“Es en la República donde cabemos todos, porque nadie tiene derecho a imponer su proyecto de sociedad”
He leído con atención el reciente pronunciamiento del expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada, titulado “Bolivia necesita la unidad del MNR”.
Más allá de las diferencias políticas e ideológicas que podamos tener, hay que reconocer que su llamado a reconstruir las instituciones, recuperar un sistema de partidos funcional, incorporar a las nuevas generaciones y superar la fragmentación política llega en un momento en que Bolivia necesita discutir seriamente cómo reconstruir su democracia institucional.
En eso podemos coincidir.
Pero precisamente porque creemos que Bolivia necesita una nueva etapa política, debemos formular una pregunta incómoda: ¿Unidad para qué?
La unidad, por sí sola, no es un proyecto político. Puede unir a una sociedad para defender la libertad o para limitarla. Puede servir para reconstruir una República o para reconstruir un Estado omnipresente. Puede unir ciudadanos alrededor de principios o simplemente juntar partidos alrededor de intereses electorales.
Por eso, más que hablar de unidad como un valor absoluto, prefiero hablar de efectividad política alrededor de principios republicanos.
Bolivia necesita capacidad para actuar, instituciones capaces de funcionar y partidos capaces de representar proyectos distintos y para eso necesita pluralismo.
𝗡𝗢 𝗡𝗘𝗖𝗘𝗦𝗜𝗧𝗔𝗠𝗢𝗦 𝗤𝗨𝗘 𝗧𝗢𝗗𝗢𝗦 𝗣𝗘𝗡𝗦𝗘𝗠𝗢𝗦 𝗜𝗚𝗨𝗔𝗟
Sánchez de Lozada recuerda que las ideas fundacionales del MNR fueron la “Unidad en la Diversidad”, la “Alianza de Clases” y el “Capitalismo Social”.
Comprendo el sentido histórico de esa formulación, pero creo que Bolivia debe mirar hacia adelante.
La Guerra del Chaco forma parte fundamental de nuestra historia y produjo profundas transformaciones políticas y sociales. Pero sería insuficiente explicar la crisis boliviana actual como consecuencia de rivalidades regionales, étnicas o sociales.
Hay un elemento mucho más profundo que no podemos ignorar: Bolivia abandonó progresivamente la democracia liberal y debilitó las condiciones institucionales que permiten funcionar a una economía capitalista.
Cuando se debilita la propiedad privada, cuando se deteriora la seguridad jurídica, cuando se politiza la economía, cuando se multiplican las restricciones a la iniciativa privada y cuando el Estado pretende sustituir al mercado, el problema deja de ser simplemente regional, étnico o sectorial, se convierte en un problema de sistema, por eso la diversidad política no necesita ser eliminada, necesita ser institucionalizada.
Bolivia no necesita un partido único de centro ni una gran coalición permanente donde desaparezcan las diferencias ideológicas. Necesita partidos que sepan exactamente qué defienden y ciudadanos que sepan exactamente qué están votando.
La democracia no se fortalece cuando todos dicen lo mismo, se fortalece cuando podemos pensar diferente sin convertir al adversario en enemigo y aquí está una diferencia fundamental entre una democracia madura y una democracia de caudillos: el adversario político no es un enemigo de la nación, es alguien que propone otro camino.
𝗡𝗢 𝗡𝗘𝗖𝗘𝗦𝗜𝗧𝗔𝗠𝗢𝗦 𝗨𝗡𝗔 𝗔𝗟𝗜𝗔𝗡𝗭𝗔 𝗗𝗘 𝗖𝗟𝗔𝗦𝗘𝗦
No creo que Bolivia deba organizarse políticamente alrededor de una “alianza de clases”.
Aquí es donde el liberalismo clásico introduce una diferencia importante. Los liberales preferimos hablar de ciudadanos, de individuos.
Pero esto no significa negar que existan intereses económicos compatibles entre trabajadores y empresarios. Al contrario: reconocer esa compatibilidad es indispensable para comprender cómo funciona una economía moderna.
Un empresario necesita ahorrar para invertir; si no ahorra, no puede invertir; si no invierte, no puede ampliar su empresa; si una empresa no crece, no crea nuevos puestos de trabajo; si no existen nuevas inversiones, los trabajadores tienen menos oportunidades de empleo y de incrementar sus ingresos; y si las empresas no son productivas y rentables, no pueden ampliar sus inversiones ni competir, innovar y generar nuevas oportunidades.
