«Una cosmovisión bíblica no rechaza el mundo material, sino que busca usarlo para la gloria de Dios»
Frente a los intentos de censurar la fe en la esfera pública, es indispensable comprender que la libertad, el Estado de derecho y las instituciones de Occidente no nacieron del secularismo, sino de una cosmovisión integral. Un análisis desde la raíz bíblica e histórica hasta la crisis política actual.
Este artículo es una respuesta a las acusaciones coyunturales y reduccionistas, que buscan la censura de la participación de los cristianos en la política. Exponen argumentos que pretenden, con éxito entre los sectores más desinformados, banalizar y hacer una descripción reduccionista de la realidad política en la región americana, que contra lo que muchos podríamos avizorar ha permanecido como una trinchera de la civilización occidental cristiana. Dirigido por supuesto a quienes depositan su fe en Jesús de Nazareth como su Señor, y en su resurrección como fundamento de la fe cristiana, y también a sus simpatizantes que han llegado a denominarse “cristianos culturales”. Pero son invitados a leer, los mencionados enemigos de la libertad política, que hoy desacreditan a la comunidad cristiana de América.
Es necesario empezar desde el principio, recordando una de las bases fundamentales del cristianismo: la creación y la caída. Adán y Eva fueron criaturas sumisas hechas a imagen de Dios. Por tanto, debían ver toda la creación bajo la evaluación e interpretación de Dios. Aunque antes de la caída eran moralmente perfectos, carecían de un conocimiento total de Dios, de sí mismos y de su mundo. Ambos dependían continuamente de Dios como la fuente del conocimiento y el entendimiento (Proverbios 1:7).
El conocimiento de Dios, de sí mismo y de su creación es independiente y completo. Estamos hablando de que el Padre creó el mundo de la nada. Dios no depende de nada fuera de sí mismo para su conocimiento. Por otro lado, el conocimiento del hombre es totalmente dependiente e incompleto. Sin Dios como la fuente del conocimiento e intérprete de nuestra realidad, el hombre no sabría nada, porque solo en su luz vemos la luz (Salmo 36:9). El apóstol Pablo afirmaba la independencia de Dios y su completo conocimiento cuando escribió que en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Colosenses 2:3). Si el hombre realmente quiere saber y entender, debe comprender que «Dios enseña al hombre el conocimiento» (Salmo 94:10).
Satanás intentó revocar y anular el orden moral de Dios convenciendo a Adán y Eva de que la visión que tenía el Padre del mundo era solamente una de muchas otras. Persuadiendo a Eva a comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, Satanás la condujo a desarrollar una cosmovisión independiente que competiría con la de Dios: «seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Génesis 3:5). La tentación involucraba más que solamente una fruta: comenzó una lucha para definir quién interpretaría la realidad.
«El hombre puede ser inducido a abandonar su antigua religión para adoptar una nueva, pero nunca permanecerá mucho tiempo libre de toda religión. Quítales un objeto de adoración y ellos prontos se someterán a otro. Y si infelizmente pierden el conocimiento del verdadero Dios, ellos crearán dioses de su propia invención o los recibirán de otros.»
Adán y Eva no reconocieron que su propia existencia y capacidad de pensar dependían de Dios. La tendencia humana a exaltarse a sí mismo es la razón por la cual la Biblia condena de manera tajante el orgullo. Tenemos el caso de Tiro en Ezequiel 28:2; Habacuc escribió: «son profundamente culpables porque hicieron de su propia fuerza un Dios» (Habacuc 1:11). También tenemos el juicio de la torre de Babel, donde los hombres querían hacerse un nombre para sí mismos.
Al estudiar las civilizaciones a lo largo de la historia, Arnold Toynbee llegó a la conclusión de que el culto a uno mismo era la religión más importante de la humanidad, aunque sus formas son numerosas y diversas.
El orgullo ciega al hombre (2 Corintios 4:4; 1 Timoteo 3:6; 1 Juan 2:16). Cuando intentamos construir nuestra visión del mundo independientemente de Dios, el estándar que usamos que es nosotros mismos y nuestro limitado conocimiento distorsionado por el pecado no es confiable. Absolutamente nadie está libre de pecado, por lo tanto, debemos constantemente retornar a la visión que Dios tiene del mundo tal y como Él la expone en la Escritura.
