Jugando a ser Dios. Eutanasia en Bolivia

«…puesto que al hablar de “muerte dulce”, no hacen otra cosa que intentar edulcorar un crimen»

Corría el año de 1939 cuando un padre alemán identificado por su apellido como Knauer, solicitaba formalmente a A. Hitler, autorización para que su hijo que había nacido con serias discapacidades, fuese sometido a la práctica de la “eutanasia”. El médico personal de Hitler atendió la solicitud que fue autorizada rápidamente, impulsando durante el mismo año un programa de “eutanasia” infantil que ordenó a médicos, parteras y enfermeras informar acerca del nacimiento de recién nacidos con discapacidades a los que se les aplicó inconsultamente la práctica de la “eugenesia” promovida por el Estado.

Desde enero de 1940 fueron seleccionados en hospitales, albergues y asilos pacientes con esquizofrenia, epilepsia, demencia, encefalitis, discapacidades y otras condiciones patológicas, para ser trasladados a centros de gaseamiento donde les practicaban la “eugenesia” con monóxido de carbono en cámaras de gas disfrazadas de duchas, también comenzaron a aplicarse inyecciones letales, sobredosis y muerte por hambre. El programa continuó hasta el final de la guerra y amplió sus víctimas a pacientes ancianos, heridos y trabajadores extranjeros en lo que la historia recoge como “el holocausto”.

La “eugenesia” definió a ciertas personas como biológica y socialmente indeseables. La llamada “eutanasia nazi”, en su etapa posterior concluyó con la eliminación física de miles de personas por encargo directo del Estado que vio en la excusa misericordiosa de la “eutanasia”, la oportunidad propicia para el régimen nazi de vulnerar la libertad de los individuos y decidir sobre su vida, intentando mostrar al mundo un acto piadoso de quienes se solazaban jugando a ser Dios, decidiendo acerca de quienes debían morir y pasando de la “eutanasia” a la “eugenesia” sin el menor reparo.

Ocho décadas después, una de las características más desgarradoras de la agenda globalista, es la que propugna la supresión de la gente vulnerable por considerarlos prescindibles de la sociedad. Acentúa la idea de que estos grupos vulnerables representan un gasto elevado de recursos por lo que es innecesario cualquier esfuerzo por precautelar la salud de aquellos niños por nacer que presentan riesgo, la vida de los ancianos, minusválidos, enfermos graves o con patologías incurables, que según la agenda globalista no compensa el gasto a realizar.

Los criterios fundamentales del comportamiento humano que hasta hace un par de décadas eran considerados correctos, hoy no lo son más. Hablar de virtud, belleza o del bien en la actualidad, resulta obsoleto, anacrónico, pasado de moda, una cuestión que es resistida y combatida por grupos de poder que estimulan la destrucción de aquello que antes era visto como bueno y hoy es expuesto como malo, incorrecto o despreciable. Estas nuevas normas de conducta humana, éste nuevo sentir, son parte de la transversalización de una ideología invisible que viene lacerando las entrañas del núcleo social a lo largo y ancho del planeta.

El manejo poco ético de temas sensibles como el de eutanasia, ya sea por cuestiones políticas, poder o intereses ajenos a la búsqueda de palear el sufrimiento de las personas e instrumentalizándolo por un interés personal no es correcto. Vale la pena preguntarse –como se hace en otros lugares– si quienes promueven leyes de este calado, estarían dispuestos en algún momento de sus vidas a aplicarla para ellos o para algún miembro de su familia. Las encuestas de preguntas falaces como ¿Usted está de acuerdo a que las personas enfermas terminales tengan una “muerte dulce”? No pueden ser válidas para decidir sobre un tema que merece un análisis más profundo y con la participación de hombres versados en el tema.

