusos se sumaron al CIPS desde 2019, según confirmó Vladímir Shapoválov, del Banco de Rusia.

Toda transacción que no implique dólares, no requiere del SWIFT. Pero “desdolarizar” la economía mundial y restarle poder a la moneda más fuerte del mundo, no es cosa de un día. Sin embargo, observamos cómo Putin podría aprovechar estructuralmente las sanciones del mundo anglosajón para pavimentar el nuevo bloque geopolítico que ya se da de facto entre Rusia, China y sus aliados.

La clave es las ventajas que “Eurasia” ofrecería a las empresas occidentales para “desdolarizarse” y entrar en el sistema CIPS. Con toda seguridad, habría estímulos y formidables exenciones de impuestos, de manera que se generaría una migración financiera de Occidente a Eurasia —y aquí entran en juego los yuanes digitales— con lo que la dominancia actual de Estados Unidos quedaría aún más mermada ante el bloque Rusia-China. Además, las sanciones a Rusia también golpean a Occidente e impiden el regreso de dineros estancados en la tierra del Oso.

De hecho, Putin, el ajedrecista, lleva años “desdolarizando” su economía, acaso previendo las sanciones que hoy se ciernen ante su país por la invasión.

Pese a que la economía completa de Rusia equivale a la del estado de Texas, no hay que subestimar a este país cuando juega de mancuerna nada menos que con el Dragón Rojo, la nueva hegemonía mundial en el renglón económico.

Como sea, Rusia ya es, por ahora, el segundo productor de petróleo del mundo, sólo por atrás de Estados Unidos, con una producción de 10.27 millones de barriles al día. Cuenta con un arsenal nuclear que hace palidecer a cualquiera, y que es el segundo también, detrás del norteamericano: Rusia tiene 6,375 ojivas. En cuanto a su inversión en defensa nacional, se coloca en el cuarto sitio a nivel mundial, con 66,840 millones de dólares en 2020, cifra que se ha venido incrementando año con año.

Varios países de América Latina jugarían del lado de Eurasia. De hecho, ya lo hacen

La Argentina de Alberto Fernández es un gran ejemplo de cómo los gobernantes de izquierda le encuentran ventajas a entregarse a China, suscribiéndose a la Nueva Ruta de la Seda, a cambio, en su caso, de 20 mil millones de dólares, para construir infraestructura y reactivar un poco la deprimida economía de su país, para conseguir votos para su reelección en 2023.

Eurasia será el abrigo de muchos tiranos en nuestra Hispanoamérica. Ya desde ahora Cuba y Venezuela han mostrado su respaldo a Putin. Alberto Fernández le dijo al líder ruso en su visita a Moscú que Argentina sería la puerta de entrada de Rusia a nuestro continente.

Gabriel Boric, presidente de Chile, no tardará en nacionalizar totalmente el litio y entregárselo a China a cambio de millones de dólares para infraestructura, siguiendo el esquema de Alberto Fernández. Pero lo principal para los tiranos socialistas hispanoamericanos es que China y Rusia les faciliten las condiciones geopolíticas para que se perpetúen en el poder. Eso sería garantizado por Eurasia.

Estados Unidos, en tanto, está en uno de sus momentos de mayor debilidad histórica, con un presidente con problemas cognoscitivos, inflación alta, caos migratorio, restricciones sanitarias que golpean la economía, y rendido a una agenda globalista de los supremacismos feminista, negro y LGBT.

Intentando recuperar su zona de influencia geoestratégica, Estados Unidos ha tenido acercamientos con Venezuela, para comprarle petróleo, siendo que este país y su sátrapa, Nicolás Maduro, justo es una ficha del otro bloque, de Rusia-China.

Las derechas continentales se han indignado ante esto, teniendo sus esperanzas en que, antes bien, Biden haría algo contra la dictadura de Maduro. Pero no. La alineación de las izquierdas continentales va viento en popa. Y esto, de la mano de la ONU, que recién entregó cartas credenciales a Maduro como “gobernante legítimo”, cosa que celebró Samuel Moncada, embajador de Venezuela ante esa institución mundial.

Senadores de Estados Unidos se opusieron a que Biden compre petróleo a Maduro. Marco Rubio alzó la voz. El barril está oscilando entre 100 y 150 dólares. No hay ninguna justificación para que el país de las barras y las estrellas empodere económicamente a la tiranía socialista venezolana al comprarle acaso hasta 500 mil barriles del combustible, cuando hay 13 países que le venden actualmente petróleo, en mayor proporción que la que le vende Venezuela.

Canadá le vendió en 2019 a Estados Unidos 1.613.262 barriles. Luego sigue México, con 237.401 barriles. Después viene Saudí Arabia, Rusia, Colombia, Iraq, Ecuador, Nigeria, Brasil, Reino Unido, Corea del Sur, los Países Bajos, la India y al final viene Venezuela, con sólo 33.591 barriles ese año.

México le podría vender a Estados Unidos lo necesario para compensar lo faltante, a causa de la guerra de Rusia. En 2015 le vendió 276.595 barriles; en 2016. 244.895 barriles, en 2017. 249.060 barriles, y en 2018.262.613 barriles.

Así las cosas, la mesa está puesta para una reconfiguración geopolítica mundial, en la que Eurasia será, o bien el nuevo bloque dominante, o al menos un potente contrapeso para Estados Unidos y la OTAN. La clave está en el dinero: la fuga de capitales occidentales a Eurasia, que se convertirá en un paraíso fiscal, y nadie podrá impedirlo.

RAÚL TORTOLERO VÍA PANAM POST