«Es más un discurso que busca someter a una condición de esclavitud moderna al pequeño productor»
La ley 517 que permite migrar de propiedad colectiva a la propiedad individual de manera voluntaria se constituye en un tema controversial en un país como Bolivia cuya noción del sector agrario data de los años 50s.
Resulta inconcebible hablar de campesinos empresarios, un oxímoron dado que se encuentran en polos opuestos del imaginario colectivo boliviano.
El empresario agrícola produce para exportar y el campesino en sus pequeñas parcelas alimenta los mercados de los centros urbanos. En tal entendido hay un traidor y otro comprometido con su gente, pero veamos.
El pequeño productor trabaja su misma parcela, con la misma tecnología y produce para su consumo y dependiendo de la suerte y los azares del clima, con lluvias o sequías sus excedentes pueden ser destinados al comercio.
Si su operación esta orientada bajo ese esquema de prioridades ¿en qué punto las necesidades de alimentos del país congregado en los centros urbanos coinciden con las estructuras productivas campesinas descoordinadas y atomizadas? Probablemente para los promotores de esta defensa inclaudicable del buen salvaje sea una afortunada coincidencia.
Entonces bajo la diosa fortuna de por medio es de esperar que los pequeños productores con la misma tecnología sobre el mismo espacio de cultivo y sin información adicional sobre las necesidades del mercado se ajusten al ritmo de crecimiento poblacional más los flujos migratorios que casualmente han despoblado el área rural (productora) y colmatado y desbordado las principales ciudades del eje.
Pecaré de escéptico en este sentido.
Deje de lado deliberadamente el tema de precios y costos de producción porque este por si solo es otro argumento en contra de esta oleada proteccionista irracional y paranoica. Los precios se imponen desde los mercados en las grandes urbes, eso quiere decir que una institución pública establece de manera arbitraria los precios, pero tomando en cuenta el escenario ideal para la demanda.
Precios artificialmente bajos, resuenan como música a los oídos del consumidor pero estos simplemente transmiten al ofertante que existe una sobreproducción por ende no son necesarios más productos. Los precios a diferencia de lo que piensan los burócratas o enajenados de la planificación central, no son decorativos, cumplen una función clave que es el transmitir información de la demanda hacia la oferta. Orientando la oferta hacia los productos que se requieren verdaderamente y trasladando esos factores de producción donde verdaderamente son útiles.
¿No es acaso contradictorio que las instituciones públicas desplomen los precios que los productores usan como referencia, distorsionada por cierto, para maximizar el beneficio de las familias consumidoras a costa de las familias productoras?
La respuesta la dejo al criterio del lector.
Por otro lado, el comportamiento de los defensores parece escandalizarse con la sola idea de volver privado algo que por derecho y conquistas sociales es comunitario. Pero en su faceta de consumidores guardan silencio ante las paupérrimas condiciones del productor que en su mayoría es el eslabón más débil de la cadena de producción porque al no tener capital su pequeña producción no le justifica el traslado hacia los mercados urbanos por lo que debe rematar su producción a los mayoristas que a su vez recolectan varias cosechas hasta tener suficiente como para hacer el viaje hasta el centro de abasto donde los minoristas reciben sus cargas y son en definitiva los que interactúan con los consumidores finales.
Es ahí donde nace el prorrateo, la rebaja y la “yapa”. Claro ellos dirán pero eso es libre mercado si quiere vender tiene que ofrecer algo más, precios más bajos o algún extra que la haga diferenciarse del resto de caseras.
¿Es posible que el libre mercado solamente funcione para el consumidor pero cuando se trata de involucrar al productor saltan las alarmas?
Es más un discurso que busca someter a una condición de esclavitud moderna al pequeño productor a merced de su moralmente superior consumidor
Porque si el pequeño productor se desempeñara con proyección, esta se constituirá en un sector altamente lucrativo y por ende su peso en la economía nacional sería contundente.
¿Qué no tome en cuenta a los comercializadores pequeños que se encuentran por fuera del control de precios municipal? Pensé que un sistema perfecto no generaría renegados con la estructura de precios impuesta, entonces deberíamos considerarlos una versión pequeña de esos ambiciosos agroindustriales que solo piensan en sus bolsillos sin preocuparse por las familias bolivianas.
La informalidad es la constancia de que el sistema no funcionó, no funciona y no lo hará. Para aplicar juicios morales es menester presentar la figura completa y no solo el recuadro que se ajusta a mis prejuicios políticamente correctos.
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