Preocupa ver en redes sociales la desorientación sociológica que tienen los jóvenes en relación a estos temas, por tal motivo tenemos la responsabilidad de remar contracorriente e involucrarnos en la vorágine de la ideología de género, la agenda globalista y el relativismo, para evitar consecuencias nefastas en el país. Hoy en día el ataque apunta a la estructura moral más íntima de las personas, vale decir, a aquella estructura moral que faculta a cada individuo a ser verdaderamente libre, por lo que es imperativo intervenir en el debate para evitar ser sorprendidos.

La perversión del lenguaje promovida en estos tiempos debe hacernos reflexionar mucho más, puesto que al hablar de “muerte dulce”, no hacen otra cosa que intentar edulcorar un crimen, así como cuando hablan de “interrupción voluntaria del embarazo”. Cuando el ser humano no quiere dejar ver la negrura de sus actos los pinta de rosa y emplea el lenguaje para encubrirlos.

La eutanasia es un tema delicado, puesto que se correlaciona con el sufrimiento y el dolor humano, que, dicho sea de paso, debido al mundo hedonista en el que nacimos no está asociada directamente con la muerte. El sufrimiento físico conduce instintivamente al ser humano a querer renunciar a él, incluso apelando a la muerte como un deseo subjetivo que se pierde cuando el dolor es controlado, precisamente en este punto es donde interviene el Estado, como garante de la vida humana, no así, como garante de la muerte. La Constitución Política y tratados internacionales de los que Bolivia es signatario, establece que la vida constituye un derecho fundamental que debe ser protegido.

Es respetable que la persona quiera dejar de sufrir, lo que no implica que sobre aquellas cuestiones personales absolutamente voluntarias, cambiables y subjetivas, se elaboren leyes que amenazan la vida de las personas sobre variables relacionadas a aspectos económicos, políticos, sociales u otros. En cada momento de la vida existe sufrimiento, si el Estado pretende imponer un nivel sobre el cual se apela a la eutanasia como alternativa, quién puede establecer que aquel nivel no resulte demasiado frágil y termine pasándose de la eutanasia a un procedimiento de “suicidio asistido”.

Finalmente queda preguntarnos ¿Quiénes somos nosotros para jugar a ser Dios? Insisto, con absoluto respeto para quienes tienen algún padecimiento o sufrimiento físico que los haga pensar que resulta fácil debatir o discutir sobre este tema por quienes no sufren su padecimiento, sin embargo, cada ser humano de forma individual tiene sus propios padecimientos, todo ser humano transita por la vida con sufrimientos por lo que una mala interpretación del poder o de los burócratas que tiene intereses alejados de los aspectos médicos o religiosos no debe bajo ningún concepto tener el control sobre la vida y mucho menos sobre la muerte de absolutamente nadie.

La población debe informarse al respecto antes de emitir un criterio simplemente por tratarse de un acto “misericordioso”, basado en el miedo que se le tiene a la muerte y ante el planteamiento infame que hacen los promotores de las ideologías invisibles que obligan a responder mecánicamente a la pregunta lanzada sobre la eutanasia que resulta una obviedad: “nadie desea en su sano juicio acabar sus días retorcido con dolores y padecimientos”. Lo que debe hacer el Estado boliviano es buscar los mecanismos para mejorar el sistema de salud y áreas de cuidados paliativos para brindar una segunda oportunidad a los pacientes con padecimientos intolerables, antes de pensar en acabar con su vida como primera alternativa mediante leyes progresistas.

¿Quién no va querer una “muerte dulce”? Todos. pero la muerte dulce para los creyentes significa estar en paz con su pasado, estar en paz con la trascendencia con la que cada individuo libre haya decidido creer. La muerte dulce será entonces poder despedirse de éste tránsito diciendo: Señor, voy a tus brazos. Mi vida está en paz porque no le hice mal a nadie y lo bueno, lo malo, entre ellos mis padecimientos los dejo en tus manos. Mi vida está en paz porque es el momento de reposar a tu lado.

“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.

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