«Lo preocupante de este tema es que los políticos intenten implantar sus prejuicios como mandatos sociales que todos debemos seguir a rajatabla»
No cabe duda de que nuestras autoridades se superan cada día para hacer el ridículo. Durby Andrea Blanco, directora y viceministra de Igualdad de Oportunidades, una cartera creada por puro cuoteo político, fue la protagonista de esta semana y no precisamente por algo destacable.
Esta señora, a quien conocen únicamente en su casa y dentro de las filas de Unidad Nacional, aseguró que para cumplir sus sueños renunció a la idea de ser madre porque, para ella, era una pérdida de tiempo.
Si lo hubiera dicho como una particular, no habría problema. Cada quien es responsable de su propio proyecto de vida. Pero como lo dijo en calidad de autoridad pública, esa la línea entre lo público y lo privado ya no existe y, por lo tanto; sus declaraciones tuvieron graves consecuencias.
Muchas personas lo interpretaron como un menosprecio a las mujeres que optaron por ser madres y tener una carrera profesional. También a aquellas que eligieron dedicarse por completo al cuidado de sus hijos y el hogar.
Gran parte de las criticas vinieron de mujeres. Entre ellas, la masista Nadia Beller, gente del progresismo como Sayuri Loza, Quya Reina, la concejal Lourdes Chambilla y otras más que expresaron su indignación por los comentarios fuera de lugar de la señora Blanco.
Finalmente, la flamante viceministra salió a disculparse por sus declaraciones. Sin embargo, en vez de dejar la cosa allí, decidió estirar el chicle y victimizarse.
Aseguró que sus palabras fueron “sacadas de contexto” y denunció una campaña de “violencia digital” por su “condición de mujer”. Lo mismo que hizo Andrea Barrientos cuando la sacaron a patadas del Viceministerio de Autonomías.
Más allá de la cuestión de si una mujer deba ser madre o no, algo reservado para la vida privada; lo preocupante de este tema es que los políticos intenten implantar sus prejuicios como mandatos sociales que todos debemos seguir a rajatabla.
Por más de dos décadas hemos vivido bajo un régimen donde Evo Morales, Luis Arce y compañía destruyeron y dividieron al país en base a sus traumas personales.
La victimización se convirtió en la moneda de cambio en nuestro país. Cuando meten la pata, siempre dicen que los atacan por su género, su raza, su lugar de nacimiento, etc. Siempre víctimas, nunca responsables de sus actos.
Esto no es consecuencia de 20 años de masismo, sino de la autoflagelación que nos hemos hecho a lo largo demuestra historia.
“No podemos progresar porque no tenemos mar y es culpa de los chilenos”; “Somos pobres porque los españoles se robaron todas nuestras riquezas”; “El imperio nos tiene sometidos”; “Los ricos son malvados y los pobres son un pan de Dios”, etc.
Si bien en estos casos gran parte de nuestras desgracias han sido causadas por agentes externos, nuestros gobernantes también tienen responsabilidad en ello.
Todos los gobiernos han utilizado el resentimiento y la victimización como agenda política muy lucrativa. Prefieren gente domesticada y acomplejada para evitar que cuestionen su autoridad.
En el mismo error cae el actual gobierno. Todo el tiempo están chillando de que hay sabotaje interno y que las críticas de la prensa y la oposición buscan desestabilizarlos.
En pocas palabras, la victimización es un cáncer que ha corroído a nuestro país. Bolivia no va a salir adelante si nos seguimos echando sal a la herida. Lo mejor que se puede hacer es enseñar a las nuevas generaciones a superar sus traumas y miedos y a potenciar sus habilidades para que sean grandes profesionales y seres humanos en el futuro.
Solo la meritocracia y la autosuperación podrán hacer que este país salga adelante, no la victimización que, al fin y al cabo, es el arma predilecta de los mediocres que no tienen nada que ofrecerle al mundo.
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