Recibió un cabezazo en el rostro, en seguida una patada en el vientre y cuando quiso huir, recibió un chicotazo en la espalda, de un hombre abrigado por un poncho rojo. La víctima imploró clemencia, pero por dentro ardía en bronca y juraba no pisar más esos parajes.
El breve relato es una analogía de lo que sucedió con el turismo la pasada semana. Extranjeros caminando de madrugada, esperando una ayuda que no llegaba. Siete ciudadanos colombianos relataban su encierro en Bolivia: “nuestra situación es complicada y peligrosa; habían varios retenes en donde los lugareños atacaron con piedras a buses, de manera que temíamos por nuestra integridad; las empresas turísticas no nos han dado respuestas suficientes. Como no cumplimos con el día fijado para nuestro retorno, la empresa aérea duplicó el costo de nuestro pasaje”.
Debido a los bloqueos, quedaron atrapados cientos de visitantes en una temporada alta de turismo hacia el salar de Uyuni. Los que se dedican a trabajar en este rubro se quejaron por más de 600 millones de dólares en pérdidas. El impacto no solo frenó importaciones y exportaciones, sino interrumpió el tráfico. Dejó a turistas y trabajadores sin salida ni información clara; los más urgidos siguieron su trayecto a pie exponiéndose a recibir una agresión en zonas rurales en conflicto.
Los ponchos rojos están por todos lados, a los que salieron de la terminal de buses los han apedreado, porque se impide cualquier intento de tráfico. En las terminales, se escucharon decenas de testimonio de ciudadanos varados, pasajeros sin dinero para seguir pagando alojamiento. “El miedo es llegar a un punto bloqueado y quedar sin agua ni comida”, se quejaba uno de los damnificados.
El gobierno de Bolivia dispuso el pasado sábado el rescate de 135 turistas extranjeros afectados por las protestas sociales en la ciudad de Uyuni, mientras dos centenares de turistas extranjeros que se encontraban en Copacabana pedían recibir el mismo trato. A pesar de las temperaturas bajo cero, más de 2.500 turistas extranjeros y nacionales visitan diariamente el Salar de Uyuni, en Potosí, suroeste de Bolivia. A pesar de las bajas temperaturas, que se sitúan en 20 grados bajo cero, la actividad turística va creciendo en el país, pero de pronto la imagen se vino abajo por los bloqueos y la inseguridad.
El turismo genera para Perú aproximadamente 23 mil millones de dólares anuales; otros 22 mil para Colombia; 39 mil millones para Argentina y 220mil millones de dólares para España. A nuestro país ingresan, por este rubro, 740 millones de dólares anuales; cifra insignificante si comparamos con los otros países.
Potencialmente, Bolivia debía superar fácilmente los 20 mil millones de dólares si se promociona seriamente el salar de Uyuni, el Lago Titicaca con sus islas del Sol y la Luna, la biodiversidad del Parque Nacional Madidi, la mágica ciudad Blanca de Sucre, La Paz y sus teleféricos, la creciente y moderna Santa Cruz, el reencuentro con el pasado en Potosí, la ciudad acogedora como es Cochabamba y sería larga enumerar la cadena de atractivos.
Para llevar adelante la práctica turística, el hombre utiliza un medio de transporte y también construye rutas y aeropuertos; para que ese hombre pueda descansar en el nuevo destino se edifican hoteles, se trazan caminos para que el turista visite los atractivos naturales y culturales y se ofrecen servicios gastronómicos, de compras y entretenimiento varios.
Pocos creen en este impulso a la economía local y nacional y en crear empleos directos e indirectos; resulta más fácil creer en los bloqueos, en las amenazas y en crear un clima hostil, suficiente para que el visitante borre de su agenda visitar Bolivia.
- ERNESTO MURILLO ESTRADA
- PERIODISTA, ACADÉMICO Y DOCENTE UNIVERSITARIO
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