EL CRISTIANISMO Y SU APLICACIÓN A TODOS LOS ASPECTOS DE LA VIDA
Aquí entramos en lo importante: los cristianos debemos evaluar todo aspecto de la vida bajo los términos de la Palabra de Dios y no solo elegir ciertos aspectos de la realidad que consideremos importantes. Dado que los efectos de la caída del hombre impregnaron todos los aspectos del orden creado por Dios, los cristianos debemos evaluar y restaurarlos usando las Escrituras como lente crítico.
De hecho, la Biblia dirige nuestra atención a los efectos de la caída y nuestra responsabilidad para restaurar todas estas cosas en Cristo.
Los doce primeros capítulos del Génesis narran el desarrollo de la cultura humana a partir de los recursos de la creación y muestran la preocupación de Dios por el uso pervertido que el hombre hace de las cosas.
La legislación mosaica abarcaba tanto la salud corporal como la moralidad, el arte del tabernáculo junto con sus funciones religiosas, una justicia civil que protegiera a los desfavorecidos y a los falsamente acusados, y una estructura económica que no perpetuara la pobreza abyecta.
El salmista veía en toda la naturaleza y la historia la obra de Dios. Job, en su sufrimiento, luchó por comprender lo que le ocurría y, al final, abandonó todo otro punto de referencia en su pensamiento excepto la soberana providencia de Dios.
El escritor del Eclesiastés reflexionó sobre el valor de la riqueza, la familia, el aprendizaje y el ocio, y encontró que todo era vacío, salvo por el hecho de que son buenos dones de Dios.
Los profetas juzgaron la vida de la nación según la ley de Dios, denunciando sus vaivenes políticos, sus injusticias sociales y económicas y sus prácticas religiosas.
En todo esto se revela el esbozo de una cosmovisión teísta. La verdad sobre cada área de la vida está interrelacionada en un todo coherente dentro de la sabiduría de Dios. Por ello, «el temor del Señor es el principio de la sabiduría», lo que significa que el creyente tiene un punto de partida que le da perspectiva sobre la vida, tanto en sus partes como en su conjunto.
(Arthur F. Holmes, «Toda verdad es la verdad de Dios», pp. 9-10.)
Hasta este punto, mi mayor interés ha sido expresar que, bíblicamente, nada puede ser excluido de la cosmovisión cristiana y que, más bien, toda la creación y cada aspecto de nuestra vida pueden y deben ser analizados bajo el paraguas de la Palabra de Dios.
LA DIVISIÓN DE LA VERDAD Y SU IMPACTO EN LA SOCIEDAD
La visión del mundo de algunas personas está más desarrollada que la de otras, pero el punto es que todos tenemos una visión del mundo, por muy limitada que sea su alcance.
Algunos de nosotros nunca formulamos opiniones detalladas sobre asuntos económicos internacionales, las dimensiones del universo, las diferencias entre ideologías filosóficas opuestas, la esencia del cambio o la relación entre fe y razón. Sin embargo, la Biblia nos asegura que el significado que le damos a nosotros mismos y a nuestro mundo, visto y no visto, se origina dentro de nuestra propia mente: «Porque cuál es su pensamiento, tal es él» (Proverbios 23:7).
Si crees que eres un ser creado, responsable ante tu Creador de todas las cosas, entonces tu visión del mundo depende de Dios para comprenderlo correctamente. Si crees que eres un animal independiente, altamente evolucionado, que no depende de nadie, tu visión del mundo reflejará este egocentrismo. Tales visiones del mundo reflejan la gloria del hombre en lugar de la de Dios.
La división de la cosmovisión cristiana es producto de presuposiciones que son principios de interpretación que le dan sentido a cada idea o hecho que percibimos. Estas presuposiciones son religiosas por naturaleza. Esas presuposiciones hacen, por ejemplo, que tal y como dice en Romanos 1:20, los ateos nieguen a Dios a pesar de su constante revelación a través de la creación.
Ahora, no todos niegan a Dios; en cambio, muchos prefieren definir a Dios en sus propios términos. Esta es un tipo de idolatría que pasa desapercibida, como en el caso de la Nueva Era, la Cienciología, el progresismo, el pluralismo relativista, el humanitarismo, la «conciencia social» y, por supuesto, la escisión del cristianismo.