Es una cadena elemental:
𝗮𝗵𝗼𝗿𝗿𝗼 → 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 → 𝗽𝗿𝗼𝗱𝘂𝗰𝗰𝗶𝗼́𝗻 → 𝗲𝗺𝗽𝗹𝗲𝗼 → 𝗶𝗻𝗴𝗿𝗲𝘀𝗼𝘀 → 𝗽𝗿𝗼𝘀𝗽𝗲𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱.
Durante décadas, determinada propaganda sindical y política nos ha acostumbrado a pensar que existe una contradicción inevitable entre empresarios y trabajadores, como si la prosperidad de uno dependiera necesariamente del empobrecimiento del otro. No tiene por qué ser así.
El empresario necesita trabajadores productivos. El trabajador necesita empresas productivas. El empresario necesita consumidores con capacidad de compra. El trabajador necesita que exista inversión para poder encontrar empleo. Ambos necesitan seguridad jurídica, reglas estables y una economía que crezca. Por eso el liberalismo no plantea una guerra entre clases. Plantea una sociedad de ciudadanos libres que cooperan voluntariamente dentro de un marco de derechos y obligaciones iguales ante la ley.
𝗧𝗔𝗠𝗣𝗢𝗖𝗢 𝗡𝗘𝗖𝗘𝗦𝗜𝗧𝗔𝗠𝗢𝗦 𝗨𝗡 ❞𝗖𝗔𝗣𝗜𝗧𝗔𝗟𝗜𝗦𝗠𝗢 𝗦𝗢𝗖𝗜𝗔𝗟❞.
El concepto de “capitalismo social” resulta atractivo políticamente, pero es innecesariamente confuso desde el punto de vista económico. El capitalismo no necesita ser “social” para beneficiar a la sociedad, necesita funcionar libremente.
Cuando existen propiedad privada, ahorro, inversión, competencia, libertad de empresa, contratos, seguridad jurídica y estabilidad monetaria, el sistema genera incentivos para producir, invertir, innovar y crear empleo.
No necesitamos agregarle un apellido al capitalismo para descubrir que una economía dinámica produce beneficios sociales.
𝗘𝗹 𝗰𝗮𝗽𝗶𝘁𝗮𝗹𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗻𝗼 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝘁𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮𝗿 𝗽𝗿𝗼𝘀𝗽𝗲𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱. 𝗡𝗘𝗖𝗘𝗦𝗜𝗧𝗔 𝗦𝗘𝗥 𝗟𝗜𝗕𝗥𝗘.
Por supuesto, una economía libre no significa ausencia de responsabilidad, significa que la cooperación social puede producirse fundamentalmente mediante millones de decisiones voluntarias, en lugar de depender de un funcionario que decide quién merece recibir y quién está obligado a entregar, el Estado debe garantizar las reglas, no reemplazar a quienes producen.
𝗟𝗔 𝗩𝗘𝗥𝗗𝗔𝗗𝗘𝗥𝗔 𝗨𝗡𝗜𝗗𝗔𝗗 𝗗𝗘𝗕𝗘 𝗦𝗘𝗥 𝗥𝗘𝗣𝗨𝗕𝗟𝗜𝗖𝗔𝗡𝗔
Hay una frase del pronunciamiento de Sánchez de Lozada que merece ser tomada en serio: “En la democracia cabemos todos.”
Estoy parcialmente de acuerdo con ella, pero debo aclarar algo: 𝗘𝘀 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗥𝗲𝗽𝘂́𝗯𝗹𝗶𝗰𝗮 𝗱𝗼𝗻𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗯𝗲𝗺𝗼𝘀 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 porque nadie tiene derecho a imponer su proyecto de sociedad mediante la fuerza política ilimitada.
En la república cabemos los liberales, los conservadores, los socialdemócratas, los demócratas cristianos o los nacionalistas democráticos. Cabemos quienes creen en un Estado más grande y quienes creemos que el Estado debe ser mucho más pequeño.
Lo que no debería caber es la pretensión de destruir las reglas republicanas para imponer cualquiera de esas visiones. Y aquí debemos ser especialmente claros: no todas las fuerzas políticas aceptan realmente vivir con la diversidad.
Hay organizaciones partidarias y fuerzas sociales que han entendido la política como una lucha por imponer una visión única de sociedad y desplazar al adversario del espacio público.
