De liberales libertarios nada, de oportunistas mercenarios mucho

«La libertad es el principio básico a través del cual los hombres logran consolidarse como hombres»

Corría el año 1947 cuando, por iniciativa del reconocido jurista, filósofo y economista austriaco Friedrich Hayek (nobel de economía 1974), se reunían en el “Hotel du Parc” en la villa de Mont Pelerin (Suiza) más de una treintena de intelectuales, economistas y profesionales liberales de la época, con el fin de discutir acerca de la situación y posible destino del liberalismo en el ámbito teórico y su aplicación e implementación en la práctica. El grupo sería conocido con el nombre de “Sociedad Mont Pelerin”, mismo, que contaba entre sus miembros con prominentes y reconocidos hombre de ciencia.

Los fundamentos filosóficos del liberalismo que regían en los países occidentales hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX, sufrieron un duro revés con la abrupta y violenta llegada de la revolución rusa (1917). La incorporación de un régimen socialista como parte de la organización del Estado soviético, promovió sistemáticamente una arremetida propagandística que posibilitó la proliferación de un discurso complaciente y condescendiente con las necesidades de orden primario que no habían sido atendidas, conduciendo al individuo a renunciar a sus libertades a cambio de un poco de pan y agua, entregando el control de su destino a la voluntad del Estado.

A partir de este momento el liberalismo comenzó a ser ferozmente atacado desde frentes comunistas, socialistas, populistas y nacionalistas, por considerarlo el verdadero enemigo de sus intereses colectivistas. Argumentando falazmente que no debe ser el mercado el responsable de ordenar la economía de la sociedad, por el contrario, sosteniendo que es al Estado al que le corresponde esta tarea, planteándose el estatismo, nacionalismo y fascismo como mecanismos de control, encargados de cercenar las libertades individuales promovidas por el liberalismo.

Los acontecimientos que se desarrollaron durante la segunda Guerra Mundial, aumentaron los cuestionamientos por parte de los partidos totalitarios que se negaban a reconocer los fundamentos básicos del Estado moderno, encontrando una tenaz oposición en la España franquista, la Portugal de Salazar, La Alemania Nazi de Hitler, o el gobierno fascista de Mussolini en Italia. Posteriormente gracias a John Keynes, se retornó a una nueva etapa de relación entre el Estado y el Capitalismo, basada en las ideas del liberalismo.

Para aquel entonces, el joven Friedrich Hayek, se había convertido en figura consular de la escuela austríaca de economía, sosteniendo que el mecanismo de precios era esencial para la salud de la economía, porque estos eran las únicas señales que permitían escapar al problema de la división del conocimiento. Algo tan simple como entender, que nadie puede conocer las preferencias, deseos, aspiraciones, anhelos o sueños de todas las personas, aunque la inexistencia de esta información no quiere decir que no exista; existe y está codificada a través de los precios.

Los precios son los que permiten distribuir adecuadamente los recursos. Si el gobierno interviene con la regulación, genera una distorsión dañina, perjudicando a todos y privando a los individuos de su contribución fundamental a la sociedad expresada mediante el valor de las cosas y su predisposición de pagar. El intervencionismo estatal amenaza la libertad y por eso el mercado debe funcionar sin interferencias. “Regular la economía es equivalente a intentar reducir la velocidad de un auto agarrando la aguja del velocímetro”.

La libertad es el principio básico a través del cual los hombres logran consolidarse como hombres económicamente libres, capaces de invertir, sin considerar entregar su dinero al Estado que lo sustrae obligatoriamente para solventar el gasto de un poder burocrático y corrupto, negándole a cada individuo la posibilidad de gozar de los beneficios de su esfuerzo. Por tal situación F. Hayek, discrepa rotundamente con el término de “justicia social”, al que considera un concepto espurio. La humanidad vivió la “era de las hordas”, desorganizada y caótica, donde los hombres combatían por la apropiación del alimento, la “justicia social”, busca legitimar esa práctica de la apropiación indebida de los alimentos, que no pueden ser aplicables a sociedades modernas y civilizadas.

La historia del siglo XX para Bolivia inició con el triunfo de la Revolución Federal atribuida al Partido Liberal, quebrando los paradigmas conservadores y dando inicio al único periodo –en 201 años de vida republicana– de un gobierno liberal. Dos décadas que pudieron traducirse en crecimiento significativo en la economía nacional. El comercio y la industria crecieron apreciablemente. Las cifras de las exportaciones e importaciones se dispararon debido a los factores económicos favorables que dieron paso a una época de desarrollo y progreso.

Para el año 1985 el extinto presidente Víctor Paz Estenssoro –que décadas atrás había impulsado medidas de corte estatista–, en una suerte de reconocimiento del error histórico cometido por él y por su partido (MNR), en medio de la peor crisis económica, social y política que soportó Bolivia en el siglo XX, dio un giro de 180º, implementando una política de reajuste estructural económico, medidas de corte liberal que fueron perfeccionadas en los años venideros, permitiendo superar la crisis y consolidando un modelo económico que produjo la mayor bonanza económica del país. Bonanza económica que, dicho sea de paso, fue dilapidada por el mayor expolio y latrocinio socialista cometido las últimas dos décadas.

Últimos veinte años en los que las masas soliviantadas por la prédica demagógica de sus “líderes” políticos se agitaron intolerantes, alentando un discurso de odio que se encargó de dividir y enemistar al pueblo boliviano. Dos décadas de intromisión extranjera y de grupos criminales que promovieron el descontrol y desgobierno, secundado por aventureros funcionales al poder de turno que, alentados por la profunda crisis de liderazgos que atraviesa Bolivia, ahora se erigen como oportunistas y mercenarios de la política que, sin tener peregrina idea del significado de la libertad buscan mostrarse como líderes liberales en una representación burda y circense.

Occidente viene experimentando un cambio notable en lo concerniente a la inclinación política ciudadana, dejando entrever un desplazamiento de las facciones de izquierda hacía grupos populistas y conservadores de derecha, aspecto promovido por los malos manejos económicos de regímenes de izquierda y la falta de oportunidades que afecta a los jóvenes que se enfrentan a un futuro incierto. En ese contexto Bolivia, muestra un comportamiento errático por parte de los “caudillos” mesiánicos que durante décadas medran del Estado y ambicionan con mantener el poder y sus privilegios, valiéndose de un discurso incoherente y liberticida que condena a la ciudadanía a seguir sufriendo las consecuencias de apoyar grupos populistas y estatistas, tal como viene ocurriendo en la actualidad, que hacen gala de su incapacidad para leer el momento histórico por el que atraviesa el país sudamericano.

La gran mayoría (todos) de políticos bolivianos nada tienen de liberales libertarios, de oportunistas y mercenarios mucho, por lo que el mensaje que debe conocer la población y repetirlo para que lo escuche el país en su conjunto es que: la vía hacía un progreso sostenible y duradero se basa en el respeto irrestricto a las libertades individuales, el control del gasto público (menos estatismo), seguridad jurídica, estímulos e incentivos a la inversión privada, acabar con la intervención estatal en temas que son competencia del sector privado y fundamentalmente, la confianza (cero corrupción) que pueda brindar el gobierno a través de instituciones sólidas que puedan garantizar una era de prosperidad basada en la libertad, la democracia y la responsabilidad individual.

“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.

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