“La polarización fue una de los primeros resultados del quiebre político que comenzó a experimentar la República”

Corría el año 509 a.C. en Roma, cuando un grupo de patricios romanos decidieron expulsar a Tarquino el Soberbio (último rey de la monarquía romana), sentando las bases de la república. Para llevarlo a cabo diseñaron un sistema que prohibía concentrar el poder en una sola persona, modificando el papel del Senado y los comicios, creando las magistraturas colegiadas y los tribunos de la plebe montaron una maquinaria de engranaje casi perfecto que funcionó estupendamente bien durante algo más de tres siglos. Tras la muerte de Tiberio Sempronio Graco el año 133 a.C., aquel andamiaje comenzó a resquebrajarse sin que los sucesores tengan interés en buscar soluciones.

La polarización fue una de los primeros resultados del quiebre político que comenzó a experimentar la República, los “optimates” (defensores de la autoridad tradicional) y los “populares” (grupos que desafiaban a la aristocracia romana), dejaron de ser facciones marginales y terminaron convirtiéndose en ejércitos morales que miraban al adversario político como alguien al que debían destruir. Las instituciones comenzaron a agrietarse y emergieron políticos con discursos demagógicos que se presentaban como salvadores del desastre que ellos mismos creaban, tal es el caso de Cayo Mario, Pompeyo Magno o Craso César.

Las instituciones se mantenían de pie, aunque por dentro habían sido horadadas. Los ejércitos que tenían el deber de obedecer al Estado, comenzaron a obedecer a sus comandantes, el Senado fue perdiendo toda autoridad, los comicios eran fácilmente manipulables mientras las conquistas territoriales y otras actividades inherentes a la administración del Estado servían para hacer ricos a unos cuantos mientras empobrecían a la gran mayoría. Esta crisis institucional convergía en un mismo punto, la falta de confianza en el sistema que se había descompuesto.

Largas décadas de pugnas políticas internas, discursos vacíos, proscripciones, asesinatos, promesas de solución que jamás se hacían efectivas, terminaron por agotar la paciencia de los romanos que, en medio de guerras civiles y corrupción institucionalizada, aceptaron con aire de resignación y una suerte de ligero optimismo la paz que ofrecía Augusto, esto, a cambio de la pérdida de libertad y sumisión a un régimen monárquico disfrazado de “república restaurada”.

Augusto César, rechazó el título de rey y se autoproclamó “prínceps” (el primero entre los ciudadanos). El Senado, consciente de la superioridad que le confería el poder militar, le otorgó control absoluto sobre las provincias donde concentraban las legiones romanas, entregando el mando de sus fuerzas militares y de las regiones del imperio. Para guardar las formas se conservó la estructura administrativa y los nombres de las instituciones, a pesar de que la autoridad política y las decisiones esenciales dependían exclusivamente del “prínceps”, de su fortuna y de la obediencia de sus súbditos.

Aquella representación teatral terminó por normalizarse gracias a que puso fin a las confiscaciones, inseguridad y convulsión interna. Muchos romanos aceptaron perder sus libertades políticas con tal de no retornar al caos vivido en los tiempos de Mario, Sila, Pompeyo, entre otros. Una paz que garantizaba estabilidad mientras conculcaba las libertades de sus ciudadanos que habían presenciado la decadencia moral de una civilización que jamás pudo volver a recomponerse y terminó sucumbiendo ante la estafa populista de sus gobernantes.

Uno de los rasgos particulares que distingue a un “líder” populista consiste en culpar de todos lo malo que ocurre en una sociedad, siempre a los demás, “los ricos, los empresarios, el imperio, el Fondo Monetario Internacional, el capitalismo o cualquier otro que se tenga a mano. Difícilmente un líder populista admitirá su responsabilidad, su fracaso, su incompetencia o incapacidad para resolver los problemas que han sido en muchos casos creados por las propias instituciones que se encargan de administrar.

Para ejecutar su papel, el complejo de víctima le viene perfectamente bien, mientras aprovecha para estimular el discurso de odio que confronta a la ciudadanía y la divide, evitando que ésta pueda darse cuenta de la estafa a la que está siendo sometida. Alimentar el resentimiento y mantener en vilo a la población identificando enemigos internos o externos es otra característica de manual populista; mientras él y sus secuaces conspiran para mantener al pueblo empobrecido y sumido en el subdesarrollo evitando que puedan darse cuenta como éstos incrementan su fortuna y su patrimonio.

El populismo incrustado hasta el tuétano un muchos de los líderes políticos de la región, consiste en la descomposición ética y moral que surge desde un nivel mental y aprovecha ciertos elementos falsos o verdaderos (principalmente falsos), para accionarlos a nivel cultural, colectivo, institucional y político. Dentro de esa idea en constante ebullición alojada en el cerebro del “líder” populista, él encarna la representación del pueblo, por lo que todo lo que vaya a contracorriente es el “anti pueblo”, por tanto, debe ser exterminado.

Orwell señala que una de las armas esenciales que usan los “líderes” populistas, consiste en la manipulación del lenguaje. Centra su justificación en el hecho mismo de que si se corrompe el lenguaje, se corrompe el pensamiento y con ello termina por destruirse la democracia y las libertades individuales, toda vez que ambas, descansan sobre la verdad de la realidad que debe ser reflejada con precisión y claridad mediante el uso correcto del lenguaje, no así con ambigüedades y términos inventados o modificados por intereses sectarios o de grupo que buscan completamente todo lo contrario.

Lo que en Bolivia se debe entender es que cuando se busca un cambio entre líderes populistas, los que reemplazan al anterior no representan una alternativa de solución. El populismo propugna retóricamente la “igualdad”, pero al final del día termina haciendo que “unos sean más iguales que otros” en palabras de G. Orwell. Un pueblo que quiere progresar y salir de la crisis, no necesita “igualdad”, ni discursos trillados; lo que requiere es ¡LIBERTAD! Puesto que la historia enseña que ningún líder populista que ha llegado al poder, ha dejado a su país en mejores condiciones de las que lo encontró, por lo que sus promesas o compromisos electorales son parte de la estafa populista tan habitual en Latinoamérica.

El pueblo boliviano debe acabar con el ciclo de gobiernos populistas, evitando que siga reproduciéndose y encaramándose en el poder en desmedro de los intereses de la patria. Se debe cambiar el sentido en el imaginario colectivo para que las ideas de la libertad prevalezcan y comiencen a materializarse como patrimonio cultural que emerja desde los diferentes actores de la sociedad civil. De no hacerlo de esta manera, el país y su gente, corre el riesgo de caer una vez más en la estafa populista con las desoladoras consecuencias que amenazan ser mucho peores de las que se sufren actualmente.

“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.

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