La historia de China se caracteriza por su grandeza milenaria y conflictos devastadores. Aunque la memoria colectiva señale el triunfo de las fuerzas comunistas de Mao Zeoding en 1949 como el gran hito de las revoluciones campesinas, en la segunda mitad del siglo XIX hubo un levantamiento mucho más sangriento con un toque místico: la Rebelión Taiping.
UN IMPERIO DE “BARBAROS”
Entre el Siglo XVII e inicios del Siglo XX, China fue gobernada por la dinastía Qing, conformada por integrantes de la etnia Manchú, quienes descendieron del norte del país y derrocaron a la vieja Dinastía Ming.
Los Qing eran despreciados por la etnia mayoritaria Han, o sea; los chinos promedio, porque los consideraban “bárbaros” e “incivilizados”. Por ello, los nuevos gobernantes hicieron esfuerzos por adoptar las costumbres confucianas de “gobernanza virtuosa y recta” para ganarse el favor de sus súbditos.
Al igual que otras dinastías antiguas, los Qing se caracterizó por ser un gobierno autocrático y cerrado al mundo que mantenía feudal obsoleto en un mundo que estaba cambiando radicalmente.
A finales del siglo XVIII, el Imperio Británico emergía como la potencia hegemónica mundial y rápidamente posaron sus ojos en el té y la seda proveniente de China. En medio del intercambio entre ambos países, apareció un producto especial en el mercado chino: el opio, una droga que se cultivaba en la India Británica.
El estupefaciente ocasionó que gran parte de su población se volviera adicta. El emperador Daoguang y sus cortesanos ordenaron destruir los cargamentos de opio que llegaban a sus costas bajo la excusa que su consumo estaba destruyendo las costumbres milenarias chinas.
Sin embargo, esto no solucionó el problema, sino que lo agravó. Los británicos respondieron bombardeando las costas enemigas con los potentes cañones de su poderosa Armada e hicieron trizas al ejercito imperial. Como consecuencia, el emperador firmó un tratado desigual donde Gran Bretaña obtenía el control total del mercado chino y el control de ciertos territorios como Hong Kong.
Según el historiador Jonathan Spence, este período de la historia de China fue denominado como “el Siglo de la Humillación” donde la sociedad china entró en una crisis de identidad al atestiguar el colapso de la imagen divina del emperador y el sometimiento del país a las potencias extranjeras europeas.
EL “LLAMADO DIVINO”
En aquellas circunstancias surgió la figura de Hong Xiuquang, un campesino perteneciente a la etnia minoritaria Hakka que, tras fracasar repetidamente en los exámenes para el servicio civil, es decir; para ser funcionario público, sufrió una crisis nerviosa que casi lo mata.
Sin embargo, fue salvado por un misionero quien le enseño las Sagradas Escrituras. En un inicio, Hong encontró paz en la lectura de los Evangelios, pero luego se obsesionó con ellos a tal punto de entrar en un trance donde Dios supuestamente le dijo que Confucio y Jesucristo habían fracasado en traer paz al mundo y que él, su segundo hijo, tenía la misión de instaurar su reino en la Tierra.
Nuestro protagonista se proclamó el hermano de Jesús y empezó a reclutar campesinos y pobres para su causa; aprovechando su resentimiento contra la dinastía Manchú y los aristócratas. Fue así como, en 1851, se fundó el Gran Reino Celestial de la Gran Paz o Reino Taiping, Hong fue coronado como “Emperador Celestial” y estableció su capitán en Nankín, al este de China.
Aunque el nombre suene bonito, en los hechos fue un régimen teocrático. Desconoció a la Santísima Trinidad, abolió la propiedad privada, separó a hombres y mujeres en diferentes habitaciones, eliminó las clases sociales, prohibió el alcohol, opio, la prostitución, etc.
No obstante, Hong Xiuquang comenzó a perder la noción de la realidad a tal punto de afirmar que alcanzó la “iluminación santísima” y que estaba por encima de cualquier ser humano. Además, empezó a acumular tanto poder que mandó a ejecutar a todo aquel que desafiara su autoridad y ordenó la quema de libros confucianos, generando malestar en los pueblos aledaños que se negaban a someterse a su tiranía.
LA CAÍDA
Pronto el Reino Celestial se convirtió en una amenaza para la Dinastía Qing y las potencias europeas quienes veían al “Segundo Mesías” como un obstáculo para sus intereses imperialistas. Por tanto, brindaron apoyo militar a los manchúes para aplastar a los rebeldes de una vez por todas.
En 1860, comenzó la ofensiva contra la ciudad de Nankín la cual fue asediada por la fuerza imperiales. Para 1864, el Reino de la Paz tenía sus días contados y Hong Xiuquang, viendo que todo estaba perdido, decidió quitarse la vida. Los vencedores ingresaron a Nankín, ejecutaron a los líderes Taiping que quedaban, desenterraron los restos de Xiuquang y los volvieron cenizas para que su espíritu jamás encuentre la paz eterna.
- BRYAN OROZCO ROMERO
- ABOGADO. DIPLOMADO EN PERIODISMO POLÍTICO. GUIONISTA INVESTIGADOR EN YOUTUBE.
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