El MAS encabezó durante años esa concepción de poder, pero el problema no se limita a un partido. También puede encontrarse en determinadas expresiones sindicales, corporativas y sectoriales que pretenden convertir su capacidad de movilización en un derecho permanente de veto sobre las instituciones democráticas.
Una sociedad libre no puede funcionar así, los sindicatos tienen derecho a organizarse, las juntas vecinales tienen derecho a representar a sus miembros, las organizaciones campesinas tienen derecho a defender sus intereses, los empresarios tienen derecho a defender los suyos, pero ninguna organización social puede convertirse en sustituto de la soberanía ciudadana ni colocarse por encima de la ley.
La democracia no consiste en que el grupo con mayor capacidad de presión imponga su voluntad.
Consiste en que todos puedan defender sus intereses dentro de reglas comunes. Por eso la unidad que Bolivia necesita no es la uniformidad, es la aceptación de unas mismas reglas republicanas.
𝗕𝗢𝗟𝗜𝗩𝗜𝗔 𝗡𝗘𝗖𝗘𝗦𝗜𝗧𝗔 𝗥𝗘𝗖𝗢𝗡𝗦𝗧𝗥𝗨𝗜𝗥 𝗦𝗨 𝗦𝗜𝗦𝗧𝗘𝗠𝗔 𝗗𝗘 𝗣𝗔𝗥𝗧𝗜𝗗𝗢𝗦
En este punto, el llamado de Sánchez de Lozada merece especial atención. Una democracia sin partidos sólidos termina convirtiéndose en una democracia de improvisación, personalismos y alianzas circunstanciales.
Los partidos deberían ser escuelas de ciudadanía, espacios de formación doctrinaria, mecanismos de representación y canales para que nuevas generaciones puedan incorporarse a la política. No simples vehículos electorales construidos alrededor de una persona. Pero aquí existe otro problema que no podemos ignorar: las propias reglas del sistema político condicionan la posibilidad de construir partidos nacionales sólidos.
La Ley 1096 regula de manera extensa la constitución, funcionamiento, democracia interna, fiscalización y financiamiento de las organizaciones políticas. El sistema contempla financiamiento privado con restricciones y mecanismos de fortalecimiento público, pero no un sistema general de financiamiento público directo y permanente de las organizaciones políticas.
Al mismo tiempo, el régimen electoral establece una arquitectura compleja de representación mediante circunscripciones uninominales y departamentales, con reglas específicas para la asignación de escaños.
Esto importa, porque no se puede pedir a los partidos que se fortalezcan y, simultáneamente, ignorar las condiciones legales, electorales y financieras bajo las cuales deben hacerlo.
Si queremos un sistema de partidos serio, debemos discutir también:
* La Ley de Organizaciones Políticas;
* La legislación electoral; el diseño de las circunscripciones;
* Los mecanismos de financiamiento y fortalecimiento público;
* Las condiciones de acceso a los medios;
la democracia interna;
* Los requisitos para construir organizaciones nacionales;
* y los incentivos que actualmente favorecen o dificultan la formación de partidos permanentes.
La democracia no se reconstruye solamente pidiendo a los políticos que sean mejores. También hay que construir reglas que hagan posible que los partidos sean mejores.
𝗘𝗟 𝗗𝗘𝗦𝗔𝗙𝗜́𝗢 𝗡𝗢 𝗘𝗦 𝗥𝗘𝗖𝗢𝗡𝗦𝗧𝗥𝗨𝗜𝗥 𝗘𝗟 𝗣𝗔𝗦𝗔𝗗𝗢
Aquí está, quizá, nuestra mayor diferencia. Bolivia no necesita regresar mecánicamente a 1952, tampoco necesita regresar a 1985, ni necesita repetir 1993. La historia puede enseñarnos, pero no puede gobernarnos.
El país que tenemos delante es diferente, la economía mundial es diferente, la tecnología es diferente, la estructura productiva es diferente, la sociedad boliviana es diferente y las nuevas generaciones tienen problemas que no existían cuando se fundaron los grandes partidos del siglo XX.
Por eso la tarea no consiste en resucitar viejas etiquetas, consiste en construir una nueva arquitectura política para una Bolivia del siglo XXI.
El MNR tiene su historia, otros partidos tienen la suya, los liberales estamos construyendo la propia y todos debemos poder participar de la democracia sin que nadie tenga que renunciar a sus principios para hacerlo.