Hoy, la idolatría no niega a Dios, más bien lo relega a un espacio específico de la vida sin relevancia. La estrategia satánica es reconocer a Dios pero colocar al hombre al mismo nivel, y así se constituyen, muchas veces sin saberlo, en rivales de Dios. Esto nos recuerda Génesis 3:5. Entonces, Dios no es negado, es solo redefinido y relegado.
El cristiano cree que Dios existe, «no suprime la verdad en injusticia» (Romanos 1:18) ni crea un Dios a su propia imagen (Salmo 115:2-8; Isaías 44:9-20). La fe cristiana descansa en la Palabra de Dios como primer principio para desarrollar una cosmovisión cristiana.
Génesis 1:1 presupone la existencia de Dios. Y Dios no busca probar su existencia tampoco. En cambio, requiere que creamos, porque «sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:6).
Mientras empieces a desarrollarla, el principio (presuposición) de que Dios existe y se revela en la Biblia se convierte en el fundamento que da sentido a toda tu visión del mundo. Pero no pensemos que ya lo hemos conseguido, sino que debemos estar alerta a cuál es el estado de nuestra cosmovisión: ¿está dividida o es integral?
EL CONFLICTO ENTRE EL CRISTIANISMO Y EL SECULARISMO
Para muchos, la Biblia solo imparte verdades espirituales con poco o nada que decir sobre problemas seculares. Sin embargo, la Biblia no divide entre lo sagrado y lo secular. Jesús mismo enseñó: «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mateo 6:10). También declaró: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18).
El apóstol Pablo nos dice que las cosas materiales no son malas y que aquellos que las desprecian porque pertenecen a este mundo malinterpretan la naturaleza del mal: «Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres?» (Colosenses 2:20-22).
La verdadera división que existe no es entre lo material y lo espiritual, sino entre el bien y el mal (Hebreos 5:14), la obediencia y la desobediencia (2 Corintios 10:5-6), la fe y la incredulidad (Mateo 21:21). La visión dualista del mundo obliga al cristiano a abandonar la sociedad y sus instituciones por considerarlas terrenales, lo que hace que el mensaje del evangelio sea internalizado y se vuelva irrelevante para la sociedad en la que vivimos.
Una cosmovisión bíblica no rechaza el mundo material, sino que busca usarlo para la gloria de Dios. La música, el arte, las propiedades, las fábricas, las escuelas y cualquier otra cosa material pueden ser utilizadas para el bien o para el mal. La Palabra de Dios nos muestra cómo deben ser usadas.
Los cristianos que trabajan en negocios, industria, política y otras áreas son las «tropas de vanguardia de la iglesia en su compromiso con el mundo», escribió Leslie Newbigin. Él pregunta:
«¿Hemos hecho algo serio para fortalecer su testimonio cristiano, para ayudarles a plantar cara a los dificilísimos problemas éticos que tienen que afrontar cada día, para asegurarles que toda la congregación les apoya en su guerra espiritual cotidiana?»
La iglesia no debería ser nada menos que un campo de instrucción para enviar laicos preparados para predicar el evangelio en todos los ámbitos de la vida.
LA SUPREMACÍA Y DECADENCIA DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA
Vishal Mangalwadi, un autor cristiano que ha estudiado la influencia del cristianismo en la civilización occidental, demuestra con evidencia histórica que la decadencia de Occidente es producto del alejamiento de las sociedades del fundamento bíblico. Algunos piensan que los griegos y los romanos crearon la civilización occidental, pero su legado es limitado si lo comparamos con el impacto de la Reforma Protestante y la cosmovisión cristiana.
Los intelectuales europeos del Renacimiento estudiaron los clásicos griegos y romanos, pero fue la enseñanza de las epístolas de Pablo lo que transformó Europa. Los reformadores contrastaron toda idea con la autoridad de la Palabra de Dios, y esto llevó a la creación de instituciones legales, educativas, económicas y políticas basadas en principios bíblicos.
La transformación de Occidente comenzó con una visión: el llamado del apóstol Pablo a predicar las Buenas Nuevas en Europa. Hechos 16:9-10 relata cómo Pablo tuvo una visión de un varón macedonio rogándole que fuera a ayudarlos. Esta revelación no fue un simple pensamiento humano, sino un acto de comunicación divina que cambió la historia del mundo.
