El hambre hace estragos y el mundo no se mueve

RODOLFO FAGGIONI

En el mundo se continúa a morir de hambre. Cada año pierden la vida por falta de alimentos casi 6 millones de niños. La causa directa de este exterminio no es en realidad la falta de alimentos, sino las enfermedades que se contraen fácilmente porque el sistema inmunitario es muy débil por falta de alimentación. Cuando el plato está vacío las probabilidades de contraer una infección son dobles y la malnutrición es responsable del 45% de las muertes por sarampión y del 60% por disintería. Solamente la falta de vitamina A es responsable, cada año, de la muerte de un millón y medio de niños. Una tragedia frente a la cual el mundo hace muy poco: “No ha respetado los compromisos hechos años atrás » ha afirmado el Director General de la FAO  presentando su relación sobre el estado de la falta de alimentación en el mundo.

Hoy son 900 los millones de personas que pasan hambre en los países subdesarrollados, 28 en los países en transición y 9 en los países desarrollados o industrializados. No obstante la lucha al hambre haya sido el objetivo principal del Milenio, el compromiso número uno establecido en la Cumbre Mundial de la Alimentación del 1996: de mediar entro el año 2030 el número de las personas que en 1990 morían por falta de alimentos, es decir llegar a 400 millones. Mientras la fecha del 2030 se acerca, el objetivo se aleja. Considerando que a causa del aumento de la población, (8 mil millones en la actualidad) para mantener fe a la promesa hecha, sería necesario reducir de dos tercios y no de la mitad el número de las personas que no tienen acceso a uno de los derechos fundamentales de la humanidad: la alimentación.

Es necesario, por lo tanto, que los esfuerzos sean duplicados. Si los países en desarrollo continúan en la lucha al hambre a la velocidad actual, solo América Latina y el Caribe tendrán la posibilidad de llegar a los objetivos del Milenio. Una esperanza pero existe: dar prioridad a las áreas rurales y a la agricultura. El 75% de seres humanos que padecen por falta de alimentos están concentrados en las zonas rurales, la mayoría son niños analfabetos que no han ido nunca a un instituto de enseñanza y las tres quintas partes de ellos son mujeres que viven en condiciones de pobreza absoluta. Esos grupos se ven acosados por la falta constante de alimentos y sobre ellos pende la amenaza de las hambrunas cada vez que se produce una sequía u otra calamidad natural generalizada. El hambre no es obviamente el único problema existente en el ámbito internacional. Pero en términos humanos es tal vez el de mayores proporciones, representando un temible desafío para las esperanzas de poder iniciar un nuevo periodo de expansión económica y trasnformación democrática.

Las poblaciones ricas no padecen ciertamente hambre. Este problema consiste básicamente en la incapacidad de un elevado número de personas pobres –en mayor parte de los países en desarrollo- para lograr acceso a una alimentación suficiente. La cuestión que se plantea es la de cómo poder ampliar ese acceso y hacerlo al mismo tempo más seguro.

Para algunos el desafío radica en incrementar el suministro global de alimentos, mientras que, para otros, en lograr una expansión económica general. Pero estos tipos de desarrollo macroeconómico son de difícil consecución. La expansión general del empleo y el incremento de los suministros globales de alimentos entrañan en sí buenos objetivos, pero son instrumentos poco incisivos –y sobre todo- lentos para afrontar el problema concreto del hambre.

Suele ocurrir que los recursos asignados al desarrollo general en el plano agrícola o rural no llegan realmente al pobre y al hambriento. El apoyo amplio que se ha brindado a los proyectos de desarrollo agrícola con frecuencia sólo ha logrado un impacto decepcionante en el problema del hambre, puesto que los grupos pobres y hambrientos han permanecido en una situación de escaso acceso a la tierra, al crédito, a la capacitación y a la tecnología. Existe asimismo el riesgo de que se produzcan efectos adversos sobre los pobres durante los periodos de transición que deben recorrer los programas de ajuste. Es preciso cerciorarse de que los pobres no se vean ulteriormente desfavorecidos por determinados aspectos del proceso de reforma.

En la lucha contra el hambre, es menester, por tanto, adoptar un enfoque de carácter más directo. Ahora bien, el tratamiento de la cuestión del hambre como un tema de asistencia social es sencillamente inviable desde el punto de vista financiero para la mayoría de los países en desarrollo. La única respuesta sostenible al problema del hambre, en su condición de fenómeno masivo, es poner al pequeño agricultor, al campesino desprovisto de tierra y a la mujer rural pobre en condiciones de mejorar su capacidad productiva y de generación de ingresos.

El dotar a los pobres de los recursos necesarios para librarlos del hambre no sólo tiene una repercusión directa en este problema, sino que también contribuye al crecimiento nacional incrementando el suministro de alimentos y de otros productos agrícolas y ampliando al propio tiempo el mercado para las manufacturas. Pero dado que los recursos son escasos, para lograr el máximo impacto en el hambre hay que asegurarse que el apoyo se oriente hacia un beneficiario explícito y esté dedicado debidamente focalizado en los que pasan hambre, reduciendo al mínimo las “filtraciones” hacia otros grupos más acomodados.

RODOLFO FAGGIONI
Periodista y Corresponsal en Italia. Miembro efectivo de Prensa Internacional
*NdE: Los textos reproducidos en este espacio de opinión son de absoluta responsabilidad de sus autores y no comprometen la línea editorial Liberal y Conservadora de VISOR21