IGNACIO VERA DE RADA

Desde el último cuarto del siglo pasado, existe una tendencia muy fuerte que propende a la exaltación de lo indígena-marginado-campesino, exaltación que la mayoría de las veces peca de irracional. Un ejemplo clarísimo es el entusiasmo que despiertan las figuras izquierdistas u originarias —más si ya murieron—.

Un ejemplo en Bolivia es la pleitesía que se le tributa a la memoria de Felipe Quispe, alias el Mallku. Lo peligroso es que esa exaltación no se difunde solo en colectivos o masas irracionales, sino también en cenáculos académicos y entre algunos escritores e intelectuales, quienes escriben y hablan reverentemente y con notable habilidad retórica sobre las glorias pasadas, pero nunca sobre las sombras de tales personajes ni sobre el futuro que tales formas de pensar pueden cosechar.

El caso del Mallku me parece ideal para analizar este asunto. Felipe Quispe fue un radical en muchos sentidos, pues habló de guerra de razas y alguna vez trató de volar torres eléctricas de alta tensión, gracias a Dios sin éxito. Sin embargo, de él se recuerdan románticamente sus frases a favor del indio explotado, pero no su odio hacia los que él mismo denominaba como “blancos”. Nunca me interesaron sus libros, pero los pocos textos que leí de él están plagados de falacias históricas y sociológicas. Las simplificaciones se derraman a granel y los juicios irracionales abundan. Ciertamente esos libros no sirven para comprender científicamente la sociedad ni la política bolivianas, pero sí, al menos para mí, para hacer un examen crítico de la mentalidad conservadora e intolerante de quien los escribió.

En las elecciones para gobernador, los partidos políticos de oposición al MAS y el electorado opositor en general, ya que el Mallku había muerto hacía poco tiempo, se decantaron por su vástago, Santos Quispe. Además, éste reclamó rabiosamente la candidatura puesto a que, según su razonamiento, no se podía traicionar la memoria de su padre eligiendo a otro candidato. Nótese que esa actitud denota una estructura mental ultraconservadora, porque cree que los cargos políticos deben descender en el linaje por sucesión hereditaria, como en el incario. Y la otra actitud, la del electorado que lo votó pensando que aquél era un mal menos malo que el MAS, sencillamente denota ingenuidad.

Lo cierto es que, según lo que muestran los hechos, el hijo del Mallku no tiene la menor aptitud ni política ni técnica para el puesto en el que está y por el que cobra mensualmente más de 20 mil bolivianos. Es más, en los últimos días se lo vio tan borrachito en su oficina que no podía articular una oración fluida cuando una reportera televisiva se le acercó para preguntarle por qué había tantas latas de cerveza en su despacho. Si Felipe Quispe hubiese sido en la Gobernación una amenaza para los “blancos” (en su propuesta incluso se abrigaba la posibilidad de crear una universidad exclusivamente para indios), su hijo es sencillamente un cero a la izquierda. Pero, además, beodo.

Ahora bien, hay en la obra historiográfica de Alcides Arguedas, en repetidos pasajes, sucesos relacionados con borrachines, copas de alcohol, mancebas y oficinas del Estado. El del hijo del Mallku no es ninguna novedad: es solamente uno más de la larga saga. Eso explica en gran medida el atraso en el que se halla este pobre país sin educación, salud ni justicia. Y es por esto que yo siempre saqué cara por el escritor, historiador y crítico paceño autor de Pueblo enfermo, tan vilipendiado por la crítica oficial y la academia, quien, obviamente con un tono de amargura y despecho, desnudó incisivamente a la sociedad boliviana.

Al hijo del Mallku hay que soportarlo unos pocos años más. En cambio, a la forma laudatoria e irracional de ver la memoria del Felipe Quispe, alias el Mallku, hay que tolerarla todavía un buen tiempo, pues las idiosincrasias y las mentalidades colectivas no se las transforma de la noche a la mañana. Cambiarlas para bien es una de las tareas más lentas y más arduas que existen.

IGNACIO VERA DE RADA 

Politólogo y docente universitario

*NdE: Los textos reproducidos en este espacio de opinión son de absoluta responsabilidad de sus autores y no comprometen la línea editorial Liberal y Conservadora de Visor21.