El cristianismo no solo reformó las almas, sino que también dio forma a la moral europea. Esta transformación no fue inmediata ni lineal, pero sin la influencia del pecado y la salvación desde la perspectiva bíblica, Europa no habría desarrollado las instituciones que garantizaron su prosperidad y libertad.
Además de Europa, Estados Unidos es uno de los mayores exponentes de la civilización occidental. Entre sus fundadores había creyentes y deístas que establecieron el país reconociendo que Dios otorgó los derechos inalienables del hombre. Ellos entendieron que si el Estado concede ciertos derechos, también puede quitarlos o manipularlos, pero si los derechos provienen de Dios, son inalterables. Esta base cristiana limitó el poder del gobierno y garantizó la libertad individual.
En contraste, las sociedades que han rechazado estos principios han caído en la corrupción y el autoritarismo. Mangalwadi explica: «Las culturas moralmente envilecidas tienden a ser controladas por unos pocos ricos. Sus riquezas proceden del poder, la extorsión y la guerra, no del trabajo diligente y honesto. La facilidad para hacer negocios se encuentra siempre a nivel muy bajo en una cultura de corrupción».
Podemos ver este mismo patrón en nuestra propia nación. La crisis que atravesamos no es solo económica o política, sino también espiritual. Nuestra decadencia es el resultado de habernos alejado de los valores bíblicos que una vez dieron estabilidad y justicia a las sociedades.
EL RETROCESO DE LA CIVILIZACIÓN DEBIDO AL HUMANISMO
El alejamiento de Dios ha generado una sociedad permisiva donde se normalizan la pornografía, el aborto, la ideología de género y la eutanasia. También ha traído el quiebre de la familia, la crisis en la educación y un aumento en la violencia extrema. Sin embargo, en lugar de ver estos problemas como síntomas de una enfermedad espiritual más profunda, la sociedad los trata como fenómenos aislados.
Este cambio en la cultura no es accidental. Se ha pasado de una cosmovisión cristiana a una visión humanista en la que la realidad final ya no es un Dios Creador, sino materia y energía que existen eternamente y cambian al azar. Este pensamiento excluye el propósito y el sentido de la vida, dejando al hombre como única medida de todas las cosas.
Cuando el hombre es el centro de todo, no hay verdades absolutas ni principios universales que rijan la sociedad. En su lugar, se imponen sistemas de valores arbitrarios que dependen de la conveniencia del momento. Esta es la razón por la que los tribunales modernos respaldan leyes injustas, como la legalización del aborto. Lo que antes se consideraba un crimen ahora se justifica con argumentos basados en ideologías cambiantes.
Las cortes han sido el principal vehículo para imponer esta cosmovisión humanista sobre la población. En lugar de responder a la voluntad del pueblo o a principios morales inmutables, los jueces dictan leyes basadas en teorías progresistas que se alejan de la verdad de Dios. Como resultado, las leyes dejan de ser justas y se convierten en herramientas de opresión.
El humanismo progresista no es el único problema; el humanismo conservador también es peligroso. Ambos tienen en común la exclusión de Dios como fundamento de la verdad y la moralidad. Por eso, no basta con elegir líderes que defiendan valores conservadores si no tienen una cosmovisión cristiana. La única solución real es regresar a la verdad bíblica y restaurar a Dios como la base de nuestra sociedad.
EL ESTADO DE DERECHO COMO VESTIGIO DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA
La ex primera ministra británica Margaret Thatcher y el historiador Paul Johnson coincidieron en que el mayor logro de la humanidad entre los años 1000 y 2000 no fue la democracia, sino el Estado de derecho. Este principio, basado en la igualdad ante la ley, la justicia y la libertad, permitió el progreso de las sociedades occidentales.
Johnson escribió:
«El desarrollo político más importante del segundo milenio fue el establecimiento firme, primero en uno o dos países, después en muchos, del imperio de la ley. Su aceptación y aplicación en cualquier sociedad es mucho más importante para la felicidad de la mayoría que la propia democracia. Porque la democracia, sin el imperio de la ley que respete la voluntad del electorado, no sirve de nada, tal como la historia del último medio siglo ha demostrado una y otra vez en África, Latinoamérica y Asia».
