Bolivia es un país que discute mucho y lee poco. Esa afirmación, incómoda pero necesaria, explica buena parte de nuestras fracturas políticas y de nuestras carencias educativas. En un territorio donde la palabra ha sido históricamente un arma —para resistir, para reclamar, para nombrar la injusticia—, resulta paradójico que la lectura y la literatura ocupen hoy un lugar marginal en la formación política y cívica. La política boliviana ha aprendido a gritar, pero ha olvidado leer.
No se trata de un problema menor ni meramente cultural. La literatura es una forma de educación profunda: enseña a comprender al otro, a reconocer matices, a convivir con la complejidad. Una política que desprecia la lectura se vuelve binaria, agresiva y simplista. Cuando los dirigentes no leen, gobiernan desde consignas; cuando el sistema educativo no forma lectores críticos, produce ciudadanos vulnerables al discurso fácil y al dogma.
Bolivia ha tenido una tradición literaria poderosa, profundamente ligada a la reflexión política y social. Desde la denuncia, la memoria histórica y la pregunta por la identidad, nuestros escritores han intentado pensar el país cuando la política ha sido incapaz de hacerlo. Sin embargo, esa tradición rara vez dialoga con el poder. La literatura observa, advierte y cuestiona; la política, en cambio, suele ignorarla o instrumentalizarla cuando conviene.
La educación es el punto de quiebre. En Bolivia se habla constantemente de reformas educativas, pero pocas veces se discute seriamente qué tipo de ciudadano se quiere formar. Se enseña a memorizar, pero no a interpretar; a repetir, pero no a pensar. La literatura queda reducida a un contenido escolar obligatorio, despojada de su capacidad crítica y transformadora. Así, la escuela forma técnicos del examen, no lectores del mundo.
La política boliviana, por su parte, ha construido una relación utilitaria con la educación. Se la invoca como promesa, pero se la descuida como política pública. Se habla de descolonización, de identidad y de cambio, pero no se invierte con seriedad en lectura, escritura y pensamiento crítico. Sin educación sólida, la democracia se vacía; sin literatura, la política pierde humanidad.
Cuando un país deja de leer, pierde también la capacidad de imaginar futuro. La literatura no ofrece soluciones inmediatas, pero sí preguntas incómodas. Y toda política que rehúye las preguntas termina gobernando desde el miedo o la imposición. Bolivia necesita una política que lea: que lea su historia sin mitificaciones, que lea su presente sin autoengaños y que lea su futuro con responsabilidad.
La crisis educativa boliviana no se mide solo en infraestructura o salarios, sino en la pobreza simbólica que produce. Un estudiante que no lee difícilmente podrá cuestionar al poder. Un ciudadano sin herramientas críticas es más fácil de manipular. Por eso, la lectura no es neutra: es profundamente política.
Reconciliar política, literatura y educación no es un lujo intelectual; es una urgencia democrática. Bolivia necesita menos discursos inflamados y más pensamiento escrito; menos propaganda y más reflexión; menos consignas y más libros abiertos. La palabra, cuando se piensa, ordena. Cuando se ignora, se degrada.
Tal vez el problema no sea que la política boliviana carezca de ideas, sino que ha dejado de leerlas. Y quizá el primer acto verdaderamente revolucionario hoy no sea tomar el poder, sino devolver a la educación y a la literatura el lugar que les corresponde: el de formar ciudadanos capaces de pensar antes de obedecer.
- SERGIO PÉREZ PAREDES
- Historiador, periodista, escritor y docente universitario
- *NdE: Los textos reproducidos en este espacio de opinión son de absoluta responsabilidad de sus autores y no comprometen la línea editorial Liberal y Conservadora de VISOR21