𝗨𝗡𝗔 𝗡𝗨𝗘𝗩𝗔 𝗗𝗘𝗥𝗘𝗖𝗛𝗔 𝗗𝗘𝗠𝗢𝗖𝗥𝗔́𝗧𝗜𝗖𝗔 𝗗𝗘𝗕𝗘 𝗔𝗣𝗥𝗘𝗡𝗗𝗘𝗥 𝗔 𝗖𝗢𝗡𝗦𝗧𝗥𝗨𝗜𝗥
Bolivia necesita recuperar algo que durante demasiado tiempo estuvo ausente del debate político: una derecha liberal, republicana y democrática, intelectualmente preparada y socialmente responsable.
Una derecha que 𝗡𝗢 𝗧𝗘𝗡𝗚𝗔 𝗠𝗜𝗘𝗗𝗢 de defender la propiedad privada, hablar del mérito, defender la empresa privada, hablar de seguridad, de defender la familia y las instituciones sociales, pero que tampoco tenga miedo de defender la República.
Una derecha que respete la libertad de conciencia y la libertad de expresión; que rechace el autoritarismo, el caudillismo; que entienda que gobernar no significa disponer de la vida de los ciudadanos; y que comprenda que conservar la libertad requiere instituciones fuertes, no un Estado omnipotente.
𝗨𝗡𝗜𝗗𝗔𝗗 𝗦Í. 𝗣𝗘𝗥𝗢 𝗔𝗟𝗥𝗘𝗗𝗘𝗗𝗢𝗥 𝗗𝗘 𝗟𝗔 𝗟𝗜𝗕𝗘𝗥𝗧𝗔𝗗
Después de todo lo anterior, vuelvo a la pregunta inicial: ¿𝗨𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲́?
No creo que Bolivia necesite unidad simplemente para que todos sus actores políticos se sienten alrededor de una mesa, tampoco necesitamos unidad para repartir espacios de poder, ni una unidad construida alrededor de una candidatura o que obligue a partidos diferentes a ocultar sus diferencias ideológicas.
Lo que Bolivia necesita es efectividad política dentro de un marco republicano, necesitamos instituciones que funcionen, partidos que representen, leyes que se cumplan, mercados que puedan operar, propiedad que sea respetada, ciudadanos que puedan emprender, empresas que puedan invertir, trabajadores que puedan encontrar empleo y un Estado suficientemente fuerte para hacer cumplir la ley, pero suficientemente limitado para no convertirse en dueño de nuestras vidas.
Por eso considero que existen principios mínimos que deberían ser innegociables:
* República.
* Democracia.
* Estado de Derecho.
* Propiedad privada.
* Libertad individual.
* Economía abierta y competitiva.
* Responsabilidad personal.
* Seguridad jurídica.
* Instituciones independientes.
* Respeto irrestricto a la ley.
A partir de esos principios podemos discutir todo lo demás. Podemos discrepar, competir, enfrentarnos electoralmente, criticarnos, intentar convencer al ciudadano de que nuestro proyecto es mejor y con hidalguía, debemos aceptar las reglas y los resultados establecidos por la institucionalidad democrática. Eso es democracia.
Por eso debemos recibir el llamado a reconstruir el sistema político no como una invitación a borrar nuestras diferencias, sino como una oportunidad para demostrar que la pluralidad puede coexistir con la institucionalidad.
No necesitamos que todos caminemos bajo la misma sigla. Necesitamos que todos aceptemos caminar bajo las mismas reglas republicanas, porque Bolivia no necesita una política donde todos estén de acuerdo, necesita una política donde podamos estar en desacuerdo sin destruirnos.
Y, sobre todo, necesita ciudadanos que vuelvan a creer que la política no existe para repartir el poder entre los políticos, sino para proteger la libertad y crear las condiciones para que cada boliviano pueda construir su propio proyecto de vida.
La unidad que Bolivia necesita no es la unidad de las ideologías.
𝗘𝗦 𝗟𝗔 𝗨𝗡𝗜𝗗𝗔𝗗 𝗗𝗘 𝗟𝗔 𝗥𝗘𝗣𝗨́𝗕𝗟𝗜𝗖𝗔
- Por: 𝗥𝗼𝗱𝗿𝗶𝗴𝗼 𝗣𝗲𝗿𝗼́ 𝗚𝗼𝗻𝘇𝗮𝗹𝗲𝘀
- Presidente del Frente Liberal Republicano (FRENTE LIBRE)
- Miembro del Comité Político Nacional del Partido Liberal Boliviano (PLB)
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