El Estado de derecho garantizó el desarrollo socioeconómico porque reconoció el valor y la dignidad del ser humano como creación de Dios. Protegió los derechos inalienables a la vida, la propiedad y la libertad, limitando el poder del gobierno e impidiendo los abusos de la autoridad.
Contrario a lo que algunos creen, el Estado de derecho no es un legado del Imperio Romano. Pablo, ciudadano romano, fue encarcelado injustamente por Félix durante dos años, lo que demuestra la arbitrariedad del sistema judicial de Roma. En realidad, la noción de justicia imparcial surgió con el cristianismo y fue consolidada en Occidente gracias a la influencia de la fe bíblica.
El Corpus Juris Civilis de Justiniano, una de las bases del derecho occidental, incorporó principios de la ética cristiana y el derecho canónico. Posteriormente, la Reforma Protestante y el pensamiento cristiano influyeron en la construcción de los sistemas legales modernos, asegurando que nadie estuviera por encima de la ley y que el poder fuera ejercido con responsabilidad moral.
Sin embargo, hoy vemos un deterioro del Estado de derecho en muchos países, donde la ley se manipula para favorecer a grupos específicos en lugar de proteger la justicia. Cuando una nación se aleja de los principios bíblicos, el resultado es el abuso de poder, la corrupción y la impunidad.
La historia demuestra que solo una sociedad fundamentada en la verdad de Dios puede sostener un sistema justo y equitativo. Por ello, los cristianos no pueden permanecer indiferentes ante la política y el derecho. Debemos defender el Estado de derecho como un legado de nuestra fe y trabajar para restaurarlo donde haya sido corrompido.
EL ACCIONAR DEL CRISTIANISMO EN LA POLITICA ACTUAL
Hoy lo relativo, ocasional e intrascendente no permite la incidencia de la iglesia ni de la verdad bíblica porque es considerado como intolerante. Lo que es muy curioso porque incluso John Locke quien es el padre del liberalismo es reconocido por escribir las «Cartas Sobre la Tolerancia» en 1689, y este fue inspirado por Hugo Grocio, cristiano reconocido como el padre del derecho internacional.
Me temo que a menudo que instituciones importantes como el colegio de abogados, el Órgano Legislativo, el Tribunal Supremo de Justicia e incluso la muchos cristianos no solo tienen valores relativistas, sino que son bastante ignorantes en cuanto a las lecciones de la historia. Es estremecedor ver en lo que, a través de la historia, se ha convertido nuestra cultura debido al cambio en el concepto básico de la realidad.
No hemos sabido presentar al cristianismo como verdad unificada y global, no restringida a lo subjetivo, personalizado «verdad para mi» o al relativismo. Deberíamos confiar en que la cosmovisión cristiana es la verdad a todos los niveles, y que puede resistir cualquier prueba rigurosa racional e histórica, a la vez que cumple con nuestro mas altos ideales.
«Aun los cristianos conservadores han privatizado tanto su fe que no la consideran fuente del conocimiento, sino mera reflexión teológica sobre temas propuestos por el mundo académico» Philip Johnson
Me pregunto qué tiene Dios que decirnos. Todas estas libertades que tenemos, todas las bendiciones secundarias que tenemos por la predicación del evangelio, y las estamos dejando pasar entre nuestros dedos durante nuestras vidas. No ha pasado hace 100 años; aun podemos detener esta indiferencia mientras duren nuestras vida, No solo los líderes cristianos, ¿dónde han estado los abogados cristianos? ¿Por qué no han desafiado este cambio en la visión del imperio de la ley y la constitución? ¿Dónde han estado los doctores cristianos negándose a aprobar las leyes proaborto en el país?
¿Dónde han estado los hombres cristianos de negocios para poner sus vidas y su trabajo preocupados por estos temas centrales como cristianos profesantes? ¿Dónde han estado los educadores cristianos ya que hemos perdido nuestro sistema educativo? ¿Dónde hemos estado? ¿Dónde está cada uno de ustedes? ¿Qué ha pasado en este último tiempo?
(Nota del editor: Este ensayo constituye la primera entrega de una serie de dos partes sobre la fe, la política y las libertades civiles. La segunda parte abordará la verdadera separación de Iglesia y Estado, el concepto de tiranía y los límites del poder civil).
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